El interés de Pérez Galdós por la condición humana. Las novelas de Pérez Galdós son una expresión viva e intensa de la vida humana en todo su ritmo complejo de sentimientos y pasiones. Menéndez Pelayo, hablando de Fortunata y Jacinta, escribe: “Tal es Fortunata y Jacinta, libro excesivamente largo, pero en el cual la vida es tan densa; tan profunda a veces la observación moral; tan ingeniosa y amena la psicología, o como quiera llamarse aquel entrar y salir por los subterráneos del alma; tan interesante la acción principal en medio de su sencillez; tan pintoresco y curioso el detalle, y tan amplio el escenario, donde caben holgadamente todas las transformaciones morales y materiales de Madrid desde 1868 a 1875, las vicisitudes del comercio al por menor y las peripecias de la revolución de Septiembre. Es un libro que da la ilusión de la vida: tan completamente estudiados están los personajes y el medio ambiente. Todo es vulgar en aquella fábula, menos el sentimiento; y, sin embargo, hay algo de épico en el conjunto, por gracia, en parte, de la manera franca y valiente del narrador, pero todavía más de su peregrina aptitud para sorprender el íntimo sentido e interpretar las ocultas relaciones de las cosas, levantándolas de este modo a una región más poética y luminosa. Por la realización natural, viviente, sincera; por el calor de humanidad que hay en ella; por la riqueza del material artístico allí acumulado, Fortunata y Jacinta es uno de los grandes esfuerzos del ingenio español en nuestros días, y los defectos que se la pueden notar, y que se reducen a uno solo, el de no presentar la realidad bastante depurada de escorias, no son tales que puedan contrapesar el brío de la ejecución, con que prácticamente se demuestra que el ideal puede surgir del más humilde objeto de la naturaleza y de la vida, pues, como dice un gran maestro de estas cosas, no hay ninguno que no presente una faz estética, aunque sea eventual y fugitiva.” [1].
Más aún: las novelas de Pérez Galdós contienen una población de personajes tan reales –aun cuando estén extraídos de su fantasía– que nos dan una sensación de familiaridad por su dimensión profundamente humana. Como señala Ricardo Gullón, “De su pluma, día a día, fue naciendo un orbe hormigueante de vida, un mundo novelesco en donde a cada instante topamos con seres que viven en loor de verdad”. Y hablando de su mente creadora, añade Gullón: “Una mente capaz de tratar como seres vivos a las figuras de la fantasía, de urdir tramas plausibles en donde situarlas y de comunicar el todo en posa [2]. Y así, esos personajes –que van desde los imperfectos, llenos de flaquezas, en conflicto con sus pasiones y fuerzas instintivas, hasta los exaltados, que rozan el misticismo– le inspiran compasión, tanto mayor cuanta más pugna haya entre la moral corriente y su psicología. Porque Pérez Galdós –sobre todo en sus últimas novelas– tiene una visión generosa de las condición humana, que le lleva a justificar sus debilidades y a ser compresivo ante el sufrimiento y la miseria humana. La exaltación del amor y la bondad como valores supremos del espíritu se manifiesta, por ejemplo en los comportamientos de la “señá Benina” –en Misericordia–, que encarna el amor desinteresado, la caridad y el espíritu de sacrificio; en Nazarín, personaje protagonista de la novela del mismo título, que hace de la imitación de Jesucristo su modo de vida, practicando efusivamente su amor al prójimo; o en Leré –de Ángel Guerra–, que lleva una vida de renuncia y pobreza. Tres figuras que se contraponen a la del avaro Tormequemada, personaje que solo profesa una monstruosa adoración a su propio yo, en la que no tiene cabida el amor al prójimo.
NOTAS.
[1] Menéndez Pelayo, Marcelino: Discurso de contestación al de ingreso de Pérez Galdós en la Real Academia Española. Madrid, Est. Tip. de la viuda e hijos de Tello, 1897, págs. 45-46.
[2] Gullón, Ricardo: Galdós, novelista moderno. Barcelona, Editorial Taurus Colección Persiles, núm. 13. -Penguin Random House Grupo Editorial-, 1987, 4.a edición.
La fuerza lírica de la introspección psicológica de los personajes.
El lirismo de Pérez Galdós se intensifica cuando la narrativa se adentra en el territorio del interior de los personajes. Veamos un fragmento de Fortunata y Jacinta que tiene como protagonista a Maximiliano Rubín, un joven enfermizo y de mente frágil. Su embrollo con la hucha que desvalija está narrado por Pérez Galdós impregnado de una gran fuerza dramática y poética.
