Las diferencias ideológicas y estéticas entre los poetas Gabriel Celaya y José García Nieto no les impidió mantener una profunda relación de amistad, de la que hay constancia, además del hecho de que compartieran “espacios de confluencia cultural” -como eran, por ejemplo, las tertulias literarias-, a través del intercambio de cartas, tanto públicas -bajo la modalidad de “carta abierta”- como privadas (a muchas de estas hemos tenido acceso, al permitirnos su lectura Paloma García Nieto, la presidenta de la Fundación que lleva el nombre de su padre). A este respecto tiene interés el artículo de Antonio Chicharro titulado “Cartas privadas y abiertas en la relación literaria de Gabriel Celaya y José García Nieto”, y publicado en Tropelías, Revista de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, número extraordinario 7 (2020) [Universidad de Zaragoza: Departamento de Lingüística General e Hispánica].
https://papiro.unizar.es/ojs/index.php/tropelias/es/article/view/4653/3748
Es innegable la gran distancia política que los separaba. Tras la Guerra Civil, García Nieto se movió dentro de los ambientes culturales franquistas; y ya en la España de la Transición, fue presidente del Círculo de Bellas Artes en 1982 -año en que fue elegido académico de la Real Española de la Lengua, en la que ingresa en 1983-; y que también fue nombrado miembro de número del Instituto de Estudios Madrileños y socio de mérito del Ateneo de Madrid.
Por su parte, Gabriel Celaya -que combatió durante la Guerra Civil en el bando republicano e incluso estuvo preso en un campo de concentración franquista, en Palencia- abandonó su profesión de ingeniero, que ejercía en la empresa familiar, en 1946, año en que fundó en San Sebastián, con Amparo Gastón, la colección de poesía «Norte» y, desde entonces, se dedicó en exclusiva a la Literatura. Y en ese mismo año publicó un libro en prosa, de carácter existencialista, titulado Tentativas, en el que por primera vez firma con el seudónimo de Gabriel Celaya (su verdadero nombre es Rafael Gabriel Juan Múgica Celaya Leceta). Y siempre se mostró contrario al régimen franquista. De hecho, figuró en las listas del Partido Comunista de España, por Guipúzcoa, a las elecciones de 1977.
Y también es evidente que les separaba una distinta concepción de la poesía. Celaya fue uno de los más destacados representantes de la poesía social, en la que se inscriben títulos como Lo de más es silencio (1952) y Cantos iberos (1955, el mismo año en Blas de Otero publica Pido la paz y la palabra, otro título emblemático de la poesía social. Para Celaya, en esta época, es la poesía un “arma cargada de futuro expansivo / con que te apunto al pecho”. Porque la suya es una "poesía-herramienta" con la que sacar adelante una gran empresa solidaria: la conquista de la paz, de la justicia, de la dignidad del ser humano; en definigtiva, una poesía de compromiso social con los oprimidos.
En cuanto a García Nieto, es un poeta neogarcilasista que funda y dirige la revista Garcilaso, publicada entre 1943 y 1946, y enfrentada con la revista Espadaña -fundada en 1944 por Eugenio García de Nora y Victoriano Crémer-; y, junto a Pedro de Lorenzo "capitanea" el grupo literario conocido como "Juventud creadora", defensor de una poesía de corte clasicista -con el soneto como forma métrica preferida- e intimista -centrada en temas como el amor, Dios, el paisaje, la belleza formal...-, sin abordar la problemática social derivada de la Guerra Civil. Lo cierto es que hace ahora 60 años -más o menos- García Nieto nos confesaba en qué consiste ese misterioso afán de la poesía: "acontecimiento verbal -o quién sabe de qué signo- que tiene por misión abrir una brecha de luz en lo más puro del espíritu de los hombres". Y por lo que hemos podido comprobar, nunca se apartó un ápice de esta concepción, que va más allá de todo esteticismo.
