Que Gloria Fuertes es mucho más que un escritora de poemas para niños es algo que, por fortuna, se ha ido abriendo paso al tiempo que ha ido ganando todo tipo de lectores, sin importar edad, ideología o condición social. Su poesía sigue más viva que nunca, aunque ya hace casi tres décadas de su muerte (27 de noviembre de 1998). Y no está de más recordar que la crítica especializada la considera como la mejor poeta de la Generación del 50, y que escritores como Camilo José Cela reivindicaban la calidad de su poesía, siempre convertida en testimonio de humanidad y en compromiso ante la injusticia.
La editorial Cátedra publicó en 1975 su Obras incompletas (en la colección Letras Hispánicas, núm. 32), con un prólogo autobiográfico a cargo de la autora y una selección de pomas que abarcan sus libros esenciales hasta entonces:, cuando ya ha alcanzado su madurez poética: Antología y poemas del suburbio (1954), Aconsejo beber hilo (1954), Todo asusta (1958), Ni tiro, ni veneno, ni navaja (1966), Poeta de guardia (1968), Cómo atar los bigotes del tigre (1969) y Sola en la sala (1973). También se incluyen algunos pomas inéditos. El conjunto constituye una plasmación de la visión que la poeta tiene del mundo: hay poesía autobiográfica, de temática social, amorosa…; e incluso la realidad cotidiana se analiza con mirada desenfadada que no excluye el sentido del humor; y siempre a través de un lenguaje coloquial y nada retórico, de una alta capacidad comunicativa, que deja entrever su profunda humanidad. Y al poemario Poeta de guardia, publicado originalmente en la célebre colección de poesía “El Bardo”, pertenece el poema “Versos que escribí dormida”, que seguidamente reproducimos y analizamos.
La cantautora Sílvia Comes y el músico Miguel Aranda han llevado a cabo la versión musical de este célebre poema, que está incluido en su disco-homenaje titulado “Fuertes”, en el que se visibiliza la faceta más social de la poeta madrileña.
La figura central de Poeta de guardia es la propia Gloria Fuertes. Mientras la ciudad duerme, la poeta permanece despierta y disponible en la noche para encarar cuantos problemas surjan, y poder dar así testimonio del dolor ajeno -convertido en propio-, a través de la poesía -en especial de personajes del costumbrismo madrileño caracterizados por su marginalidad-; una guardia con la que la poeta asume un ineludible compromiso social: su soledad nocturna se convierte, así, en un acto de amor hacia los humildes y de resistencia ante las injusticias, entre ellas las provocadas por los conflictos bélicos (su antibelicismo visceral y el rechazo a toda violencia son consecuencia directa de experiencias personales vividas durante la Guerra Civil).
En el poema “Versos que escribí dormida”, la poeta nos está hablando en primera persona, y ello aumenta la sensación de cercanía y complicidad con el lector: “Bebo porque…” (la causa), “Bebo para…” (la finalidad). Y el mensaje del poema está bien claro: la constatación del vacío existencial que surge en su interior ante la decepción que le provoca el ser humano, con el que ella es profundamente dadivosa. Y de ahí el recurso a la bebida. Gloria Fuertes, según declara en sus poema, bebía en soledad, una soledad que la acompañó gran parte de su vida: la bebida le ayudaba a sobrellevarla, en un intento de evasión que tiñe sus versos de una profunda melancolía.
Métricamente, el poema es una agrupación de 13 versos predominantemente endecasílabos (todos salvo los versos 2 y 3 -dodecasílabos- y el verso 4 -eneasílabo-. Desde una perspectiva rítmica, la mayor parte acentúa en 6.ª sílaba -salvo el 5 y el 6-; el 10 es un endecasílabo sáfico con acento en las sílabas 4.ª y 8.ª (“la alcóba es gránde y el seréno bízco”); y el 9 es un endecasílabo que tiene la pecualidad de acentuar en todas las sílabas pares (“la vída es córta en cámbio y tiéne prísa”). Los versos son blancos, ya que carecen de rima, aun cuando se puede observar la asonancia /í-a/ en los versos 6 y 9 (“encarcelarían/prisa”) y la asonancia /é-o/ en los versos 7, 11 y 13 (“bebiendo/techo”/bebiendo”). El poma carece de pausas y encabalgamientos, y la esticomitia le proporciona un ritmo sosegado, aunque sin la monotonía de la salmodia. El ritmo interno del texto se logra mediante la anáfora, el paralelismo y el verso que funciona a modo de estribillo.
En efecto, los veros 5 y 6 se inician con la repetición de la estructura gramatical “sé que hay…”; y los versos 12 y 13 con la construcción “Bebo para…”. Y los versos 8 y 9 conforman un paralelismo aunque hay palabras elididas que hay que sobrentender, de acuerdo con el esquema “conjunción causal (A)+determinante artículo (B)+nombre (C)+cópula (D)+adjetivo (E)+conjunción copulativa (F)+verbo (G)+nombre (H)”:
“Porque (A1) la (B1) noche (C1) es (D1) larga (E1) y (F1) tiene (G1) seres (H1)”;
“[Porque (A2)] la (B2) vida (C2) es (D2) corta (E2) y (F2) tiene (G2) prisa (H2)”.
Y el elemento fundamental de cohesión es el verso que funciona como si fuera un estribillo (7 y 13: “Bebo para olvidar/acordarme que estoy bebiendo”), estratégicamente situado en el centro y al final del poema, estableciendo la oposición “olvidar/acodarme”; y sobre esta paradoja “descansa” la “poeta de guardia”: por un lado bebe para mitigar su dolorosa desilusión ante el ser humano y el mundo en general; y por otro lado bebe para estimular la inspiración poética que le permita reflejarla en sus versos. Esa antítesis “olvidar/acordarme” traduce el conflicto emocional de una mujer que se debate entre el aislamiento (verso 1: “Bebo porque la gente no me gusta”) y la necesidad de estar en contacto con los demás (verso 2: [Bebo] porque a la gente la quiero demasiado”).
