EL RINCÓN DE LA POESÍA

El profundo lirismo que impregna la prosa de Azorín. VII

Retrato fotográfico de Azorín. La fotografía está tomada en la década 1900-1910: plano medio corto en tonos sepia, algo muy característico de los retratos de estudio de la época de la Restauración en España.

Nuestro poema de cada día

Azorín “paisajista”. II

Fernando Carratalá | Miércoles 07 de octubre de 2026

“El cazador español” es artículo inicialmente publicado en el diario “La prensa”, de Buenos Aires, diario con el que a lo largo de una década (1941-1951) Azorín mantuvo una intensa y prolífica colaboración a distancia. Este artículo y otros textos de la misma época han sido recopilados en España en el libro antológico Cuando todo reposa, editado por la Universidad de Alicante en  2025.



[“El componente artístico de la caza”]

 

Nos sentamos el cazador español y yo y departimos. ¿Ha disparado ya su escopeta el cazador? Todavía, afortunadamente, no. Afortunadamente para conejos, liebres y perdices.

-La distinción entre cazador y tirador es clásica -dice mi amigo-. El tirador sale a matar, es decir, a cobrar piezas, sea como sea; el cazador se atiene al arte y a su placer personal. Al tirador no le importa cómo sean los tiros, ni le interesan los episodios de la caza. El cazador pone su cuidado en la manera de tirar y va gustando, en su caminata, de todos los accidentes que se ofrecen: paisajes, aire, cielo, fragosidad o llanura, aguas manaderas o pozas, peñas peladas o cubiertas de afelpados líquenes. Para el cazador, la caza es un pretexto con que meter la Naturaleza en su sensibilidad. Ya cobrada la pieza, el cazador ya no la estima; la regala y rara vez la come. El verdadero cazador tendrá a desdoro el presentar la pieza destrozada por los perdigones o las postas; no así el tirador, que no cura de que el disparo despanzurre a perdiz, liebre o conejo.

El cazador español sigue hablando en la serenidad de la mañana. La verdadera caza, en su opinión, es la menor, es a saber, la que se practica sin violencias, carreras y fatigas, sino llana, sosegadamente y con artística reflexión. No hay nada comparable a seguir con la vista -si no se le ha podido tirar- a la liebre que corre sesgando a una parte y a otra para descaminar a los galgos. Y nada supera, ni aun iguala, al tiro a la perdiz en el aire, cuando de improviso salta de un matorral y emprende raudo vuelo con ruido de abanico que se cierra y abre. No considera tampoco el cazador caza noble la de aguardo; no podría estar horas y horas en el chozo, ante el reclamo, esperando a la perdiz para asesinarla alevemente.

José Martínez Ruiz, Azorín: “El cazador español”. En Cuando todo reposa. Publicaciones de la Universidad de Alicante, 2025.

 

Apoyo léxico. Departir. Conversar o hablar de manera distendida. Fragosidad. Aspereza y espesura de los montes. Desdoro. Menoscabo en la reputación, fama o prestigio. Posta. Bala pequeña de plomo, más grande que un perdigón, que sirve de munición para cargar algunas armas de fuego. Curar. Cuidar de algo, poner cuidado. (Construcción: 'cuidar de'). Despanzurrar. Reventar la panza, de forma que se esparzan las vísceras que contiene. Caza menor. La de liebres, conejos, perdices, palomas, etc. Sesgar. Torcer a un lado, oblicuamente. Aguardo. Sitio desde el cual el cazador acecha la pieza para disparar sobre ella. Chozo. Choza pequeña. Reclamo. Instrumento para llamar a las aves en la. caza imitando su voz. Alevemente. De manera traicionera.

 

Plano del contenido.

La invención: asunto y tema. Desde un punto de vista argumental, Azorín precisa en el texto los rasgos que mejor definen al cazador: es cuidadoso en la forma de tirar -y por eso evita estropear la pieza con sus disparos-; convierte una jornada de caza en un pretexto que le permite “reingresar” en la Naturaleza, disfrutando de sus más variados paisajes; y puede gozar contemplando las habilidades que exhiben los animales para escapar a su captura. El contraste de conductas entre cazador y tirador queda patente: este pretende únicamente hacerse con las piezas, aunque tenga que destrozarlas o recurrir pacientemente a la poco noble modalidad de la caza de aguardo. El eje temático del texto le confiere a este una sólida organización interna: Azorín recalca el componente artístico que es consustancial a la caza, ya que el cazador aparece como un “artista cinegético” que debe interpretar personalmente las reglas de un arte presidido por la reflexión, el sosiego y la nobleza, y que hacen de la caza una actividad placentera. 

