EL RINCÓN DE LA POESÍA

El carácter lírico de la prosa descriptiva de Miguel de Unamuno. Su concepción estética del paisaje. II

MIGUEL DE UNAMUNO (Con traje académico, retratado en 1914 por Vidal González Arenal. Salón de retratos de la Universidad de Salamanca).

Nuestro poema de cada día

Fernando Carratalá | Miércoles 21 de octubre de 2026
Miguel de Unamuno describe Castilla como una llanura austera, seca y de contrastes extremos, y sostiene que su paisaje monótono y áspero influye en el espíritu castellano, apartándolo de lo material y orientándolo hacia lo ideal.


[Descripción, desde una óptica subjetiva, del paisaje de Castilla, cuya austeridad  y dureza influyen decisivamente en el espíritu castellano]

 

Por cualquier costa que se penetre en la Península española empieza el terreno a mostrarse al poco trecho accidentado; se entra luego en el intrincamiento de valles, gargantas, hoces y encañadas, y se llega, por fin, subiendo más o menos, a la meseta central, cruzada por peladas sierras, que forman las grandes cuencas de sus grandes ríos. En esta meseta se extiende Castilla, el país de los castillos.

Como todas las grandes masas de tierra, se calienta e irradia su calor antes que  el mar y las costas que este refresca y templa, más pronta en recibirlo y en remitirlo más pronta. De aquí resulta un extremado calor cuando el sol la tuesta, un frío extremado en cuanto la abandona; unos días veraniegos y ardientes, seguidos de noches frescas en que tragan con deleite los pulmones la brisa terral; noches invernales heladas en cuanto cae el sol brillante y frío, que en su breve carrera diurna no logra templar el día. Los inviernos largos y duros y los estíos breves y ardorosos han dado ocasión al dicho de «nueve meses de invierno y tres de infierno». En la otoñada, sin embargo, se halla respiro en un ambiente sereno y plácido. Deteniendo los vientos marinos, coadyuvan las sierras a enfriar el invierno y a enardecer el verano; mas si bien impiden el paso a las nubes mansas y bajas, no lo cierran a los violentos ciclones, que descargan en sus cuencas, viéndose así grandes sequías seguidas de aguaceros torrenciales.

En este clima extremado por ambos extremos, donde tan violentamente se pasa del calor al frío y de la sequía al aguaducho, ha inventado el hombre en la capa, que le aísla del ambiente, una atmósfera personal regularmente constante en medio de las oscilaciones exteriores, defensa contra el frío y contra el calor a la vez.

Los grandes aguaceros y nevadas, descargando en sus sierras y precipitándose desde ellas por los empinados ríos, han ido desollando, siglo tras siglo, el terreno de la meseta, y las sequías que les siguen han impedido que una vegetación fresca y potente retenga en su maraña la tierra mollar del acarreo. Así es que se ofrecen a la vista campos ardientes, escuetos y dilatados, sin fronda y sin arroyos; campos en que una lluvia torrencial de luz dibuja sombras espesas en deslumbrantes claros, ahogando los matices intermedios. El paisaje se presenta recortado, perfilado, sin ambiente casi, en un aire transparente y sutil.

Recórrense a las veces leguas y más leguas desiertas, sin divisar apenas más que la llanura inacabable, donde verdea el trigo o amarillea el rastrojo, alguna procesión monótona y grave de pardas encinas, de verde severo y perenne, que pasan lentamente espaciadas, o de tristes pinos que levantan sus cabezas uniformes. De cuando en cuando, a la orilla de algún pobre regato medio seco o de un río claro, unos pocos álamos, que en la soledad infinita adquieren vida intensa y profunda. De ordinario, anuncian estos álamos al hombre; hay por allí algún pueblo, tendido en la llanura, al sol, tostado por este y curtido por el hielo, de adobes muy a menudo, dibujando en el azul del cielo la silueta de su campanario. En el fondo se ve muchas veces el espinazo de la sierra, y al acercarse a ella, no montañas redondas en forma de borona, verdes y frescas, cuajadas de arbolado, donde salpiquen al vencido helecho la flor amarilla de la árgoma y la roja del brezo. Son estribaciones de huesosas y descarnadas peñas, erizadas de riscos, colinas recortadas que ponen al desnudo las capas del terreno resquebrajado de sed, cubiertas, cuando más, de pobres hierbas, donde solo levantan cabeza el cardo rudo y la retama desnuda y olorosa, la pobre ginestra contenta dei deserti, que cantó Leopardi [i]. En la llanura se pierde la carretera entre el festón de árboles, en las tierras pardas, que, al recibir al sol, que baja a acostarse en ellas, se encienden de un rubor vigoroso y caliente.