Para facilitar el análisis del poema, lo vamos a dividir en tres parte: versos 1-6, versos 7-11 y versos 12-13.
Versos 1-6.
En los versos 1-2, la poeta confiesa abiertamente cuál es el papel que el alcohol desempeña en su vida: es el asidero al que se agarra para intentar disminuir el dolor que le provoca el mal comportamiento de la gente, precisamente porque le importa demasiado y es incapaz de asumirlo. La bebida se convierte así en el refugio ante una realidad decepcionante que no puede cambiar, confrontando su capacidad de amor a la humanidad con la maldad que en ella anida. Y en los versos siguientes constata “lo que dan de sí los hombres” (verso 4), las personas reales insensibles a su afecto, que solo manifiestan egoísmo y falta de solidaridad; conoce su mezquindad, “porque hay pocos” dispuestos a sacrificarse (los que “prestarían sangre”) -verso 5- y, en cambio, “hay muchos” listos para neutralizar a quienes no comparten sus criterios (“me encarcelarían”) y solo piensan en sí mismos -verso 6-. Y no perdamos de vista el verso 3, que recoge con profunda melancolía los estragos del fluir del tiempo (“las cosas cambian”) y el apagarse de las ilusiones frente a los avatares de la vida: “el ímpetu se enferma” es una dura metáfora para aludir al desgaste de la vitalidad interior.
Versos 7-11.
“Bebo para olvidar que estoy bebiendo” (verso 7), con el políptoton “Bebo/estoy bebiendo”, enfatiza la idea de que la poeta se encuentra atrapada en una rutina evasiva de la que no logra escapar con el consuelo efímero que puede proporcionarle la bebida, sumida en una especie de “hastío existencial”.
Del verso 8 al 11, todas las oraciones están enlazadas por la conjunción copulativa “y”, lo que mustra la sencillez sintáctica. Además, este polisíndeton sirve, en este caso, para acrecentar la sensación de agobio que produce la noche inacabable poblada de todo tipo de pensamientos (“es larga y tiene seres”) -fantasmagóricos, que reviven experiencias pasadas desagradables-, y en la que la percepción de la soledad, el islamiento y el desamparo se acentúa (“la alcoba es grande”).
Por momentos la realidad se interopreta en términos antipoéticos y casi esperpénticos (no olvidemos que la poeta tuvo contactos en los años 40 con el “postismo” de Carlos Edmundo Ory, por el que sentía gran admiración). Es el caso del sereno, al que ha dedicado hermosos poemas Gloria Fuertes -símbolo de acompañamiento en las nocturnas miserias urbanas-, y que aquí lo califica como “bizco”, porque tiene una mirada “distorsionada” -de corte surrealista- que le permite escudriñar la intimidad de personajes que pululan por las noches madrileñas; o de “un chinche flaco que trepa por el techo”, verso este el -11- cuya musicalidd rítmica se ve aumentada por la aliteración del fonema /ch/ (“chinche/techo”) y del fonema /t/ en sílaba tónica (“trepa/techo”), que nos sumerge en el mundo de miseria en que vivía el “clérigo cerbatana” retratado por Quevedo en -El Buscón-, y en cuyo aposento ni siquiera había arañas, un ejemplo clásico de precariedad. Por otra parte, nada tiene que ver este concepto de nocturnidad que sumerge a la poeta en la más cruda atmósfera con la visión idílica que de ella tenía el romanticismo, y que aquì está totalmente desmitificada.
Pero es sin duda la percepción de la alcoba -en el verso 10-, con sus dimensiones (“grande”), la que incrementa, con su inmensidad, la soledad de la poeta en sus noches de insiomniio, en su intimidad no compaetida en un epacio hostil en el se ha instalado el desamor y todo a su alrededor adquiere tintes deformados (es el caso del “chinche flaco” en el que repara). El lenguaje, directo y sincero, ha perdido momentánamente “calidez humana” para sumergirse en el más disparatado humor negro, pero en ningún caso ha perdido la fuerza comunicativa para expresar la desolación anímica en toda su crudeza.
Versos 13 y 14.
Nos basta con reproducirlos para que el lector, ayudado por el comentario que hemos efectuado, saque sus propias conclusiones. Suponemos que, en cualquier caso, se dejará conmover por esa “estética del coloquilismo”: parece como si la propia autora se confesara directamente con ese lector -con cualquiera de nosotros-y le abriera su intimidad, al decir:
Y concluimos con una anécdota que puede situar el poema de Gloria Fuertes en su contexto emocional. En cierta ocasión, le escribió a un camarero de la ciudad de Fuengirola (en Málaga): "Sigue en tu barra poniendo en tus vasos algo más que ginebra (rodajas de limón de tu corazón guapo). Tú bien sabes que el que bebe necesita algo más que vino". Además de la sensibilidad que Gloria Fuertes demostraba ante todo tipo de oficios -y más si son humildes e incluso marginales-, el fragmento recoge su visión personal de lo que es un camarero: no solo la persona que sirve copas, sino una especie de “confesor” de cuuantos necesitan apoyo en su soledad y se refugian bn los bares. Esta anécdota nos lleva a un artículo recomendable de Jorge de Cascante, “Las muchas Glorias”, con motivo de la edición de El libro de Gloria Fuertes en Blackie books (Barcelona, 2017).