El paisaje de Moguer. III. “El pino de la Corona”. Empecemos por señalar una obviedad: Platero no es un burro real, sino literaruo. Por supuesto que reales eran los paseos que daba Juan Ramón subido en alguno de los varios burros simbolizados en la figura idílica de Platero. Conviene recordar que Juan Ramón Jiménez, tras una estancia en Madrid, regresa a Moguer en busca de tranquilidad y contacto con la naturalza, aquejado por una profunda depresión por la muerte de su padre; y aquí escribe Platero y yo, entre 1907 y 1912 (la primera edición reducida vio la luz en 1914 y la ediciìón íntegra se publicó en 1917). Por prescripción médica, a Juan Ramón se le había recomendado dar paseos al aire libre por el campo, y así lo hacía, en especial por los pinares de la finca de Fuentepiña; y sus convecinos estaban acostumbrados a verlo pasear ensimismado y vstido de riguroso luto, y hablando solo o con alguno de los burros que lo conducían.
Pasemos ahora al entierro de Platero (que ha muerto en su cuadra, tal como se relata en el capítulo CXXXII), abriendo el libro por el capítulo 135 (“Melancolía”); porque la realidad dista mucho de ser lo que Juan Ramón nos narra líricamente, ya que Platero no fue enterrado bajo el pino de la Corona, pino que sí existió hasta principios de 2026. en que fue abatido por inclemencias meteorológicas; pero lo que nunca sucedió, salvo en el terreno literario, fue lo que Juan Ramón nos cuenta en el capítulo CXXXV, que por su interés reproducuimos; porque “en el huerto de la Piña, al pie del pino redondo y paternal”, no se encuentra la sepultura de Platero.
Melancolía
Esta tarde he ido con los niños a visitar la sepultura de Platero, que está en el huerto de la Piña, al pie del pino redondo y paternal. En torno, abril había adornado la tierra húmeda de grandes lirios amarillos.
Cantaban los chamarices allá arriba, en la cúpula verde, toda pintada de cenit azul, y su trino menudo, florido y reidor, se iba en el aire de oro de la tarde tibia, como un claro sueño de amor nuevo.
Los niños, así que iban llegando, dejaban de gritar. Quietos y serios, sus ojos brillantes en mis ojos, me llenaban de preguntas ansiosas.
—¡Platero amigo!—le dije yo a la tierra—; si, como pienso, estás ahora en un prado del cielo y llevas sobre tu lomo peludo a los ángeles adolescentes, ¿me habrás, quizá, olvidado? Platero, dime: ¿te acuerdas aún de mí?
Y, cual contestando a mi pregunta, una leve mariposa blanca, que antes no había visto, revolaba insistentemente, igual que un alma, de lirio en lirio…
[Nos quedamos con el último párrafo, en el que una mariposa blanca revolotea alrededor de la tumba como si fuera el alma de Platero. (En el capítulo LXXXIII -“El canario [de los niños] se muere”- va a ser enterrado en la tierra del rosal grande: “A la primavera, Platero, hemos de ver al pájaro salir del corazón de una rosa blanca. El aire fragante se pondrá canoro, y habrá por el sol de abril un errar encantado de alas invisibles y un reguero secreto de trinos claros de oro puro”) En cualquier caso, la “esencia simbólica” de Platero se recoge en el párrafo que cierra el capítulo CXXXVIII y el libro: “Tú, Platero, estás solo en el pasado. Pero ¿qué más te da el pasado a ti que vives en lo eterno, que, como yo aquí, tienes en tu mano, grana como el corazón de Dios perenne, el sol de cada aurora?”].
El pino de la Corona
Donde quiera que paro, Platero, me parece que paro bajo el pino de la Corona. A donde quiera que llego —ciudad, amor, gloria— me parece que llego a su plenitud verde y derramada bajo el gran cielo azul de nubes blancas. Él es faro rotundo y claro en los mares difíciles de mi sueño, como lo es de los marineros de Moguer en las tormentas de la barra; segura cima de mis días difíciles, en lo alto de su cuesta roja y agria, que toman los mendigos, camino de Sanlúcar.
¡Qué fuerte me siento siempre que reposo bajo su recuerdo! Es lo único que no ha dejado, al crecer yo, de ser grande, lo único que ha sido mayor cada vez. Cuando le cortaron aquella rama que el huracán le tronchó, me pareció que me habían arrancado un miembro; y, a veces, cuando cualquier dolor me coge de improviso, me parece que le duele al pino de la Corona.