¡Qué hermosura la de una puesta del sol en estas solemnes soledades! Se hincha al tocar el horizonte, como si quisiera gozar de más tierra, y se hunde, dejando polvo de oro en el cielo y en la tierra sangre de su luz. Va luego blanqueando la bóveda infinita, se oscurece de prisa, y cae encima, tras fugitivo crepúsculo, una noche profunda, en que tiritan las estrellas. No son los atardeceres dulces, lánguidos y largos del septentrión.

¡Ancha es Castilla! ¡Y qué hermosa la tristeza reposada de ese mar petrificado y lleno de cielo! Es un paisaje uniforme y monótono en sus contrastes de luz y sombra, en sus tintas disociadas y pobres en matices. Las tierras se presentan como en inmensa plancha de mosaico de pobrísima variedad, sobre que se extiende el azul intensísimo del cielo. Faltan suaves transiciones, ni hay otra continuidad armónica que la de la llanura inmensa y el azul compacto que la cubre e ilumina.

No despierta este paisaje sentimientos voluptuosos de alegría de vivir, ni sugiere sensaciones de comodidad y holgura concupiscibles; no es un campo verde y graso en que dan ganas de revolcarse, ni hay repliegues de tierra que llamen como un nido.

No evoca su contemplación al animal que duerme en nosotros todos, y que medio despierto de su modorra se regodea en el dejo de satisfacciones de apetitos amasados con su carne desde los albores de su vida, a la presencia de frondosos campos de vegetación opulenta. No es una naturaleza que recree al espíritu.

Nos desase más bien del pobre suelo, envolviéndonos en el cielo puro, desnudo y uniforme. No hay aquí comunión con la Naturaleza, si nos absorbe esta en sus espléndidas exuberancias; es, si cabe decirlo, más que panteístico, un paisaje monteístico este campo infinito en que, sin perderse, se achica el hombre, y en que siente en medio de la sequía de los campos sequedades del alma. El mismo profundo  estado  de  ánimo  que  este  paisaje  me produce aquel canto en que el alma  atormentada de Leopardi nos presenta al pastor errante que, en las estepas asiáticas, interroga a la luna por su destino [ii].

Siempre que contemplo la llanura castellana recuerdo dos cuadros. Es el uno un campo escueto, seco y caliente, bajo un cielo intenso, en que llena largo espacio inmensa muchedumbre de moros arrodillados, con las espingardas en el suelo, hundidas las cabezas entre las manos apoyadas en tierra, y al frente de ellos, en pie, un caudillo tostado, con los brazos tensos al azul infinito y la vista perdida en él, como diciendo: «¡Solo Dios es Dios!». En el otro cuadro se presentaban en el inmenso páramo muerto, a la luz derretida del crepúsculo, un cardo quebrando la imponente monotonía en el primer término, y en lontananza las siluetas de Don Quijote y Sancho sobre el cielo agonizante.

«Solo Dios es Dios, la vida es sueño y que el sol no se ponga en mis dominios» [iii], se recuerda contemplando estas llanuras.

Atrevámonos a todo

[…]

a reinar, fortuna, vamos,

                                        no me despiertes, si duermo. [iv]

 

Miguel de Unamuno: En torno al casticismo. II. “La casta
histórica. Castilla”, III. Madrid, ediciones Cátedra, 2014
(2005). Colección Letras Hispánicas, núm. 582.
Jean-Claude Rabate, editor literario.

 

Edición digital:

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/en-torno-al-casticismo-253798/html/

 

Referencias culturales.

