ESCENARIOS

LEONORA

Leonora

Lienzo de viento y espinas

Alberto Morate | Miércoles 09 de septiembre de 2026

El viento del norte no sabe mentir, y esta noche, en el Teatro de La Abadía, soplaba con una ferocidad herida, aunque fuera hiciese mucho calor.



No hemos presenciado hoy una lección de historia, ni el inventario ordenado de una vida ilustre, en una biografía al uso. Lo que Alberto Conejero levanta sobre las tablas no es el relato oficial de Leonora Carrington. Es la exhumación sagrada de su fuego, el mapa traslúcido de un alma que prefirió romperse antes que ser enjaulada.

El escenario se revela como un espacio primordial, un lienzo en blanco donde la actriz nos dibuja no su cronología, sino los latidos expuestos de su propio corazón. Allí emerge Natalia Huarte en una interpretación que no es actuación, sino encarnación pura; una sensibilidad a flor de viento que tiembla y ruge al mismo tiempo.

Natalia Huarte sostiene el monólogo con una fragilidad bellísima y disimulada, esa delicadeza de la porcelana que, al quebrarse, se transforma en una colección de puñales listos para defender su territorio. Es la encarnación de una rosa con espinas, hiriendo para proteger su derecho a florecer. Su voz y su cuerpo cantan, en un ritual verdaderamente poético, un himno a la imperfección de los principios, a esa rebeldía que no nace de los manuales, sino de las vísceras y del hambre absoluta de ser.

La dirección del propio Alberto Conejero entiende que para hablar de Leonora hay que habitar su misma sintaxis alucinada. La puesta en escena respira con el aliento de Memorias de Abajo, rescatando los fragmentos del horror que la artista sufrió en España.

Sentimos el frío del psiquiátrico de Santander, el eco del desprecio de un padre que la repudiaba por no encajar en el molde, el acoso implacable y las vejaciones infligidas a una mente cuyo único delito fue ver más allá de lo evidente. Esa fragilidad escondida es, en el fondo, la herida abierta de una presunción de inocencia en la que nadie quiso creer; una verdad tomada por delirio en un mundo de hombres severos.

Pero el texto no se regodea en el barro del sufrimiento; lo cruza para buscar la luz, el misterio de su arte surrealista y el prodigio de su pintura, que aquí no son teoría, sino la única forma posible de respirar.

Es sobrecogedor ver cómo este montaje remueve el corazón, cómo sacude al espectador y lo despoja de cinismo. Hay un grito mudo, pero atronador que nos exige dejarnos de garambainas, de adornos inútiles y de falsas complacencias. Es un manifiesto de un feminismo indómito y primigenio: el derecho absoluto a no comulgar con ruedas de molino, a no aceptar las verdades masticadas por el patriarcado ni las razones de los cuerdos que solo saben recluir la belleza.

El amor con Max Ernst late en el espacio como un espectro difuminado, un refugio en mitad de la tormenta, el catalizador de una escapada necesaria hacia un mundo imaginario y surrealista que terminó siendo el único hogar verdadero.

Como bien intuyó Mauricio Bacarisse al escribir que "la luna es solo la luna, y no se parece a nada", esta Leonora se nos revela ingobernable e incomparable. Ella es luna, imagen, cascada, piedra y pintura. Una fuerza que se basta a sí misma, un relámpago en una mañana sin promesas que se niega a pedir permiso para existir. Al apagarse las luces en La Abadía, queda en el aire el aroma de la pintura y de las flores silvestres. Leonora Carrington vuelve a escapar esta noche, pero esta vez nos deja las llaves de su celda, recordándonos que la poesía no es un adorno, sino la única arma legítima para sobrevivir a la intemperie del mundo.

INFORMACIÓN


LEONORA

Texto y Dirección: Alberto Conejero

Intérprete: Natalia Huarte

Música: Luis Miguel Cobo

Teatro de La Abadía

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