La palabra magno le cuadra como al mar, como al cielo y como a mi corazón. A su sombra, mirando las nubes, han descansado razas y razas por siglos, como sobre el agua, bajo el cielo y en la nostalgia de mi corazón. Cuando, en el descuido de mis pensamientos, las imágenes arbitrarias se colocan donde quieren, o en esos instantes en que hay cosas que se ven cual en una visión segunda y a un lado de lo distinto, el pino de la Corona, transfigurado en no sé qué cuadro de eternidad, se me presenta, más rumoroso y más gigante aún, en la duda, llamándome a descansar a su paz, como el término verdadero y eterno de mi viaje por la vida.
¿Por qué el nombre de “Pino de la Corona” que Juan Ramón convierte en el “faro rotundo y claro en los mares difíciles de mi sueño?”. La respuesta se halla en sus peculiaridades botánicas: de aspecto físico espectacular llegó a medir casi 2o metrros de altura y unos 3,80 metros de perímetro- con una inmensa copa redonda y majestuosa que no solo “coronaba” el paisaje de la finca de recreo de Juan Ramón, en Fuentepiña, sino que destacaba en el horizonte como una verdadera “corona” vegetal sobre la campiña onubense. En el mundo de la ficción literaria, se convierte, ya desde el capítulo XI (“El moridero”) de Platero y yo, en el lugar en que descansará Platero para siempre: “Vive tranquilo, Platero. Yo te enterraré al pie del pino grande y redondo del huerto de la Piña, que a ti tanto te gusta. Estarás al lado de la vida alegre y serena. Los niños jugarán y coserán las niñas en sus sillitas bajas a tu lado. Sabrás los versos que la soledad me traiga. Oirás cantar a las muchachas cuando lavan en el naranjal, y el ruido de la noria será gozo y frescura de tu paz eterna. Y, todo el año, los jilgueros, los chamarices y los verderones te pondrán, en la salud perenne de la copa, un breve techo de música entre tu sueño tranquilo y el infinito cielo de azul constante de Moguer”. Sin embargo, y ya con sus más de doscientos años de historia -no literaria- a cuestas, el pino sufrió daños irreversibles en marzo de 2025, como consecuencia de un fuerte temporal de viento y lluvia que golpeó la finca de Fuentepiña y lo derribó parcialmente y que se sumaba al deterioro previo que ya sufría (plagas -como la procesionaria--, ramas debilitadas y secas…). Y aunque el ayuntamiento de Moguer hizo cuantos esfuerzos estaban en su mano para recuperarlo, por el peligro que suponía no tuvo más remedio que proceder a su tala controlada en enero de 2026, si bien no se ha perdido del todo, y su legado continúa gracias a un ejemplar joven, de 2 metros de altura, brotado de sus propios piñones y plantado en su lugar.
A pesar de que los técnicos del ayuntamiento de Moguer estuvieron casi diez meses intentando salvar al pino de la Corona -mediante podas de saneamiento y tratamientos especiales en el suelo-, su avanzado estado de deterioro hizo inviable su supervivencia y en enero de 2026 se procedió a su tala por motivos de seguridad.
Los pedazos del pino de la Corona no se han desechado, dado su valor histórico y cultural. Una parte de la madera obra en poder de la Universidad de Huelva, para efectuar con ella investigaciones científicas; y con el resto se ha procedido a un reparto entre administraciones públicas -desde el ayuntamiento de Moguer al Estado-, la Fundación Zenobia-Juan Ramón Jiménez y la propia familia del poeta, con objeto de preservar su legado, y que artistas relevante puedan realizar obras conmemorativas. por artistas relevantes.
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La artista riojana Natali Wood ha utilizado la madera original del pino de la Corona como matriz natural de grabado sobre papel de arroz en tinta negra aplicando la técnica japonesa de fuego Yakisugi.