[i] El poeta del romanticismo italiano Giacomo Leopaldi (1798-1837) es el autor de “La ginestra [retama] o flor del desierto” [La ginestra o il fiori del deserto], obra compuesta en 1836 y publicada póstumamente en la edición napolitana de los Cantos (XXXIV), en 1845. Por su indudable interés, ofrecemos la versión italiana de esta extraordinaria composición, acompañada de notas para su mejor interpretación.

http://online.scuola.zanichelli.it/testiescenari/files/2009/05/pp976-983.pdf

[ii] Giacomo Leopaldi: “Canto nocturno de un pastor errante de Asia” (1826). [XXIII. Canto notturno di un pastore errante dell'Asia].

Vídeo y texto bilingüe italiano/español. Recitado en italiano, con el acompañamiento de la sonata para piano número 14 (“Claro de luna”, segundo movimiento) de Beethoven.

http://quevidaesta2010.blogspot.com/2016/05/canto-nocturno-de-un-pastor-errante-de.html

[iii] En su ensayo de 1889 En Alcalá de Henares, Castilla y Vizcaya, dirigiéndose a su confesor, el padre de la Congregación de San Felipe Neri, don Juan José de Lecanda  -partidario incondicional del paisaje castellano sobre el norteño”-, escribe Unamuno: “En Castilla el espíritu se desase del suelo y se levanta, se siente un más allá y el alma sube a otras alturas a contemplar sobre estos horizontes inacabables y secos una bóveda azul y transparente, inmóvil y serena. / Comprendo esta afición. El sueño y la muerte tienen su poesía, a la que prefiero la poesía de la vigilia y la vida. /  Comprendo en su carácter la afición que a esto le ata. Comprendo que estos campos hayan producido almas enamoradas del ideal, secas y cálidas, desasidas del suelo o ambiciosas, místicos como Santa Teresa y San Juan de la Cruz, espíritus inmensos como el de D. Quijote y el Segismundo calderoniano, conquistadores que van a sujetar las tierras que se extienden más allá de donde se pone el sol. Solo Dios es Dios, la vida es sueño y que el sol no de ponga en mis dominios. / Almas sedientas de ideal ultraterreno, desasidas de esta vida triste, llenas de la sequedad de este suelo y del calor de este cielo, ansiosas de justicia pura como el sol, de gloria inacabable. Estos campos despegan del suelo y empapan en luz, hacen amar la calma y llevan fácilmente a las blanduras del quietismo”. (Ef. De mi país. Madrid/Barcelona, Espasa Libros, 1985, 7.ª edición. Colección Austral, núm. 336). Como artículo independiente se publicó en el Noticiero bilbaíno, el 18 de de noviembre de 1889.

Edición digital. Fundación El libro total.

https://www.ellibrototal.com/ltotal/?t=1&d=1933

[iv] Los versos finales citados por Unamuno pertenecen a La vida es sueño, de Calderón de la Barca; y, en concreto, a dos intervenciones de Segismundo (Jornada tercera, parte I). Dice Segismundo, en un fragmento de uno de sus parlamentos: “[...] Y con esta prevención / de que, cuando fuese cierto, / es todo el poder prestado / y ha de volverse a su dueño, / atrevámonos a todo. [...]”. Y concluye Segismundo: “A reinar, fortuna, vamos; / no me despiertes, si duermo, / y si es verdad, no me duermas. / Mas, sea verdad o sueño, / obrar bien es lo que importa. / Si fuere verdad, por serlo; / si no, por ganar amigos / para cuando despertemos”. Cf. Madrid, ediciones Cátedra, 2014. (1989). Colección Letras Hispánicas, núm. 57.  Ciriaco Morón, editor literario.