Todo lo anterior viene a cuento porque vamos a reproducir un poema de Celaya, incluido en su antología El hilo rojo (Visor, Madrid, 1979, pág. 93), y que lleva por título "A un poeta neutral"; pero en nota a pie de página se nos indica que ese "poeta neutral" al que Celaya se dirige es, prscisamente, José García Nieto. Las rivalidades poéticas pueden ser de lo más respetuosas. Este ese l poema:
Como puede apreciarse, Celaya le reprocha a García Nieto la falta de compromiso social de su poesía (versos 7-8: “… Tus poemas son sólo / un infierno empedrado de buenas intenciones”). Y antes de pasar a analizar el contenido del poema, convendría aclarar el contexto en que se inscribe. Situémonos a finales de 1955. García Nieto publicó en la revista Poesía Española el extenso poema “Carta a Gabriel Celaya” -recogido en La red-, en el que defiende la autenticidad creadora y una postura estética frente a la poesía social de Celaya. Y la respuesta del poeta vasco no se hizo esperar: “A un poeta neutral”; aunque el poema que hemos reproducido no se puedo publicar en Poesía española, como quería el propio García Nieto, porque lo impidió la censura; y fue el Boletín de la Unión de Intelectuales Españoles en México el encargado de difundirlo. Eran momentos en que en España coexistían dos tendencias poéticas de signo opuesto: la poesía “arraigada” y la poesía “desarraigada”, tendencias en las que participaban activamente ambos poetas, enfrentados solo en sus planteamientos literarios.
El poema de Celaya se compone de tres agrupaciones estróficas de cuatro versos alejandrinos de la mejor factura rítmica (dos hemistiquios heptasílabos), si bien no sigue un patrón fijo en las rimas: en el primer agrupamiento estrófico solo riman en asonante /á-o/ los versos 1 y 2 (“campos/contrario”); en el segundo, riman en consonante /-ónes/ los versos 6 y 8 (“sermones/intenciones”); y en el tercero riman en asonante /í-a/ los versos 10 y 12 (“tripas/beaterías”). Esta mezcla de rimas diferentes rompe la unidad acústica esperada, algo -suponemos- pretendido por Celaya, que lleva su concepto de libertad hasta la métrica.
El primer agrupamiento estrófico, en versos esticomíticos, se construye con oraciones muy breves, yuxtapuestas, y contienen un torrente de contundentes afirmaciones: rechazo de la falsedad (verso 1: “Basta ya de mentiras”; la forma verbal “basta” se emplea como interjección para poner término a una acción -“ya”, es decir, de modo inmediato-); demarcación de las diferencias ideológicas (verso 1: “Dividamos los campos”; una exhortación en la que el emisor se incluye junto a su receptor, y de ahí el empleo de la primera persona del plural); reconocimiento expreso del emisor -“Yo”, empleado enfáticamente- de que no siente odio hacia su receptor -“te”- (verso 2: “Yo no te quiero mal”), sino de que simplemente lo considera como alguien “completamente diferente” -en sus planteamientos literarios-, pero no como su enemigo (verso 2: “sólo soy tu contrario”, que es tanto como decir, metafóricamente, que ambos poetas son el anverso y el reverso de una misma moneda; y esos “modelos” enfrentados lo son de manera palpable: “pecho a pecho, diente a diente” -verso 3-); asunción de lo perjudicial que es su “contrario” (verso 4: “Te juzgo pernicioso”); y reclamación de modo de actuar honesto y sin trampas(verso 4: “Lo digo. Juego limpio”).
Entre estos cuatro primeros versos, el tercero tiene cierto interés estilístico: “pecho a pecho distinto, diente a diente luciente”. Se trata de construcciones paralelísticas formadas por la repetición de un mismo nombre unido por la preposición “a”, al que sigue un adjetivo, de acuerdo con el siguiente esquema correlativo:
“nombre (A)+preposición (B)+nombre (C)+adjetivo (D)”:
“pecho (A1)+a (B1)+pecho (C1)+ distinto (D1)”,
“diente (A2)+a (B2)+diente (C2)+luciente (D2)”.
Este tipo de expresiones -(“pecho a pecho”, “diente a diente”)-, convertidas en locuciones adverbiales fijas, han terminado por lexicalizarse y aportan fuerza expresiva. En este caso, Celaya pretende humanizar el conflicto poético-ideológico que mantiene con García Nieto, en el que pone arrojo (“pecho a pecho”) y combatividad (“diente a diente”) y, de esta forma obtiene un verso más contundente, y se refuerza la impresión de que Celaya se enfrenta a García Nieto de manera descubierta. Por otra parte, el verso contiene una aliteración de consonantes dentales que ayuda a representar fonéticamente el entrechocar de cuerpos y el crujir de dientes: “pecho a pecho distinto, diente a diente luciente”; una sensacuón de sonoridad que acrecienta la rima interna consonante /-énte/ (“diénte/luciénte”).