[El crimen de la alcancía]
El tiempo apremiaba y doña Lupe [la tía de Maximiliano] podía venir. Cuando cogió la hucha llena, el corazón le palpitaba y su respiración era difícil. Dábale compasión de la víctima, y evitar su enternecimiento, que podría frustrar el acto, hizo lo que los criminales que se arrojan frenéticos a dar el primer golpe para perder el miedo y acallar la conciencia, impidiéndose el volver atrás. Cogió la hucha y con febril mano le atizó un porrazo. La víctima exhaló un gemido seco. Se había cascado, pero no estaba rota aún. Como este primer golpe fue dado sobre el suelo, le pareció a Maximiliano que había retumbado mucho, y entonces puso sobre la cama el cacharro herido. Su azoramiento era tal que casi le pega a la hucha vacía en vez de hacerlo a la llena; pero se serenó, diciendo: «¡Qué tonto soy! Si esto es mío, ¿por qué no he de disponer de ello cuando me dé la gana?». Y leña, más leña... La infeliz víctima, aquel antiguo y leal amigo, modelo de honradez y fidelidad, gimió a los fieros golpes, abriéndose al fin en tres o cuatro pedazos. Sobre la cama se esparcieron las tripas de oro, plata y cobre. Entre la plata, que era lo que más abundaba, brillaban los centenes como las pepitas amarillas de un melón entre la pulpa blanca. Con mano trémula, el asesino lo recogió todo menos la calderilla, y se lo guardó en el bolsillo del pantalón. Los cascos esparcidos semejaban pedazos de un cráneo, y el polvillo rojo del barro cocido que ensuciaba la colcha blanca pareciole al criminal manchas de sangre. Antes de pensar en borrar las huellas del estropicio, pensó en poner los cuartos en la hucha nueva, operación verificada con tanta precipitación que las piezas se atragantaban en la boca y algunas no querían pasar. Como que la boca era un poquitín más estrecha que la de la muerta. Después metió el cobre de las dos pesetas que había cambiado.
No había tiempo que perder. Sentía pasos. ¿Subiría ya doña Lupe? No, no era ella; pero pronto vendría y era forzoso despachar. Aquellos cascos, ¿dónde los echaría? He aquí un problema que le puso los pelos de punta al asesino. Lo mejor era envolver aquellos despojos sangrientos en un pañuelo y tirarlos en medio de la calle cuando saliera. ¿Y la sangre? Limpióla colcha como pudo, soplando el polvo. Después advirtió que su mano derecha y el puño de la camisa conservaban algunas señales, y se ocupó en borrarlas cuidadosamente. También la mano del almirez necesitó de un buen limpión. ¿Tendría algo en la ropa? Se miró bien de pies a cabeza. No había nada, absolutamente nada. Como todos los matadores en igual caso, fue escrupuloso en el examen; pero a estos desgraciados se les olvida siempre algo, y donde menos lo piensan se conserva el dato acusador que ilumina a la justicia.
Apoyo léxico. Apremiar. Meter prisa a alguien para que realice alguna acción con prontitud. Frustrar. Dejar sin efecto, malograr un intento. Frenético. Agitado, excitado; en posesión de una violenta exaltación y perturbación del ánimo. Acallar la conciencia. Aplacar el sentimiento de culpa que se deriva de efectuar una mala acciona. Volver atrás. Retroceder. Febril. Desasosegado, inquieto. Atizar. Hacer sufrir un golpe. Cascar. Fracturar, fragmentar. Azoramiento. Aturdimiento, ofuscamiento.
Leña. Acción de dar numerosos golpes. Centén. Moneda española de oro que valía 100 reales. Trémula. Temblorosa. Estropicio. Destrozo de cosas por lo general frágiles. Cuartos. Dinero. No haber tiempo que perder. Aprovechar al máximo el tiempo. Despachar. Darse pisa. Poner los pelos de punta. Erizársele a alguien el cabello por alguna circunstancia. Despojos. Residuos. Mano del almirez. Atribución metafórica a la mano de la capacidad de machacar, que es para lo que sirve el mortero o almirez. Limpión. Limpiadura ligera. De pies a cabeza. Enteramente, de manera completa. Escrupuloso. Riguroso, minucioso, concienzudo.
[Adviértase cómo Pérez Galdós asimila el habla popular, con sus giros y expresiones coloquiales que estiliza artísticamente y dota de una gran dignidad estética].
COMENTARIO.