Apoyo léxico. A poco trecho. A poca distancia. Intrincamiento. Complejidad, multiplicidad. Encañada. Cañada [espacio de tierra entre dos alturas poco distantes entre sí], garganta [estrechura de montes, ríos u otros parajes] o paso entre montes. Pelada [sierra]. Desprovista de vegetación. Irradiar. Despedir calor. Pronta. Dispuesta, lista; que sucede en poco tiempo. Brisa terral. Viento suave que viene de la tierra. “Nueve meses de invierno y tres de infierno”. Refrán que Frase que se aplica a zonas en las que es largo el invierno y seco y sofocante el calor de los meses de verano. Otoñada. Tiempo o estación de otoño. Coadyuvar. Contribuir a que algo tenga lugar. Ciclón. Perturbación atmosférica caracterizada por fuertes vientos, abundantes precipitaciones y, a veces, fenómenos eléctricos. Clima extremado. Qui está en su grado más intenso, elevado o activo, ya por frío, ya por calor. Aguaducho. Avenida impetuosa de agua. Desollar. Descarnar, desmoronar. Maraña. Lugar riscoso o cubierto de maleza que lo hace impracticable. Mollar. Blanda, frágil, quebradiza. De acarreo. Que viene de otra parte por tierra, procedente de otro lugar (tierra de acarreo). Escueto. Seco y despejado. Fronda. Conjunto de hojas o ramas que forman espesura. Sutil. Etéreo. Rastrojo. Campo de cultivo después de segada la mies y antes de recibir nueva labor. Regato. Arroyo pequeño. Adobe. Masa de barro mezclado a veces con paja, moldeada en forma de ladrillo y secada al aire, que se emplea en la construcción de paredes o muros. Borona. Pan hecho con harina de mijo o de maíz, que adopta a veces forma redondeada, Árgoma. Llamada también aulaga: Planta espinosa de flores amarillas que, machacada se utiliza como pienso para el ganado. Brezo. Arbusto muy ramoso, con flores pequeñas de color blanco verdoso o rojizas, y cuya madera sirve para hacer carbón de fragua y pipas de fumador. Estribación. Ramal de montaña que deriva de una cordillera. Risco. Peñasco alto y escarpado, difícil y peligroso parta andar por él. Rudo. Naturalmente basto, de nula delicadeza. Retama. Ginesta: Arbusto muy común en España que suele colorear los montes con sus grandes flores amarillas y olorosas. Festón de árboles. Cinta de árboles que, en este caso, adorna los bordes de la carretera. Bóveda (celeste). Cielo.  “Ancha es Castilla, y el rey paga”. Esta es la frase completa, y se emplea para decir que alguien tiene libertad para hacer lo que le venga en gana. Al parecer se originó en la época de la Reconquista, cuando se quería repoblar las tierras que quedaban desiertas al dejarlas los musulmanes. Voluptuoso/concupiscible. Dado a los placeres o deleites sensuales. Modorra. Sopor profundo. Dejo. Placer -en este caso- que queda después de una acción. Exuberancia. Abundancia suma, plenitud extraordinaria. Paisaje panteístico/monoteístico. En sentido metafórico, paisaje que engloba la totalidad del universo (panteístico) o bien queda perfectamente individualizado (monoteístico). Sequedad. Aspereza, desabrimiento. Espingarda. Escopeta de cañón muy largo usada antiguamente por los musulmanes. Páramo.  Terreno yermo, raso, desabrigado. En lontananza. A lo lejos, a larga distancia.

A lo largo de su ingente obra, Miguel de Unamuno presenta múltiples ejemplos de la manera en que entiende y valora el paisaje de Castilla; un paisaje que despierta su interés no solo por los rasgos naturales y geográficos, sino también por sus dimensiones simbólicas. Y es, precisamente, en el conjunto de cinco ensayos agrupados bajo el título de En torno al casticismo -y publicados en 1895 en La Espala Moderna-, en donde puede apreciarse cómo valora Unamuno el paisaje castellano. Porque sus descripciones paisajísticas, efectuadas desde una óptica enormemente subjetiva, le permiten observar, en su austeridad y dureza, la influencia que el paisaje tiene en el espíritu castellano. De estos cinco ensayos hemos reproducido íntegramente el epígrafe III del segundo (“La casta histórica. Castilla”).

Para Unamuno “se ofrecen a la vista campos ardientes, escuetos y dilatados, sin fronda y sin arroyos; campos en los que una lluvia torrencial de luz dibuja sombras espesas en deslumbrantes claros, ahogando matices intermedios”. Y así se conforma un paisaje “recortado, perfilado, sin ambiente casi, en un aire transparente y sutil”. Y son esos rasgos del paisaje los que se corresponden con los del carácter castellano. Castilla -sigue diciendo Unamuno- “es un paisaje uniforme y monótono en sus contrastes de luz y sombra, en sus tintas disociadas y pobres en matices”; “un paisaje monoteístico este campo infinito en que, sin perderse, se achica el hombre, y en que se siente en medio de la sequía de los campos sequedades del alma”.

