El revuelo social en Huelva y en el resto de España ha sido notable, ya que muchas personas están al tanto, no solo por los libros, sino también por el boca oreja, de que Platero, el burrito con el que el autor vivió su infancia, fue enterrado bajo este pino. Esta obra, "Platero y yo", ha contribuido a hacer de Platero un personaje universal e inmortal.
La relevancia de este pino en la obra de Juan Ramón Jiménez es innegable. Desde su infancia, el autor ha tenido una conexión innegable con él, especialmente durante lo que un experto denomina 'la etapa moguereña'. Entre 1905 y 1912, tras haber vivido en Castel d'Andorte y en Madrid, Juan Ramón regresa a su Moguer natal. «Es ahí donde se gesta la escritura de Platero y Yo». Este libro se publicaría un par de años después, a finales de 1914, cuando ya estaba de vuelta en Madrid, y «daría ocasión de leerlo a Francisco Giner de los Ríos, que murió en febrero de 1915».
En relación a este tema, se mencionó el contenido del capítulo 40 de "Platero y yo", considerado uno de los más hermosos y más logrados de esta obra. Este fragmento ilustra el ideal educativo del institucionismo, que representa «la expresión de Juan Ramón hacia la verdad, la bondad y la belleza, una escritura dirigida no sólo a los niños, sino a los niños que deben seguir en nuestro corazón».
En este capítulo, el pino de la Corona se convierte en un símbolo de verticalidad gracias a Juan Ramón, quien lo eleva hacia el cielo. Así, lo transforma en un faro que actúa como una guía. El Nobel menciona: «Faro rotundo y claro en los mares difíciles de mi sueño».
«Lo único que ha crecido conmigo y que siempre ha sido más grande, es el pino», comentaba Juan Ramón.
Es importante considerar al pino de la Corona como «un elemento de protección y de guía, como un faro. Es un recuerdo que le transmite fortaleza». Curiosamente, el autor menciona que «es lo único que no ha dejado de crecer a la vez que él; lo único que ha sido mayor cada vez». Esta reflexión contrasta con lo que se expresa en el «hermosísimo» poema 'Cuando yo era el niñodiós', donde se «pone el contrapunto de lo grandes que le parecían las cosas cuando era un niño y de lo pequeñas que le parecieron cuando, ya joven, volvió a Moguer».
Juan Ramón describe el pino de la Corona «como algo magno, grande», y el experto lo cita nuevamente: «La palabra magno le cuadra como al mar, como al cielo y como a mi corazón». Señala que «en esa visión de Juan Ramón, lo real y lo simbólico se entrelazan una vez más». Por esta razón, recuerda que «le dolió cuando le cortaron una rama y le hubiera dolido saber que ha quedado ya arrancado y probablemente muerto». Sin embargo, pino de la Corona sigue vivo en la palabra de Juan Ramón. Él lo hizo perdurar mientras existan almas sensibles que lean "Platero y yo"».
"Platero y yo". Capítulo 40 – El pino de la Corona
Donde quiera que paro, Platero, me parece que paro bajo el pino de la Corona. A donde quiera que llego—ciudad, amor, gloria—me parece que llego a su plenitud verde y derramada bajo el gran cielo azul de nubes blancas. Él es faro rotundo y claro en los mares difíciles de mi sueño, como lo es de los marineros de Moguer en las tormentas de la barra; segura cima de mis días difíciles, en lo alto de su cuesta roja y agria, que toman los mendigos, camino de Sanlúcar.
¡Qué fuerte me siento siempre que reposo bajo su recuerdo! Es lo único que no ha dejado, al crecer yo, de ser grande, lo único que ha sido mayor cada vez. Cuando le cortaron aquella rama que el huracán le tronchó, me pareció que me habían arrancado un miembro; y, a veces, cuando cualquier dolor me coge de improviso, me parece que le duele al pino de la Corona.
La palabra magno le cuadra como al mar, como al cielo y como a mi corazón. A su sombra, mirando las nubes, han descansado razas y razas por siglos, como sobre el agua, bajo el cielo y en la nostalgia de mi corazón. Cuando, en el descuido de mis pensamientos, las imágenes arbitrarias se colocan donde quieren, o en esos instantes en que hay cosas que se ven cual en una visión segunda y a un lado de lo distinto, el pino de la Corona, transfigurado en no sé qué cuadro de eternidad, se me presenta, más rumoroso y más gigante aún, en la duda, llamándome a descansar a su paz, como el término verdadero y eterno de mi viaje por la vida.
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