FIRMA INVITADA

Más allá de la frontera: el paraíso que nos debemos

Cuadro de Antonio Camaró
Antonio Camaró | Jueves 10 de septiembre de 2026

Hay realidades ante las cuales las palabras parecen insuficientes y, sin embargo, precisamente por ello, tenemos el deber de encontrarlas. A mí me sucede cuando contemplo la pobreza, la exclusión y esa forma silenciosa de desposesión que obliga a tantos seres humanos a abandonar su tierra en busca de lo que, con cierta ligereza, llamamos «el sueño europeo». Detrás de esa expresión hay, muchas veces, algo mucho más elemental y profundo: el deseo de poder vivir. Vivir con dignidad, desarrollar las propias capacidades, ofrecer un futuro a los hijos y habitar el mundo sin que la pobreza determine de antemano los límites de una existencia.



Lo verdaderamente doloroso es comprender que nadie debería verse obligado a abandonar su lugar de origen para aspirar a aquello que debería constituir un derecho universal: la posibilidad de vivir una vida digna, libre y plena. Cuando una persona emprende un viaje incierto porque su propia tierra ya no puede ofrecerle las condiciones necesarias para realizarse como ser humano, no estamos únicamente ante un drama individual; estamos ante el síntoma de una fractura mucho más profunda de nuestra civilización.

Y hay algo que me entristece todavía más: comprobar cómo la vulnerabilidad, en lugar de despertar solidaridad, puede engendrar violencia entre quienes comparten una misma herida. Personas que deberían reconocerse en el sufrimiento del otro terminan, a veces, reproduciendo sobre sus semejantes la misma lógica de dominación de la que ellas mismas intentaban escapar. Qué paradoja tan terrible: aquellos que conocen de cerca la humillación pueden llegar a humillar; quienes han experimentado el desamparo pueden abandonar; quienes han sido despojados de su dignidad pueden, en ocasiones, convertirse en instrumentos de la indignidad ajena.

No debería ser así.

Frente a la adversidad, nuestra primera obligación debería ser reconocernos. Reconocernos más allá de la lengua, de la procedencia, de la religión, de la cultura o de cualquier otra diferencia. Porque antes de ser extranjeros o nacionales, desplazados o sedentarios, somos seres humanos. Y acaso una civilización pueda medirse precisamente por su capacidad de proteger la fragilidad de aquellos que no tienen poder para protegerse por sí mismos.

Por eso hay una realidad que me resulta especialmente insoportable: la violencia ejercida contra niñas que, empujadas por la desesperación, abandonan sus hogares con la esperanza de encontrar un horizonte distinto y terminan encontrándose con nuevas formas de abuso, explotación y sometimiento. Hay algo profundamente trágico en esa contradicción: que quien emprende el camino hacia una vida mejor pueda descubrir, en el trayecto, que el mundo también puede ser cruel precisamente con quien más necesita de su amparo.

Pero mi mirada sobre todo esto no nace de la desesperanza. Al contrario. Si hablo de estas heridas es porque todavía creo en la posibilidad de transformarlas.

La esperanza, entendida verdaderamente, no es ingenuidad. No consiste en imaginar que el mundo es bueno mientras cerramos los ojos ante aquello que lo desmiente. La esperanza auténtica exige lucidez. Mira el dolor sin apartar la mirada y, precisamente por haberlo contemplado, se niega a aceptar que tenga la última palabra.

Por eso creo que quienes tenemos la posibilidad de crear poseemos también una responsabilidad. El arte no debería limitarse a decorar el mundo ni a convertir el sufrimiento en una imagen bella. Crear significa, también, asumir una posición ante la realidad. Significa denunciar aquello que no puede ser aceptado, prestar voz a quienes han sido silenciados y hacer visible aquello que demasiadas veces preferimos no mirar.

Pero nuestra responsabilidad no termina en la denuncia.

Si únicamente señalamos el abismo, corremos el riesgo de convertirnos en cronistas de la desesperación. Nuestra tarea debería ser más ambiciosa: además de revelar el mundo que existe, imaginar el mundo que todavía no existe.

Porque crear es también una forma de resistencia.

Podemos inventar espacios donde la dignidad no sea una excepción; relatos donde el diferente no sea percibido como una amenaza; encuentros donde la solidaridad no sea un gesto extraordinario, sino una forma natural de estar en el mundo. Podemos construir, aunque sea dentro de una obra, una escena, una imagen, una palabra o un gesto, aquello que la realidad todavía no ha sabido construir.

Y quizá ahí se encuentre la verdadera potencia de la creación: en recordarnos que aquello que todavía no existe puede, sin embargo, ser imaginado; y que todo aquello que alguna vez transformó la historia comenzó, de algún modo, como una posibilidad concebida por alguien.

Tal vez ese pequeño «Edén» no requiera grandeza ni se encuentre en un lugar remoto. Puede nacer en una mirada de complicidad, en un gesto de solidaridad, en una mano que se tiende cuando todo parece perdido. Puede existir durante apenas unos segundos, en ese instante extraordinariamente humano en el que alguien le dice al otro, sin necesidad de palabras: «te veo, te reconozco, tu vida me importa».

Y quizá ahí resida nuestra tarea más profunda como creadores: no solamente denunciar el infierno que existe, sino atrevernos a imaginar el paraíso que todavía nos debemos.

Porque incluso en medio de la injusticia, mientras seamos capaces de crear belleza sin olvidar el dolor, de defender la dignidad sin renunciar a la esperanza y de reconocernos unos a otros como seres humanos, el mundo no estará completamente perdido.

Tal vez transformar el mundo empiece, precisamente, por algo tan pequeño como una mirada. No una mirada que se limite a contemplar, sino una que reconozca; no una mirada que juzgue desde la distancia, sino una que se comprometa; no una mirada que pase de largo, sino una que convierta al otro en alguien cuya vida no puede sernos indiferente.

Porque toda transformación verdadera comienza cuando dejamos de mirar al otro como un extraño y empezamos a verlo como un semejante. En ese instante, la indiferencia pierde su refugio, el miedo deja de gobernar y la dignidad encuentra un primer lugar donde afirmarse.

Una mirada puede parecer un gesto mínimo, casi invisible. Pero a veces basta una chispa para revelar que la oscuridad no es absoluta. Basta que alguien diga, con los ojos y con sus actos: «te veo, te reconozco, tu vida me importa».

Y cuando una mirada se convierte en conciencia, cuando la conciencia se convierte en solidaridad y la solidaridad en acción, comienza el cambio.

Todavía estamos aquí. Todavía podemos elegir entre perpetuar la herida o comenzar a cerrarla. Todavía podemos construir un mundo en el que nadie tenga que huir para merecer una vida digna.

El futuro no comenzará mañana. Comienza ahora, en el instante exacto en que levantamos la mirada y decidimos no apartarla.

"... El arte, la creación, contra la muerte, contra toda condena, contra la hambruna, contra la sed, contra la rendición de cuentas del barro y su pastoral misión: colonizar al todo sin más ventura que la imperial condena: la vida, el rastro de lo aún por masticar.

de ese mar, esta ola: Antonio Camaro

su obra, su creación:

el abrazo: amparo fértil contra el cómic que nos renta no nuestros..."

Antonino Nieto Rodríguez

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