[Y añade Unamuno, en el epígrafe IV: “Penetrad en uno de esos lugares o en una de las viejas ciudades amodorradas en la llanura, donde la vida parece discurrir calmosa y lenta en la monotonía de las horas, y allí dentro hay almas vivas, con fondo transitorio y fondo eterno y una intra-historia castellana. / Allí dentro vive una casta de complexión seca, dura y sarmentosa, tostada por el sol y curtida por el frío, una casta de hombres sobrios, producto de una larga selección por las heladas de crudísimos inviernos y una serie de penurias periódicas, hechos a la inclemencia del cielo y a la pobreza de la vida”. Existe, pues, una clara correspondencia entre paisaje y “paisanaje”, entre el paisaje castellano y sus habitantes; y ambos constituyen la expresión de sus valores espirituales].

Unamuno manifiesta un gran dominio del léxico, apropiado para referirse a los más mínimos detalles del paisaje que describe; un léxico rico, extraordinariamente variado y preciso que atiende tanto a los accidentes geográficos (incluidos los fluviales), como a los efectos de la orografía sobre el clima (nubosidad, lluvias, vegetación, vientos). En el primer caso reseñamos la presencia en el texto de los siguientes vocablos, e indicamos, entre corchetes, el número de veces empleados: arroyo, campo [3], colinas, costa(s) [2], cuencas [2], encañadas, estepa, estribaciones, gargantas, hoces, llanura(s) [4], llanura castellana, mar [2], meseta castellana, meseta central, montañas, páramo, peñas, regato, riscos, ríos [2], sierra(s) [3], suelo, terreno [3], tierras, valles. En el segundo caso, y en relación con el clima,  descubrimos estos otros vocablos: aguaceros [2], aguaducho, aire, atardeceres, azul infinito/bóveda infinita, brisa terral, calor [3], ciclones, cielo [5], crepúsculo, día(s) [2], estíos, frío [3], hielo, horizonte, inviernos(s) [2], lluvia, luna, nevadas, noche(s) [3], nubes, otoñada, puesta de sol, sequía(s) [4], septentrión, sol [4], tierra, verano, vientos marinos; y estos otros referidos a la vegetación [2]: álamos [2], arbolado, árgoma, brezo, encinas, flor, fronda, helecho, maraña, pinos, plantas, rastrojo, trigo. Estamos hablando, pues, de 71 vocablos diferentes, que se amplían a 105 si tenemos en cuenta aquellos que se repiten una o varias veces; lo que demuestra la portentosa capacidad de Unamuno para observar el paisaje, elegir aquello que le resulta más idóneo para los fines que pretende en cuanto a la realidad que desea comunicar, y dar con las palabras exactas dentro de la riqueza de los inabordables límites que el léxico castellano pone a su disposición. 

Pero hay más, mucho más, si nos fijamos ahora en la enorme cantidad de adjetivos que emplea Unamuno para caracterizar tanto el paisaje en su vertiente más objetiva, como a través de las emociones que su contemplación suscita y, por tanto, cargados de un subjetivismo que aporta insospechadas connotaciones líricas. Las combinaciones sintagmáticas en las que interviene el adjetivo -siempre adjunto al nombre- son tan variadas como eficaces para insistir en la aspereza del paisaje que describe Unamuno:

 

   nombre+adjetivo (terreno accidentado);

   adjetivo+nombre (grandes cuencas);

   nombre+adjetivo+adjetivo (días veraniegos y ardientes);

   adjetivo+adjetivo+nombre (huesosas y descarnadas peñas);

   nombre+adjetivo+adjetivo+adjetivo (campos ardientes, escuetos y dilatados);

   adjetivo+nombre+adjetivo (breve carrera diurna).

