EL RINCÓN DE LA POESÍA

Los comienzos poéticos de Josefina de la Torre. II

Josefina de la Torre

Nuestro poema de cada día

Fernando Carratalá | Martes 18 de agosto de 2026

El primer libro de la canaria Josefina de la Torre lleva por título Versos y estampas, y se publica en la revista Litoral, por la Imprenta Sur de Málaga, en 1927, con prólogo de Pedro Salinas; un libro con hibridación de géneros, ya que se combinan el verso (17 poemas en versos de arte menor, en los que se perciben ecos de la poesía pura de Juan Ramón Jiménez) y la prosa poética (las llamadas “estampas”, 16 en total, y que funcionan como “instantáneas sensoriales”); por lo tanto, el número de composiciones es de 33, en las que se advierten, además de influencias neopopularitas -propias del 27, a cuya generación se incorpora desde sus inicios-el contacto con las vanguardias.



Las “estampas” en prosa poética y los versos se van alternando. Y, en primer plano, el paisaje atlántico de Gran Canaria y la memoria de una infancia recordada con cierta nostalgia por una poetisa que acaba de cumplir los 20 años y ya sorprende a la crítica por su sensibilidad artística. Especialmente significativa es su capacidad de percepción sensorial con la que describe el marco geográfico en el que habita, a través de todos los sentidos (desde el sonido de las olas hasta el olor de la arena húmeda); y en cuanto al verso , recurre al verso breve y carente de artificios retóricos complejos, en busca de la expresión emotiva.

La Biblioteca Universitaria de la Universidad de las Palmas de Gran Canaria (ULPGC) [20 aniversario, 2023. Memoria digital de Canarias (mdC)] nos proporciona le versión digital de la obra original: https://mdc.ulpgc.es/s/mdcte/item/238847

Antes de seleccionar un poema para el comentario, presentamos una de las “estampas”, la que abre el libro:

“Hoy la tarde era serena, con un sol de oro; y mañana igual, todo el verano y sus días. Y, ¿qué juego hacemos hoy? Se oían los nombres en distintas voces y corríamos llevando de la mano a todas las niñas para formar un corro muy grande. Comenzaba el juego, siempre, con una niña en el centro del corro. Y empezábamos a girar lentamente, con una ligera ondulación. Pasaba la rueda sobre el mar. Ahora azul, ahora rosa, ahora blanca, como un pequeño arco-iris. La voz delgada, infantil, se perdía entre las manos enlazadas. Y el mar y la tarde se tornaban rosas, sobre las cabezas y en los pies descalzos de todas las niñas”.

Este poema en prosa le sirve a Josefina de la Torre para evocar, desde la nostalgia, los juegos infantiles y, en concreto, el corro de niñas junto al mar,en el que participaba con la alegría natural de la infancia. Pero la fugacidad del tiempo, imperceptible en la niñez y que parece eternizarse en el recuerdo (“y mañana igual, todo el verano y sus días”), es del todo perceptible en el momento en que Josefina de la Torre escribe su texto, y por ello exhala la impresión de vaga añoranza que todo recuerdo suscita desde una percepción intimista. Y en la serenidad de la tarde estival, el mar es como un espejo en el que se refleja su luminosidad (ese “sol de oro”), una luminosidad que va cambiando, con sus distintos matices cromáticos (azul, rosa, blanco, a modo de arco-iris) según avanza. De esta manera, el juego infantil del corro y el paisaje marino conforman una imagen unitaria. Leído el texto en alta voz, parece como si el texto imitara el movimiento circular del juego del corro con el vaivén cadencioso de las olas del mar.

José Manuel Martín Fumero publica en la revista “Dicenda” (Estudios de lengua y literatura españolas. Ediciones Complutense, núm. 40, 2022, págs 169-181) el artículo titulado “Josefina de la Torre y el poema en prosa”, en el que “pretende dar a conocer los rasgos de sus poemas en prosa y, especialmente, la actitud vanguardista que late tras su proceso escritural”.

https://revistas.ucm.es/index.php/DICE/es/article/view/84218/4564456561956

Y como poema en verso para el comentario elegimos el titulado “Agua clara”, que lleva el número 6 (página 32) en la edición citada.

Agua clara
Agua clara del estanque.
Era un espejo del chopo
y alfombra verde del cielo
con reflejos de los árboles.
¡Oh si yo hubiera podido
entrar con los pies descalzos
y ser el viento en el agua
y hacer agitar el chopo!

Poema de enorme simplicidad métrica: ocho versos octosílabos sin rima, que forman se una “octava real blanca”; pero de denso contenido: la poetisa querría fundirse con la naturaleza (verso 7: “ser el viento en el agua”), pasando de espectadora contemplativa a un elemento activo más del paisaje (“verso 8: “y hacer agitar el chopo”): Pero se trata de un deseo inalcanzable (vero 5: “¡Oh, si yo hubiera podido…!) . Y esa frustración se expresa en pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo (“hubiera podido” alude a un hecho pasado que no ocurrió y que es imposible que ocurra, lo que añade un tono nostálgico a la expresión); es decir, que la transmutación “poetisa/naturaleza” fue y es del todo inviable.

Siguiendo el esquema tradicional de una octava, el poema puede dividirse en dos partes: la puramente descriptiva -una descripción impresionista de la naturaleza- (versos 1-4); y la volitiva y frustrante ante un deseo inalcanzable expresado en de forma exclamativa (versos 5-8). Obviamente, la primera parte condiciona la segunda.

La primera parte convierte al paisaje en un entorno mágico: en el agua clara del estanque, a modo de espejo, queda reflejado el entorno natural, desde el chopo, hasta el color del cielo, que la convierte en “alfombra verde” por el follaje de otros árboles. El agua no ha perdido, pues, su claridad, sino que ha cambiado de colorido, porque a ella se han incorporado los reflejos cromáticos del paisaje. La descripción tiene un alto valor esteticista y transmite, mediante adjetivos (“clara/verde”), una luminosidad en un entorno apacible. No han sido necesarios los verbos; solo el verbo “ser” sin valor significativo y como cópula identificativa entre sujeto y atributo (“agua clara” = “espejo del chopo”, “alfombra del cielo”). No hay, pues, movimiento; tan solo “reflejos” (es decir, luces reflejadas en la superficie del agua del estanque); y una actitud puramente contemplativa y estática de la poetisa, sin su participación activa (salvo en el subjetivismo de la descripción).

Y de ahí, ante tanta belleza, la segunda parte del poema, en la que la poetisa querría poder desempeñar un papel activo, sumándose al paisaje, una transmutación que se queda en un deseo irrealizable; y para expresarlo, ser recurre a un lenguaje metafórico sencillo: “los pies descalzos” (verso 6) sugieren una sensación de libertad -sin ataduras-; y el viento en el agua / [que] hace agitar el chopo” simbolizan el dinamismo vital, lo que implica una mayor presencia de verbos con significado pleno (versos 5-6: “hubiera podido entrar”; versos 5 y 8: “[hubiera podido] hacer agitar”). A ese dinamisno contribuye, también, el polisíndeton de los versos 7-8: “y ser el viento en el agua / y hacer agitar el chopo”.

Buscándole un interpretación “existencial” al poema, parece obvio que a Josefina de la Torre no le parece suficiente contemplar la belleza del paisaje, y le produce una cierta ansiedad la disociación entre el ser humano -su propia persona- y la naturaleza; y un tono de nostálgica resignación se apodera de quien hubiera querido tener la fortaleza del viento, no tanto para “agitar el chopo”, sino su propia vida.

Puedes comprar su obra en:

TEMAS RELACIONADOS:


Noticias relacionadas