La disposición: La organización estructural y su relación con el asunto. El texto está organizado en tres párrafos: un brevísimo párrafo inicial, en el que Azorín y un cazador -que representa al cazador español- charlan distendidamente; y dos párrafos más, de similar extensión, en los que se exponen las principales diferencias entre un auténtico cazador y un tirador. El segundo párrafo está expresado en estilo directo -Azorín reproduce íntegramente las palabras pronunciadas por el cazador-; y, el tercero, en estilo indirecto -Azorín reproduce a su manera el pensamiento del cazador-. Y aun cuando, aparentemente, el párrafo segundo está dedicado a contraponer la diferente manera en que afrontan la caza el tirador y el cazador, y el párrafo tercero a ensalzar las virtudes de la caza menor, esa contraposición entre las conductas del tirador y del cazador afecta, no obstante, a todo el texto y, por tanto, también al párrafo tercero. En efecto, al tirador no le preocupa el hecho de que sus disparos puedan despanzurrar al animal (final del párrafo 2), y es capaz de aguardar el tiempo que fuere menester con tal de capturar las piezas de la forma más vil y despreciable (final del párrafo 3); en cambio, el cazador “se atiene al arte y a su placer personal” (comienzo del párrafo 2), y practica la caza menor “llana, sosegadamente y con artística reflexión” (comienzo del párrafo 3).

 

Plano de la expresión.

Azorín pone especial énfasis en recalcar la insensibilidad del tirador: sale, a matar; no le importan cómo sean los tiros; no le interesan los episodios de la caza; es capar de despanzurrar a las piezas, e incluso de recurrir a la caza de aguardo -sin importarle el tiempo de espera- para asesinar alevemente a perdices engañadas por un reclamo. Los verbos empleados por Azorín (matar, despanzurrar y asesinar alevemente) subrayan de manera inequívoca la crueldad del tirador, en claro contraste con las nobles actitudes del verdadero cazador ante la caza.

Y es en el tercer párrafo -en el que se describen las excelencias de la caza menor- donde Azorín se muestra como un maestro en el uso del léxico: a la propiedad y precisión con que están empleados los vocablos (la liebre corre “sesgando a una parte y a otra para descaminar a los galgos”), se une la originalidad de las imágenes visuales y auditivas: ese “ruido de abanico que se cierra y abre” con el que la perdiz “salta de un matorral y emprende raudo vuelo”, con la sugestiva aliteración de vibrantes en sílaba tónica, ayuda a visualizar y a escuchar la huida de la perdiz que quizá burla al cazador, y cuyas evoluciones contempla absorto.

 

Valoración global y personal.

Aun cuando el texto reproducido es breve, resulta suficiente para descubrir en él muchos de los rasgos que caracterizan el estilo de Azorín: el sentido de la sobriedad y su voluntad antirretórica; el subjetivismo que explica el lirismo que impregna estas líneas, en las que está presente su peculiar visión del paisaje -en la que resulta difícil separar cuánto hay de realidad y cuánto de sensibilidad; un paisaje que sugiere algo más de lo que captan los sentidos-; la concisión, que le lleva a emplear una sintaxis simplicísima -a base de la oración breve, con una ordenación lógica de sus elementos-; y también esa extraordinaria propiedad léxica, con un vocabulario que sorprende por su inigualable riqueza.Y Azorín pone en práctica sus recomendaciones.

Como colofón, reproducimos seguidamente el artículo de Azorín “Cazadores”, escrito en Madrid, en septiembre de 1953 (e incluido en el folleto -con colaboraciones literarias- que se publica con motivo de la inauguración de los nuevos locales de la Sociedad Recreativa de Cazadores [de Yecla], y entre cuyos fundadores se encontraba el cuñado de Azorín [José Martínez del Portal]).

 

[“Distinción entre cazador y tirador”]

 

Conocida es la distinción fundamental: hay cazadores y hay tiradores. No es lo mismo una cosa que otra. Dejemos, con su ufanía, a los tiradores. El cazador tiene también la suya: es un hombre que espera. Todos los hombres esperan. No existe ente sin esperanza. Espero yo leer un libro; esperas tú cumplir un viaje; espera aquel darse un hartazgo. Pero -y aquí está el intríngulis- el cazador espera una cosa que le es indiferente que se cumpla. El cazador -lo ha dicho Pascal- pone su conato en el modo y no en el logro. La pieza que se cobre no importará nada; lo que importa es la dificultad que se haya de vencer a cada momento. Lo que importa son las quiebras del monte, las ondulaciones del llano, los recovecos que sirvan de manida, la maleza, los árboles, el susurro del viento, los reflejos de la luz, las sendas, los atajos, el breve descanso tras la carrera, el salto de un conejo o los regates de una liebre, el vuelo repentino de un bando de perdices, la ansiedad en el tollo, el agua cristalina de un regato, que se bebe en la mano, el olor a tomillo, a romero, a espliego, de que se impregnan las ropas, los zapatos, y que se lleva a la casa cuando se vuelve, etc., etc. Todo esto es cazar, todo esto es gozar plenamente, con voluptuosidad, de la Naturaleza.

Y, de nuevo, ofrecemos un apoyo léxico mínimo pero indispensable para no perder la densidad  de contenido expresado en tan pocas palabras.

Ufanía. Arrogancia, presunción, engreimiento. Intríngulis. Intención solapada o razón oculta que se entrevé o se supone en una persona o acción. Conato. Empeño y esfuerzo en la ejecución de algo. Quiebra. Grieta (hendidura en la tierra). Manida. Habitáculo donde un animal ser recoge. Tollo. Hoyo en la tierra, o escondite de ramaje, donde se ocultan los cazadores en espera de la caza. Regato. Arroyo pequeño; remanso poco profundo. Voluptuosidad. Complacencia en los deleites sensuales.

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