 

Estas combinaciones sintagmáticas no están elegidas al azar, sino que son fruto de una concienzuda meditación, en busca de la mejor eufonía e incluso de la propia andadura rítmica de las oraciones en las que están insertas; y ello al margen de que, cuando hay más de un adjetivo acompañando a un nombre, estos pertenecen a campos semánticos diferentes, lo cual enriquece la percepción sensible o emocional,  lográndose así una rica descripción de unos paisajes castellanos muy identificadores de la idiosincrasia del “paisanaje” que los habita. Recopilamos a continuación todas las aludidas combinaciones sintagmáticas empleadas por Unamuno, no como un simple ejercicio rutinario de carácter más o menos estadístico, sino como demostración palpable del arte descriptivo que exhibe Unamuno, a cuya sensibilidad no escapan los variados matices de los paisajes castellanos que describe, y a los que dota de una singular fuerza espiritual que llena de emoción a lectores que pueden descubrir la belleza, mucho más que geográfica -emocional, estética...- que encierran.

 

Combinación sintagmática “nombre+adjetivo”.

terreno accidentado, frío extremado, noches frescas, brisa terral, vientos marinos, aguaceros torrenciales, clima extremado, oscilaciones exteriores, tierra mollar, lluvia torrencial, sombras espesas, matices intermedios, leguas desiertas, llanura inacabable, cabezas uniformes, río claro, soledad infinita, montañas redondas, flor amarilla, peñas erizadas [de riscos], colinas recortadas, terreno resquebrajado, cardo rudo, tierras pardas, bóveda infinita, noche profunda, mar petrificado, mar lleno [de cielo], azul intensísimo, continuidad armónica, llanura inmensa, azul compacto, sentimientos voluptuosos, apetitos amansados, vegetación opulenta, paisaje monoteístico, campo infinito, alma atormentada, pastor errante, estepas asiáticas, llanura castellana, moros arrodillados, manos apoyadas [en tierra], caudillo tostado, brazos tensos, azul infinito, vista perdida, luz derretida, cielo agonizante. (El adjetivo extremado se aplica a los nombres frío y clima; el adjetivo torrencial(es), a aguaceros y lluvia; el adjetivo infinito/a, a soledad, a bóveda y a azul -en referencia al cielo: bóveda infinita/azul infinito-, y a campo. Y el nombre azul va acompañado por tres adjetivos diferentes: intensísimo, compacto e infinito). Junto a adjetivos de claro valor descriptivo/objetivo, abundan los adjetivos de carácter subjetivo en los que se han potenciado los valores connotativos: sombras espesas, noche profunda, mar petrificado, continuidad armónica, sentimientos voluptuosos, apetitos amansados, monoteístico, campo infinito, alma atormentada, luz derretida, cielo agonizante.

(En el caso de Península española, el adjetivo tiene valor determinativo -y no calificativo-; y en la combinación comodidad y holgura concupiscibles, son dos los nombres a los que acompaña un único adjetivo, y de ahí la concordancia en plural).

 

Combinación sintagmática “adjetivo+nombre”.

grandes cuencas, grandes ríos, grandes sequías, peladas sierras, extremado calor, violentos ciclones, grandes aguaceros y nevadas, empinados ríos, pardas encinas, tristes pinos, vencido helecho, pobres hierbas, solemnes soledades, fugitivo crepúsculo, inmensa plancha, pobrísima variedad, suaves transiciones, frondosos campos, pobre suelo, espléndida exuberancia, profundo estado, largo espacio, inmensa muchedumbre, imponente monotonía. (El adjetivo grandes se aplica a los nombres cuencas, ríos, sequías, aguaceros y nevadas; el adjetivo pobre(s), a hierbas y suelo, y el superlativo pobrísima a variedad; y el adjetivo  inmensa a plancha y a muchedumbre). Muchos de los adjetivos empleados tienen un matiz hiperbólico: grandes cuencas, grandes ríos, grandes sequías, violentos ciclones, grandes aguaceros y nevadas, empinados ríos, inmensa plancha, pobrísima variedad, espléndida exuberancia, inmensa muchedumbre, imponente monotonía; otros, en cambio, insisten en reflejar la dureza de la naturaleza  o  la tristeza  que  exhala  el paisaje: peladas sierras, extremado calor, violentos ciclones, tristes pinos, vencido helecho, pobres hierbas, solemnes soledades, imponente monotonía.

