La miga y la pedagogía del castigo de doña Domitila. A lo largo de esta segunda semana de septiembre, niños y adolescentes vuelven a sus colegios e institutos para iniciar un nuevo curso escolar. Afortunadamente, la educación ha abandonado los procedimentos punitivos para sancionar el bajo rendimiento de los escolares, y nada tiene que ver con la escuela a la que se refiere Juan Ramón Jiménez en el capítulo VI de Platero y yo; una escuela en la que la maestra (la [a]miga), doña Domitila, impone una severa disciplina que incluye castigos físicos para los niños. Por eso, el poeta, irónicamente, no quiere que Platero participe de la crueldad de ese modelo pedagógico, y prefiere llevárselo al campo para enseñarle a disfrutar de la Naturaleza.
La miga
Si tú vinieras, Platero, con los demás niños, a la miga, aprenderías el a, b, c, y escribirías palotes. Sabrías tanto como el burro de las figuras de cera –el amigo de la Sirenita del Mar, que aparece coronado de flores de trapo, por el cristal que muestra a ella, rosa toda, carne y oro, en su verde elemento–; más que el médico y el cura de Palos, Platero.
Pero, aunque no tienes más que cuatro años, ¡eres tan grandote y tan poco fino! ¿En qué sillita te ibas a sentar tú, en qué mesa ibas tú a escribir, qué cartilla ni qué pluma te bastarían, en qué lugar del coro ibas a cantar, di, el Credo?
No. Doña Domitila –de hábito de Padre Jesús Nazareno, morado todo con el cordón amarillo, igual que Reyes, el besuguero–, te tendría, a lo mejor, dos horas de rodillas en un rincón del patio de los plátanos, o te daría con su larga caña seca en las manos, o se comería la carne de membrillo de tu merienda, o te pondría un papel ardiendo bajo el rabo y tan coloradas y tan calientes las orejas como se le ponen al hijo del aperador cuando va a llover...
No, Platero, no. Vente tú conmigo. Yo te enseñaré las flores y las estrellas. Y no se reirán de ti como de un niño torpón, ni te pondrán, cual si fueras lo que ellos llaman un burro, el gorro de los ojos grandes ribeteados de añil y almagra, como los de las barcas del río, con dos orejas dobles que las tuyas.
Apoyo léxico. Miga. En Andalucía, “miga” significa “escuela de niñas”, y su nombre, por alusión a la maestra, deriva de “amiga” (por aféresis, el termino “amiga” ha perdido la “a-” inicial). Para una mayor información, véase en la entrada “miga” en el Tesoro de los diccionario históricos de la lengua española: https://www.rae.es/tdhle/miga
El a, b, c. Abecé y abc. Abecedario, alfabeto. “Sabrías más que el médico y el cura de Palos, Platero”. El médico es Darbón, el veterinario de Platero, al que Juan Ramón le dedica el capítulo XLI de su obra.
https://es.wikisource.org/wiki/Platero_y_yo/XLI
Y en cuanto al “cura de Palos”, se emplea como referencia de persona sabia, aunque el cura “real” en Platero y yo es don José, un hombre malhablado que tira “palabrotas y guijarros a los chiquillos que le robaban las naranjas”, y de quien Juan Ramón se ocupa en el capítulo XXIV.
https://es.wikisource.org/wiki/Platero_y_yo/XXIV
Credo. Oración en que se hace profesión de fe de las principales creencias del cistianismo. Domitila. Nombre de la maestra -hoy raro y en desuso en España- Domitila, es el de una noble romana del siglo I, Santa Flavia Domitila, desterrada y martirizada por su fe cristiana (el Martirologio Romano lo conmemora el 7 de mayo). Deriva del latín Domitilla, diminutivo afectuoso de Domitius, con el significado de “la que ama la casa” (lo cual no deja se ser irónico, pues no parece que por su conducta tenga un amor excesivo hacia la escuela...). El hábito de Padre Jesús Nazareno. Esta indumentaria religiosa servía para ilustrar de forma pintoresca y familiar el aspecto de la maestra. También lo usaba Reyes, el besuguero, un personaje que solo cuenta con esta aparición fugaz en toda la obra. Aperador. Encargado de cuidar de la hacienda del campo y de todo lo concerniente a la labranza. Este personaje, Raposo, aparece dos veces más en la obra: en el capítulo XCIII (“La escama”): y en el capítulo CXI (“La llama”), solo para decir: “¡Dioj quiá que no je queme nesta noche muchaj naranja!”:
https://es.wikisource.org/wiki/Platero_y_yo/CXI
Añil. También llamado índigo. Es un color azul oscuro y profundo, con matices violáceos, situado entre el azul y el violeta. Almagra. Color de tono rojizo intenso (por el óxido de hierro).
