ESCENARIOS

EL PÚBLICO

El público

La destrucción o el amor

Alberto Morate | Jueves 15 de octubre de 2026

El teatro no solamente es asistir a él de manera pasiva; hay que padecerlo o habitarlo. En el patio de butacas, en este El público, el público deja de ser público para convertirse en testigo mudo y, a la vez, en el andamiaje invisible de la tragedia.



Alfonso Zurro, con firmeza y temblor de derrumbe y con escénica poética, acomete la dramaturgia y dirección de este El público, con nosotros como público. Es la obra más descarnada, telúrica y secreta de Federico García Lorca. Lo que acontece sobre las tablas no es un simple espectáculo; es la esencia misma del asombro, es un rito sagrado donde la luz lucha contra las sombras que terminan por invadirlo todo, contagiando al espectador de una hermosa ceguera.

Alfonso Zurro entiende que Lorca no se representa: se evoca desde el abismo. Asistimos a la catástrofe de un teatro que se derrumba, las paredes caen, las convenciones crujen y, sin embargo, en mitad del escombro, todo continúa. El teatro sobrevive a su propio funeral. En este no-lugar, habitan personajes que en manos de cualquiera habrían sido meros arquetipos sin alma, siluetas inconsistentes de un sueño ajeno. Pero Federico, el poeta que sembraba flores en las heridas, los dota de una chispa humana desgarradora. Estos seres se extienden sobre el escenario, pesan con el lastre de sus verdades y se muestran extraordinarios en instantes continuos, impulsados por una avidez desesperada de ser, de existir más allá de la última frase.

La puesta en escena muerde. Hay una fuerza telúrica en la palabra que brota como lava de la tierra andaluza, directa al pecho de quienes miran sin querer ver. Los caballos blancos, los trajes de polichinela y el amor escondido en los pliegues de la arena no son metáforas; son la raíz de la escena descarnada y desnuda.

En los silencios repletos de dolor, donde la respiración de los actores se confunde con el crujido de las tablas, se revela el verdadero misterio. Alfonso Zurro no quiere complacer, busca conmover desde el hueso, y logra que el espectador, despojado de su máscara de mero observador, sienta el vértigo de asomarse a su propio espejo cóncavo. Una propuesta valiente, dramática y dolorosa, donde el teatro se redime salvándonos de nuestra propia cordura.

La belleza colisiona, a veces, con sus propios espejos tecnológicos. En este viaje al epicentro del delirio lorquiano, la única pega que veo de la propuesta de Alfonso Zurro reside en esas videoescenas del fuego y la destrucción. La frialdad de los píxeles irrumpe con cierta tosquedad allí donde la poesía material debería reinar sola; el soporte digital se siente ajeno, un artificio moderno que rompe momentáneamente el hechizo analógico y telúrico del dolor lorquiano.

Habríamos agradecido, en su lugar, que la puesta en escena hubiera incidido más en el espacio sonoro de la destrucción o del amor, remedando a Vicente Aleixandre. El crujido de la madera, el eco de una respiración quebrada, el silencio denso que precede al derrumbe o el latido atronador del deseo oculto habrían bastado para edificar la catástrofe. La palabra de Federico y la dirección de Zurro tienen la fuerza suficiente para hacer arder el teatro sin necesidad de proyectar sus llamas; en el teatro subterráneo, el verdadero fuego siempre se escucha y se padece desde la penumbra del sonido.

INFORMACIÓN

EL PÚBLICO

  • Autor: Federico García Lorca
  • Dramaturgia y Dirección Escénica: Alfonso Zurro
  • Elenco: Juan Motilla, Luis Alberto Domínguez, Lorena Ávila, Santi Rivera, Raquel de Sola, Piermario Salerno, Íñigo Núñez, Jose María del Castillo y Silvia Beaterio.
  • Espacio: Teatro Fernán Gómez

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