 

Combinación sintagmática “nombre+adjetivo+adjetivo”.

días veraniegos y ardientes, noches invernales heladas, sol brillante y frío, inviernos largos y duros, estíos breves y ardorosos, ambiente sereno y plácido, nubes mansas y bajas, atmósfera personal [regularmente] constante, vegetación fresca y potente, paisaje recortado, perfilado, aire transparente y sutil, procesión monótona y grave, verde severo y perenne, vida intensa y profunda, retama desnuda y olorosa, rubor vigoroso y caliente, paisaje uniforme y monótono, tintas disociadas y pobres [en matices], campo verde y graso. Por lo general, los adjetivos van ligados por la conjunción copulativa y. (La monotonía que es consustancial al ambiente provoca la repetición del adjetivo monótono: procesión monótona y grave [de pardas encinas], paisaje uniforme y monótono; o bien de vocablos más o menos sinónimos de monótono: constante [atmósfera personal rigurosamente constante), uniforme [paisaje uniforme y monótono]. En algunos casos la combinación de adjetivos origina singulares sinestesias: sol brillante y frío, campo verde y graso; otras veces la disparidad semántica entre ambos adjetivos y el carácter objetivo y subjetivo de uno y otro confieren enorme expresividad a algunas de estas combinaciones sintagmáticas, mezcla de sensaciones y emociones: aire transparente y sutil, verde severo y perenne, rubor vigoroso y caliente; pero también hay combinaciones de adjetivos que insisten en la expresión de similares características, aun cuando la sinonimia no sea absoluta: ambiente sereno y plácido, paisaje recortado, perfilado, vida intensa y profunda.

 

Combinación sintagmática adjetivo+adjetivo+nombre.

Solo registramos una: huesosas y descarnadas peñas erizadas de riscos; combinación de la que se vale Unamuno para recalcar la dureza de las montañas.

 

Combinación sintagmática nombre+adjetivo+adjetivo+adjetivo

campos ardientes, escuetos y dilatados; algún pueblo, tendido... tostado... y curtido; montañas redondas, verdes y frescas, cuajadas [de arbolado]; atardeceres dulces, lánguidos y largos; cielo puro, desnudo y uniforme; campo escueto, seco y caliente. (En dos ocasiones, el adjetivo escueto/s acompaña al nombre campo/s). Si algo singulariza a estas triadas de adjetivos es su carácter eufónico y una visión del paisaje que rezuma melancolía.

 

Combinación sintagmática adjetivo+nombre+adjetivo.

Estos son los casos de anteposición y posposición simultánea al nombre: breve carrera diurna, pobre regato medio seco, hermosa tristeza reposada, inmenso páramo muerto. Dos de estas cuatro combinaciones son altamente expresivas: hermosa tristeza reposada -que contiene el oxímoron “hermosa tristeza”-, e inmenso páramo muerto -que alude a la “inmensidad de un páramo sin vida”, completamente yermo.

Aunque los periodos sintácticos sean amplios, las estructuras oracionales resultan bastante sencillas, en especial para contraponer las características climáticas del paisaje castellano: frío en invierno y calor en verano, ambos extremados. Y así, Unamuno emplea construcciones paralelísticas, reiteradas a lo largo del texto, que acentúan dicha contraposición y traducen un ritmo perfectamente equilibrado. Sirvan estas, a modo de ejemplo, en el segundo párrafo: “Como todas las grandes masas de tierra, se calienta e irradia su calor antes que el mar y las costas que este refresca y templa, más pronta en recibirlo y en remitirlo más pronta. De aquí resulta un extremado calor cuando el sol la tuesta, un frío extremado en cuanto la abandona; unos días veraniegos y ardientes, seguidos de noches frescas en que tragan con deleite los pulmones la brisa terral; noches invernales heladas en cuanto cae el sol brillante y frío, que en su breve carrera diurna no logra templar el día. Los inviernos largos y duros y los estíos breves y ardorosos han dado ocasión al dicho de «nueve meses de invierno y tres de infierno».

