Hay que remontarse a la Grecia del siglo VI a.C. para encontrar en el escritor Esopo los antecedentes de una fábula en prosa que inicialmente tuvo como protagonistas a una hormiga y a un escarabajo, en lugar de a una perezosa cigarra. Este es el texto en griego atribuido a Esopo, acompañado de su traducción al castellano:
Χειμῶνος ὥρᾳ τὸν σῖτον βραχέντα οἱ μύρμηκες ἔψυχον. Τέττιξ δὲ λιμώττων ᾔτει αὐτοὺς τροφήν. Οἱ δὲ μύρμηκες εἶπον αὐτῷ· «Διὰ τί τὸ θέρος οὐ συνῆγες καὶ σὺ τροφήν;» Ὁ δὲ εἶπεν· «Οὐκ ἐσχόλαζον, ἀλλ’ ᾖδον μουσικῶς.» Οἱ δὲ γελάσαντες εἶπον· «Ἀλλ’ εἰ θέρους ὥραις ηὔλεις, χειμῶνος ὀρχοῦ.»
Ὁ”μῦθος δηλοῖ ὅτι οὐ δεῖ τινα ἀμελεῖν ἐν παντὶ πράγματι, ἵνα μὴ λυπηθῇ καὶ κινδυνεύσῃ.
El mito significa que Tetix no ve ninguna negligencia en nada, por lo que no se aflige y corre peligro.
Hoy, en griego moderno, que no reproducimos, la fábula se cuenta así:
Las hormigas trabajaban duro en verano recolectando comida, principalmente semillas. En invierno, debido a la mucha lluvia, su nido se inundó y el trigo almacenado se mojó; entonces lo sacaban al sol para que se secara. Lo vio una chicharra que iba a morir de hambre, y les suplicó: —“Dadme un poco de este trigo mojado para que yo también pueda vivir”. Le respondieron: —“¿Por qué no recogías cuando era la época de la cosecha, para tener lo tuyo ahora?”. —“Ah, no piensen que estaba holgazaneando, trabajaba”. —“Qué trabajo hacías?”. —“Cantaba para entretener a las personas que trabajaban en los campos y a los transeúntes”. —“Si entonces cantabas, ¡ahora baila!”.
Con el paso de los siglos, la tradición oral cambió de insecto, sustituyendo el escarabajo por la cigarra, cuya “canto” en verano es propio de zonas mediterráneas. (La cigarra macho posee unas membranas duras a ambos lados del abdomen, llamadas timbales, que vibran con gran rapidez produciendo un estridente sonido con que atraer a las hembras). Y fue el fabulista francés Jean de La Fontaine (1621-1695), autor de doce libros de fábulas (243 en total) en verso libre, publicadas entre entre 1668 y 1694, quien adaptó al francés la “Fabula de la cigarra y la hormiga”, dándole lo que podríamos considerar como una “estructura moderna”.
Reproducimos el texto de La Fontaine en su lengua original francesa, acompañado de la traducción castellana (que no pretende ser literal).
Una cigarra (más bien un saltamontes) se encuentra desprovisto de alimentos cundo llega el invierno y acude a una hormiga, que es vecina suya para pedírselos prestado. Pero esta le niega lo que le pide al comprobar que se pasó el verano holgando. El interés de La Fontaine se centra en oponer el incesante trabajo de la hormiga, que le permite sobrevivir, frente a la despreocupación de la cigarra, que le va a suponer morirse de hambre. (En versiones infantiles se suele cambiar la crueldad del final, sin perder la intencionalidad moral de la fábula: la hormiga ayuda a la cigarra y esta se lleva la lección aprendida.
La fábula está compuesta por 46 versos heptasílabos con sima asonante en los pares /é-o/ (“entero/invierno/silencio”…”).
Caricatura del ilustrador francés Jean-Jacques Grandville (cuyo nombre real era Jean Ignace Isidore Gérard). Este grabado en tinta de la “Fábula de la cigarra (o el saltamontes) y la hormiga
se incorporó a la edición de 1882 de las Fábulas de Samaniego.
La finalidad que persigue Samaniego con esta fábula protagonizada por dos insectos es la de oponer la laboriosidad que caracteriza a la hormiga, cuyo esfuerzo constante la lleva a ser previsora -acumulando alimentos para su subsistencia ante posibles dificultades-, frente a la ociosidad permanente de una cigarra incapaz de prever el futuro -y sin recursos para épocas de escasez-. Adviértase que ya en los versos 11-12, el fabulista presentaba la situación de precariedad en que se encuentra la cigarra, y que viene introducida por la preposición “sin” en una serie enumerativa: “sin mosca, sin gusano, / sin trigo, sin centeno”. Los diálogos resultan de gran viveza, para ir creando un clima de progresiva intensidad dramática, que culminan en las palabras que la hormiga le espeta finalmente a la cigarra: “¡Hola! ¿conque cantabas / cuando yo andaba al remo? / Pues ahora, que yo como, / baila, pese a tu cuerpo”; una dura perorata con que la hormiga deja abandonada a su suerte a la cigarra, haciéndole ver qu la pereza trae consecuencias destructivas. (En el verso 43, la interjección “¡Hola!” se emplea para expresar una sensación de extrañeza desagradable; y la conjunción ilativa “conque” enuncia la consecuencia natural de lo que se acaba de decir. En el verso 44, la locución adverbial coloquial “al remo” significa “sufriendo penalidades y trabajos; en el 46, “pese a tu cuerpo” equivale a “aunque te duela”, “mal que te pese”).