El texto arranca con un periodo condicional (prótasis: “Si tú vinieras...”/apódosis: “aprenderías… sabrías”); es decir: futuro hipotético (condicional en la apódosis)/subjuntivo eventual (imperfecto de subjuntivo en la prótasis), por lo que al no poderse cumplir la condición, queda sin efecto lo condicionado; Platero es imposible que acuda a la escuela. Porque en el caso de haber asistido, sabría tanto “como el burro de las figuras de cera…, coronado de flores de trapo”, un juguete frecuente en las barracas de ferias ambulantes de la Andalucía de principios del siglo XX (símbolo de la sabiduría popular, frente al conocimiento más institucional que , en el texto, el médico y el cura, a quienes también superaría en saber Platero). Y añade el poeta que este burro, decorado con flores de trapo, es “el amigo de la Sirenita del Mar, que aparece... por el cristal que muestra a ella, rosa toda, carne y oro, en su verde elemento”. El burro adornado de forma pintoresca está junto a su amiga, “la Sirenita del Mar”, una delicada figura modelada también en cera, encerrada en una bola de cristal rellena de líquido -como si de agua se tratara-, y cuyo interior representa un fondo marino artificial (“en su verde elemento”). La Sirenita del Mar queda poéticamente descrita como “rosa toda, carne y oro” (piel de tonos rosados y reflejos dorados del cabello).
Y aunque Platero entra dentro de la edad de los párvulos -cuatro años-, su tamaño (“¡eres tan grandote”) y su falta de delicadeza (“y tan poco fino!”) le impiden acudir a la escuela; además, no hay silla donde sentare, ni mesa sobre la que escribir, ni cartilla ni pluma que pudiera usar, ni lugar en el coro para cantar el Credo: unas justificaciones de lo más burlscas por parte del poeta.
Y de pronto irrumpe la figura de la maestra, doña Domitila, de la que Juan Ramón solo describe su vestimenta: “hábito de Padre Jesús Nazareno, morado todo con el cordón amarillo”. Juan Ramón, al vestir a la maestra con ropaje religioso de penitencia, pretende criticar una educación en la que la alegría no tiene cabida, sumiéndola en un ambiente lúgubre; y no es baladí la comparación de la maestra con el pescadero del pueblo -“Reyes, el besuguero”- en cuanto a su vestimenta -ambos llevan la misma ropa que da una imagen de severidad exterior-, porque es una sutil forma de “desmitificar” sus actitudes autoritarias: tras ese ropaje se oculta en ser mezquino que es capaz de someter a sus alumnos a los más atroces castigos físicos. Y Juan Ramón no pone sordina en su enumeración, con el pretexto de comentarle a Platero aquello de lo que se libra por no asistir a tan rígida escuela, y que padecen sus alumnos: dos horas de rodillas en un rincón, palmetazos en las manos (“con una larga caña seca”), tirones de orejas hasta ponerlas coloradas… La crueldad llegaría al extremo, en el caso de Platero, de “ponerle un papel ardiendo bajo el rabo”...
Y frente a este modelo de escuela represiva -“No, Platero, no” es el rechazo más palmario de Juan Ramón-, el poeta prefiere que su burro disfrute en libertad de la Naturaleza (“Yo te enseñaré las flores y las estrellas”), ese mundo campesino que contrasta con el de la enseñanza impuesta con violencia en espacios oscuros. Y nadie se burlará de Platero; y nadie le colocará “orejas de burro”, como a los alumnos: “el gorro de los ojos grandes ribeteados de añil y almagra, como los de las barcas del río, con dos orejas dobles que las tuyas”.
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El mundo de la literatura nos ha proporcionado otro tipo de escuelas y maestras. Federico García Loca, en su Libro de poemas, comenzaba así su “Canción primaveral”, escrita en Granada el 28 de marzo de 1919:
Texto completo: https://www.poesi.as/fgllp005.htm
Comentado en todoliteratura.es
Y ya en prosa, Camilo José Cela, en el Viaje a la Alcarria (1948), nos proporciona la descripción de la escuela de Casasana (“es una escuela impresionante, misérrima, con los viejos bancos llenos de parches y remiendos, las paredes y el techo con grandes manchas de humedad, y el suelo de losetas movedizas, mal pegadas. En la escuela hay -quizá para compensar- una limpieza grande, un orden perfecto y mucho sol”), así como la de su maestra: “es una chica joven y mona, con cierto aire de ciudad, que lleva los labios pintados y viste un traje de cretona muy bonito”.
Texto completo y comentado:
Y también Ana María Matute, en Historias de la Artámila (1961) y en el cuento titulado “El árbol de oro”, nos presenta la escuela de Mansilla del Segura, a la que asistió de pequeña (“aquella casita alargada y blanca de cal, con el tejado pajizo y requemado por el sol y las nieves, a las afueras del pueblo”), y a la maestra, la señorita Leocadia, que “era alta y gruesa, tenía el carácter más bien áspero y grandes juanetes en los pies, que la obligaban a andar como quien arrastra cadenas”.
Texto completo:
https://cuentosimperdibles.wordpress.com/2012/11/18/el-arbol-de-oro-ana-maria-matute/
Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Camilo José Cela y Ana María Matute, cuatro escritores y cuatro modelos de escuela y de pedagogía diferentes -de 1914 a 1961- que pueden proporcionar un sugestivo debate -acerca de la literatura como testimonio- comparándolas entre sí y con las técnicas pedagógicas de la actualidad.
Junto al antiguo colegio Pedro Alonso Niño, en Moguer, la escultura se inspira en el capítulo VI titulado “La miga” que alude a las antiguas guarderías en las que un "maestro o maestra " daban clases a los más pequeños, y es un homenaje a estos educadores. Su autora es la moguereña María José Díaz Olivares, y está realizada con acero corten, bronce y acero inoxidable pulido. El conjunto escultórico lo integran las figuras de un maestro y una maestra bajo la copa del árbol del conocimiento.