El segundo agrupamiento estrófico se inicia con la locución adverbial “En vano” (verso 5), que significa “inútilmente”, y se cierra con un verso -el 8- que recoge una paremia tradicional cargada de intención irónica, y que casa a la perfección con el contexto y, además, que pone de manifiesto que Celaya reivindica en su poesía lo que podríamos llamar “el lenguaje de la calle”: “un infierno empedrado de buenas intenciones”, que es tanto como decir que “De nada sirven los buenos propósitos si no van acompañados de las obras”, en alusión a los poemas de García Nieto. Celaya se rebela contra su poesía de inútil moderación -ya en el título del poema se anticipa su “neutralidad”-, y ajena a la realidad de la posguerra civil española. Y manejando con extremo rigor el significado de los epítetos elegidos, Celaya contrapone la actitud de tibieza y serenidad que adopta García Nieto en su poesía (versos 5-6: “la anchura / comprensiva, imparcial” -unos versos que contienen el único encabalgamiento del poema-) a su propia poesía, que refleja “lo insoluble [‘de difícil resolución’] y candente [‘que quema -la conciencia’-]” (verso 7, con los adjetivos sustantivados), es decir, todo ese hervidero de problemas sociales que convulsiona a la sociedad española de la época, que ni se pueden ignorar, ni suavizar, y de los que un poeta no se puede evadir ni esconder detrás de una retahíla de palabras hermosas.
Y dos aclaraciones más. La primera, referida al verso 6, que incluye, entre rayas, un inciso o énfasis parentético, con el que Celaya interrumpe lo que está diciendo para añadir una información clarificadora: “… en la anchura / comprensiva, imparcial -lo que quieras, sermones-”; es decir, que Celaya está “denigrando” la poesía de García Nieto, al tacharla de “sermones” [peroratas, monsergas]. Y la segunda aclaración se refiere al verso 8, en el que los poemas de garcía Nieto se asemejan a “un infierno empedrado de buenas intenciones”. Si por “infierno” entendemos metafóricamente “un sufrimiento o malestar grande”, Celaya está descalificando con excesivo rigor la poesía de García Nieto, por más que la paremia, con las palabras finales, parece que suaviza sus verdaderas intenciones.
Todo el poema centra su interés en el tercer agrupamiento estrófico, ya que en él se sinteriza el ideario de la poesía comprometida: lo que importa es la verdad humana apasionada y apasionante, por violenta que sea (en vez de una poesía que solo tiene como norte el esteticismo). Vayamos verso a verso. Porque hasta aquí, Celaya ha atacado la “evasiva tibieza” de una poesía desvinculada de una conflictiva realidad histórica, de la que escapa. Y ahora se produce un cambio de perspectiva.
En primer lugar, Celaya reconoce las virtudes personales de García Nieto -nobleza y decencia- (verso 9: “Yo creo en ti: te estimo noblemente decente”, en el que la rima consonante interna /-énte/ aumenta la sonoridad). Y a continuación le demanda “… osadía, salud, fe, ¡sí, más tripas!” (verso 10); es decir, le pide un mayor compromiso con los problemas humanos, un mayor grado de “visceralidad”, una poesía que nazca de las entrañas, que tenga el valor de tomar partido comprometiéndose ideológicamente con una realidad social que no se puede disimular. Porque no es posible mantener la neutralidad. Incluso “Te pido que me insultes si lo crees necesario” (verso 11, en perfecta coherencia con el verso 3) -le dice Celaya a García Nieto-, porque prefiere el conflicto honesto a la hipocresía, el “juego limpio” (al que se refería en el verso 4). Y todo ello llevado hasta las últimas consecuencias y sin remilgos moralistas (verso 12: “… mas sin beaterías”). Y así ha cerrado Celaya su poema, con una palabra del todo despectiva: “beaterías”, es decir, con la hipocresía del santurrón.
El poema hay que incluirlo -insistimos en ello- en una confrontación entre dos maneras de entender la poesía (la del “garcilasismo” que encabeza García Nieto, frente a la poesía social que representa Gabriel Celaya); pero deja a salvo aunque por momentos no lo parezca- la gran amistad que unió a dos grandes poetas decisivos en unos momentos en que la poesía se recuperaba del trauma de nuestra Guerra Civil. Y es de justicia reconocerlo.