Bibliografía.
Miguel Ángel de la Fuente González: “Un acercaminto a la persistencia y evolución de la fábula La cigarra y la hormiga”. Fundación Joaquín Díaz. Revista Folklore, 2018, núm. 441.
https://funjdiaz.net/folklore/07ficha.php?ID=4415&NUM=441
Una original revisión de la fábula a cargo de José María Pemán: “ir cantando y con buen ánimo al trabajo”.
José María Pemán 'retoma' la célebre fábula del fabulista francés del siglo XVII Jean de La Fontaine y nos ofrece un nuevo y sorprendente final en su 'Nueva fábula de la cigarra y la hormiga', que reproducimos a continuación.
Nueva fábula de la cigarra y la hormiga
—Hijos míos, habéis de saber que hubo una vez una cigarra que pasó todo el verano canta que te canta. En cambio, cerca de ella una hormiguita trabajadora iba y venía, acarreando provisiones para su hormiguero. Llevaba granos de trigo, de alpiste y de maíz, y los iba depositando en sus trojes subterráneos. Pero en esto pasó el verano y comenzó el invirno, crudo y desapacible. La cigarra entonces, no encontrando qué comer, se acercó al hormiguero:
-—Señorita hormiga -—dijo—, ¿podría hacerme la caridad de un granito de trigo para matar el hambre?
Pero la hormiguita salió al borde de su agujero y le dijo con gesto agrio:
—Señorita cigarra, si yo tengo mis graneros repletos es porque pasé el verano afanándome y trajinando. ¿Qué hacía usted mientras tanto?
La cigarra contestó:
—Yo, cantar y cantar...
Entonces la hormiguita terminó volviéndole la espalda:
—Pues bien, señorita cigarra, ahora... ¡baile usted!
—Hijos míos: He aquí dos conductas opuestas, la de la cigarra y la de la hormiga. ¿A cuál debéis imitar?
Iba a proseguir, pero me interrumpió una risita burlona que escuché encima de mí. Alcé los ojos y vi que el que se reía era un mirlo que estaba posado en la rama de un olivo. Acostumbrado a las fábulas, no me extrañó que el mirlo hablara. El mirlo me dijo con cortesía:
—Perdóneme que le haya interrumpido. Comprendí que iba usted a proponer a esos pobres niños que imitasen a la hornmiga, y he querido evitar que cometa usted la crueldad de envenenar y endurecer tan pronto esas almas infantiles.
Protesté indignado.
—Señor mirlo, no olvide usted que el autor de esta fábula, el señor La Fontaine, está considerado como un clásico.
—El señor La Fontaine no contó más que la mitad de la fábula. ¿Sabe usted lo que pasó luego? Pues luego, poco a poco, al encontrarse sin comida, la cigarra se fue debilitando. Su canto era cada vez más débil, más triste, más suave. Al fin, una noche dejó de cantar... ¿Y la hormiga? ¡Ah! La hormiga estaba allá abajo, en su agujero templado y bien provisto, comiendo su trigo, su alpiste y su maíz. Hasta su agujero llegaba desde fuera el canto de la cigarra, pero éste fue debilitándose hasta enmudecer. Entonces la hormiga sintió un vago desasosiego, un vacío extraño. Hasta entonces no comprendió que se le había hecho necesario para la vida aquel dulce rumor de la cigarra cantora. Lo echaba de menos. Andaba triste de un lado para otro; perdió el apetito, junto a sus graneros atestados; encontró su agujero frío y húmedo. Comprendió poco a poco lo que le ocurría: la infeliz se había vuelto neurasténica.
¡Cuanto hubiera dado entonces por poder resucitar con un granito de trigo a la cigarra! Pero era tarde; en un rincón triste y oscuro de su hormiguero, sumidio en un silencio mortal desde que enmudeció la cigarra, la hormiga fue languideciendo poco a poco hasta morir...
Esto es lo que olvidó el señor La Fontaine. Se puede morir de hambre de trigo, pero también se puede morir de hambre de música. Y ahora, adiós. Empieza la primavera. Ha de saber usted que soy casado. De un día a otro mi señora ha de poner huevos. Tengo que acarrear pajuelas y barro para el nido. Voy, pues, a mi trabajo... ¡pero voy cantando, siempre cantando!...
Y cantando se perdió en el cielo hondo y azul. Los zagalillos, que me habían visto ensimismado, pues no entendían el habla del mirlo, me recordaron mi interrumpida pregunta:
—¿Hemos de imitar a la cigarra o a la hormiga?
—A ninguna de las dos —les contesté-, sino a aquel mirlo que va allí cantando a su tarea.