Ítaca, Ítaca, Ítaca, no es una cuestión de calles, ni de calas, ni de paisajes idílicos en una isla de ensueño. Hay una Ítaca por cada uno de nosotros. Es el refugio, y después del refugio, la pérdida y la ausencia, la brisa suspendida en los silencios. Es el reencuentro de tres hermanas, no son ‘las tres hermanas’ de Chejov, que buscan salir de la rutina y la frustración, la realidad cotidiana, pero opresora, es la infelicidad que las consume. Estas tres hermanas de Alberto Conejero, Ariadna, Penélope y Helena, también guardan sus secretos oscuros, sus frustraciones y, ante la pérdida de la madre, se ven abocadas a confesarse sus pasados, sus historias que, hasta ahora, no habían compartido entre ellas. Son unas desconocidas que se abrirán a la memoria familiar, a la identidad propia, a sostenerse mutuamente, son tres “cariátides sosteniendo el manto infinito de la ausencia” de la madre. Lo dirige María Goiricelaya, sobre una escenografía evocadora y atrayente, no especialmente realista, trayéndonos el destino de una isla remotísima, mágica, para que las tres hermanas puedan encontrar la liberación de sus propios prejuicios. Ellas son Cecilia Freire, Marta Nieto y Amaia Lizarralde, separadas en la distancia física y en la fraternal, cruzándose sin verse, y allí son conducidas por la mano materna. El texto y la puesta en escena queda suspendido en el tiempo indeterminado, aunque sean tres noches, como indica el título, pero esas tres noches susurran la luz que transmite cada una en sus personajes. Emotivamente fúlgido, apreciamos el mar, las nubes, la música, el rincón casero que mantiene la presencia de ella, de la madre, en unos recuerdos ingrávidos, de luna llena, donde tienen tanta importancia las palabras como los silencios. Aunque hubiera poco contacto, Alberto Conejero nos muestra la fuerza de la sangre, lo que se vivió cuando eran comunidad familiar, y que parece perdido para siempre, pero se mantiene ahí, latente, en un cuadro simbólico que nos explica que algún día fueron alegres, aunque el inicio del viaje a Ítaca por parte de la madre cambiara radicalmente el modus vivendi hasta entonces establecido. Como en el poema de Cavafis, lo importante no es llegar a Ítaca, es el viaje que tienen que hacer las hijas para llegar hasta allí, aunque estén físicamente, deben aprender a convivir con sus vivencias, con sus miedos y obstáculos, con su sinceridad abriéndose a un espacio que, hasta entonces, estaba cerrado para ellas. Elegante y emotiva, Tres noches en Ítaca, nos trae, veladamente, los mitos del hilo de Ariadna, que no debe romperse, al contrario, ese hilo le debe guiar a encontrarse a sí misma. Penélope no esperará a nadie, ella sabrá hacerse con un lugar propio en el mundo. Y quizá Helena, secuestrada de sus temores, espere que vengan a rescatarla, pero entenderá que solamente podrá sobrevivir por su cuenta. Aún es tiempo de creer en la humanidad, pero, sobre todo, en las relaciones personales que se establecen entre la gente. INFORMACIÓNTRES NOCHES EN ÍTACA
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