El contraste se da también entre las montañas del Norte y las sierras castellanas: “En el fondo se ve muchas veces el espinazo de la sierra, y al acercarse a ella, no montañas redondas en forma de borona, verdes y frescas, cuajadas de arbolado, donde salpiquen al vencido helecho la flor amarilla de la árgoma y la roja del brezo. Son estribaciones de huesosas y descarnadas peñas, erizadas de riscos, colinas recortadas que ponen al desnudo las capas del terreno resquebrajado de sed, cubiertas, cuando más, de pobres hierbas, donde solo levantan cabeza el cardo rudo y la retama desnuda y olorosa, la pobre ginestra contenta dei deserti, que cantó Leopardi”. El vigor descriptivo de la metáfora "el espinazo de la sierra" se prolonga con inusitada fuerza: "estribaciones huesosas y descarnadas peñas erizadas de riscos"; frente a esas “montañas redondas en forma de borona, verdes y frescas, cuajadas de arbolado, donde salpiquen al vencido helecho la flor amarilla de la árgoma y la roja del brezo”, tan características de las tierras del Norte. Por lo demás, los extraordinarios efectos logrados mediante la sucesión aliterativa de consonantes sordas, oclusivas o vibrantes evocan una sonoridad áspera, en consonancia con la dureza del contenido conceptual expresado: el paisaje castellano desnudo, pobre, seco...; un “terreno resquebrajado de sed”, que es todo menos un halago a los sentidos; un paisaje que impresiona por su austeridad y dureza, y que ha conformado el temperamento castellano. [1]

 

NOTAS.

[1] Podríamos adentrarnos en los recursos fónicos empleados por Unamuno. Y así, por ejemplo, en esa “procesión monótona y grave de pardas encinas, de verde sereno y perenne”, “desde monótona hasta perenne, los acentos se distribuyen uniformemente de tres en tres sílabas: monótona y grave de pardas encinas, de verde severo y perenne”; lo cual tiene, sin duda, importantes consecuencias rítmicas a la hora de subrayar la monotonía y austeridad del paisaje castellano.

 

Bibliografía.

Nicolás Ortega Canteros: “Paisaje e identidad en la cultura española moderna”. En El paisaje: Valores e identidades. Coedición: Soria, Fundación Duques de Soria, 2010. Madrid, Ediciones de la Universidad Autónoma de Madrid, 2010. Eduardo Martínez de Pisón y Nicolás Ortega Cantero, editores; págs. 47-67.

Marianne Cardis: El paisaje en la vida y en la obra de Miguel de Unamuno. (Tesis doctoral defendida en el Departamento Español de la Universidad de Leeds). Capítulo III: Castilla y “lo intelectivo”. Cuadernos de la Cátedra Miguel de Unamuno, 1953, núm. 4, págs. 71-83.

http://campus.usal.es/~revistas_trabajo/index.php/0210-749X/article/view/9647/9975

Carlos Blanco Aguinaga: “La crítica de Unamuno a la España castiza”. En De Restauración a Restauración: Ensayos sobre Literatura, Historia e Ideología. Sevilla, Editorial Renacimiento, 2007; págs. 116-140 y, en concreto, el epígrafe 4, págs. 130-134.

Nicolás Ortega Cantero: “Paisaje e identidad. La visión de Castilla como paisaje nacional (1876-1936)”. Boletín de la Asociación de Geógrafos Españoles, año 2009, núm. 51, págs. 25-49.

Antonio López Ontiveros: “Valor, significado e identidad del campo y de los paisajes rurales españoles según Unamuno”. Boletín de la Asociación de Geógrafos Españoles, año 2009, núm. 51, págs. 127-152.

 

Propuesta de actividades (para un comentario guiado en el fragmento destacado en letra cuersiva)

 

  • Dentro de de la unidad estructural del texto, ¿qué partes pueden distinguirse?
  • Comentar la eficacia de la adjetivación elegida por Unamuno para insistir en la aspereza del paisaje que describe.
  • Explicar el vigor descriptivo de la metáfora “el espinazo de la sierra” con que Unamuno recalca la dureza de las montañas, “estribaciones huesosas y descarnadas peñas erizadas de riscos”.
  • ¿De qué forma establece Unamuno un fuerte contraste entre las montañas del Norte y las sierras castellanas? Y ¿con qué finalidad?
  • Los extraordinarios efectos sonoros logrados en las últimas líneas del texto contribuyen a resaltar la dureza del paisaje castellano. Analizar la sucesión de sonidos que evocan esas sonoridad áspera, en consonancia con la dureza del paisaje descrito.
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