Detrás de la cámara dos realizadores off-shore, Javier Calvo y Javier Ambrossi -los Javis- junto con un dramaturgo, Alberto Conejero, autor de la pieza que inspira la película. Tres hombres igualmente en el guion, vectores de tres tramas entrecruzadas en tres tiempos, dentro de una historia construida sobre una herencia emocional de deseos callados, secretos compartidos y almas en tormento.
Pasión y muerte de Lorca, reivindicación de la memoria queer a lo largo de un siglo, hasta el exceso. Se le pueden reprochar muchos a esta película, comenzando por la alteración de la historia cierta hasta su despliegue de imaginería homoerótica, difícilmente creíble en la España de entonces. Irrisoria en algunas escenas, esos marineros estilo Jean-Paul Gaultier, la soldadesca franquista rendida al culto al cuerpo en las playas de Santander. Nada que objetar. Ante los creadores de escenas tan deslumbrantes como la de la bacanal flamenca, o la del fantasma de Lorca confrontando a la muerte en la desolación de Sierra Nevada, no cabe sino descubrirse.
Estamos ante una obra de arte rebosante de fuerza lírica y estética. Magnificada por una banda sonora tan exquisita como sobrecogedora. Y por una interpretación, precisamente la de su autor, Guitarricadelafuente, ya en sí misma digna de un Oscar. Volvemos a ese Sebastián que revierte la leyenda del santo homónimo, viéndose forzado a fusilar al amante de Lorca.
Fusila igualmente el guerracivilismo nacional. Ese que Machado pintó mejor que el mismo Lorca: “Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón”.
Salí de la película con ese verso en los labios. ¿Cuántas bolas negras siguen cayendo hoy, en nuestra cultura y en nuestra sociedad, contra los que no comulgan con el credo dominante? Sobrevivimos a una guerra, cuánto nos cuesta vivir en paz.