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Sin más preámbulos, pasemos a analizar el texto. Antes que nada, hay unas palabras en el segundo párrafo que se quedan grabadas en el corazón, al comprobar la enmorme interacción y compenetración que hay entre Juan Ramón y Platero: “Cuando le cortaron aquella rama que el huracán le tronchó, me pareció que me habían arrancado un miembro; y, a veces, cuando cualquier dolor me coge de improviso, me parece que le duele al pino de la Corona”. Poeta y burro comparten recíprocamente sus dolores, lo cual implica que al pino el poeta le ha conferido una dimenaisón totalmente humama: en su percepción, la rama tronchada en el pino por el huracán repercute en Juan Ramón hasta tales extremos que parece que a él le han arrancado un miembro de su cuerpo (identidad “rama del pino/miembro del cuerpo”); y a la inversa: cualquier dolor que le afecta parece como si se trasladara al pino. Es lo que hoy llamaríamos la “resiliencia compartida” basada en el principio del dolor. Y, desde luego, la sonoridad de la combinación de algunas palabras agudas la acentúa (“… rama que el hucarán le tronchó, me pareció…”).
Del pino, Juan Ramón destaca su “plenitud verde y derramada”, en una intensa imagen visual: se encuentra en su mejor momento de desarrollo vital, con el vigor verde de sus hojas y una copa densa y abundante, con ramas que se desborsan en cascada, de forma que parece como si todo el paisje quedara atrapado por su imponente presencia, sin desentonar con ese “gran cielo azul de nubes blancas”, que completa, así, la imagen revistiéndola de un intenso cromatismo. El pino se erige para Juan Ramón en faro que, con su luz protectora, le orienta espiritualmente en sus días de desaliento y oscuridad (“en los mares más difíciles de mi sueño”); y no solo a él, sino a los marineros de Moguer, debido a su imponente altura, que lo hacía visible, desde muchos kilómtros mar adentro, en “las tormentas de la barra”, una imagen esta que es entendible en el ámbito geográfico y marinero de Moguer: una “barra” es la acumulación de arena que se forma en la desembocadura de los ríos navegables y, en el caso de Moguer, es la barra del río Tinto la que complica enormmente la salida y entrada de las embarcaciones hacia el océano Atlántico, a causa del oleaje y las mareas cambiantes; por lo tanto, si se desencadena una tormenta, los barcos pueden encallar e incluso naufragar intentando atravesar la barra para refugiarse en el puerto. El pino de la Corona, elevado sobre una colina, se convierte, así, en un punto de referencia visual para orientarse durante las rempestades y conjurar los peligros de la barra en momentos d desorintación, por lo que representa para los marineros la guìa que les va a permitir regresar a salvo a tierra. La metáfora tiene, por tanto, un fundamento objetivo indudable. Además -concluye Juan Ramón- el pino está situado “en lo alto de su cuesta roja y agria [que lleva la cima]”, remanatdo los elementos descripticos del texto con una sinestesia en la que se combinan el color del suelo con una dificulltad extrema en el ascenso, una cuesta que forma parte del camino natural de Moguer hacia Sanlúcar)
Y conforme Juan Ramón ha ido creciendo, también lo hacía el pino, y ambos tienen en común la fortaleza interior, por lo que, de nuevo, se alían el crecimienmto humano y el del árbol, en perfecta sintonìa: “¡Qué fuerte me siento siempre que reposo bajo su recuerdo! Es lo único que no ha dejado, al crecer yo, de ser grande, lo único que ha sido mayor cada vez”.
En el último párrafo, Juan Ramón despoja el lenguaje de elementos retóricos para, más allá de su realidad puramente física, convertir el pino, “más rumoroso y más gigante aún, en la duda”, en un refugio espiritual ante las incertidumbres de la vida. Y ese es el auténtico “cuadro de eternidad” al que siempre ha aspirado Juan Ramón en su calidad de homo viator: “llamándome a descansar a su paz, como el término verdadero y eterno de mi viaje por la vida”.
En otro orden de ideas y diferente contexto, Gerardo Diego también convirtió el cipres de Silos en un símbolo espiritualizado, al otorgarle la máxima función salvadora para cuando llegue el final definitivo. Y con este terceto termina el tercero de sus sonetos dedicados a Silos, pero esta vez escrito desde la ausencia y no directamente en el monasterio: “Quiero vivir, morir, siempre cantando, / y no quiero saber por qué ni cuándo. / Sálvame tú, ciprés, cuando me aleje. cuando me aleje” (el soneto pertenece a Alondra de verdad).
El 9 de enero de este año publicamos en artículo. El pino de la Corona: un símbolo literario en la vida de Juan Ramón Jiménez, donde narramos la muerte, literariamente hablando, del pino.