Maximiliano tiene algún dinero ahorrado, que se guarda en una hucha de barro; y, aunque es suyo, no se atreve a sacarlo, porque podría desencadenar la ira de su tía Lupe, con la que vive. Y para hacerse clandestinamente con él, compra una hucha nueva, similar a aquella, que piensa romper para apoderarse del oro y la plata que contiene, reemplazándolo Maximiliano tiene algún dinero ahorrado, que se guarda en una hucha de barro; y, aunque es suyo, no se atreve a sacarlo, porque podría desencadenar la ira de su tía Lupe, con la que vive. Y para hacerse clandestinamente con él, compra una hucha nueva, similar a aquella, que piensa romper para apoderarse del oro y la plata que contiene, reemplazándolo por calderilla, “con más de dos pesetas en perros que al objeto había cambiado en la tienda de comestibles”, de manera tal que ni su tía Lupe ni nadie se percatara de la sustitución y, en consecuencia, de la sustracción.
El texto es un excelente ejemplo de cómo emplea Pérez Galdós el valor expresivo del lenguaje metafórico que, más que constituir un elemento decorativo y ornamental, se llena de riquísimas sugerencias, en especial cuando las imágenes se prolongan y sirven para manifestar el trasfondo de la conciencia del personaje –Maximiliano– reflejado en su comportamiento. Pérez Galdós describe la escena introduciendo al lector en la conciencia del muchacho, abrumado por un sentimiento de culpabilidad, y lo hace presentando la rotura de la hucha como si de un crimen se tratara. Y de ahí la selección léxica efectuada, en la que el universo metafórico y el de la realidad a la que este alude van de la mano, alcanzando una plasticidad y un dinamismo sorprendentes.
En efecto, la hucha de barro es “la víctima” que le despierta “compasión” e incluso “enternecimiento” –que Maximiliano debe evitar a todas costa–; ante el primer golpe “exhaló un gemido seco”, cascada pero no rota: es, simplemente, “un cacharro herido”, una “infeliz víctima”, que había sido de Maximiliano un “antiguo y leal amigo, modelo de honradez y fidelidad”, pero que ahora claudicaba ante los porrazos que le atiza (“gimió a los fieros golpes”), rompiéndose en pedazos y dejando al descubierto sus tripas (“Sobre la cama se esparcieron las tripas de oro, plata y cobre”). Y en cuanto a los trozos de la hucha (“los cascos esparcidos”), se parecían a “pedazos de un cráneo”, en tanto que el polvillo rojo del barro cocido adoptaba el aspecto de “manchas de sangre”. Y era necesario deshacerse de “aquellos despojos sangrientos” antes de que llegara su tía Lupe, y limpiar “la sangre” esparcida. De esta forma, el acto de romper la hucha de barro se presenta como un crimen, lo que dice mucho del carácter apocado del personaje, capaz de interpretar los tres o cuatro pedazos en que se ha partido la hucha como “despojos sangrientos”, y como “sangre” ese “polvillo rojo del barro cocido que ensuciaba la colcha blanca” de la cama. Porque la hucha de barro estaba ya “muerta”, y tenía, en comparación con su sustituta, una boca algo más ancha por la que entraban las monedas, razón esta por la que “las piezas se atragantaban en la boca y algunas no querían pasar”. La humanización de ambas huchas es total; y Maximiliano es presentado como un “asesino” (por dos veces), como un “criminal”; e incluso se le compara, por su conducta –limpiando con meticulosidad el “escenario del crimen” y su propia ropa–, con “los matadores” que pretenden a toda costa borrar las huellas de sus crímenes, aun cuando la justicia termine por descubrirlos: “pero a estos desgraciados se les olvida siempre algo, y donde menos lo piensan se conserva el dato acusador que ilumina a la justicia”.
Hemos calificado a Maximiliano como “apocado”, porque Pérez Galdós nos da pie para ello: al coger la hucha llena de monedas, se le acelera el corazón y respira con dificultad (“el corazón le palpitaba y su respiración era difícil”); y le tiembla el pulso (“con mano febril”) cuando le atiza el porrazo. Su nivel de ofuscación –de falta de claridad de ideas– es tal que “casi le pega [el porrazo que la quiebra] a la hucha vacía, en vez de hacerlo a la llena”; serena su ánimo reconociendo su propia estupidez, al saberse propietario del contenido de la hucha, pero debe “asaltar” su contenido a escondidas: “¡Qué tonto soy! Si esto es mío, ¿por qué no he de disponer de ello cuando me dé la gana?” (la interrogación parece retórica pero, en realidad, traduce el temor hacia su tía, que estaría en desacuerdo con que se gastase el dinero ahorrado; por ello, ese “Y leña, más leña...”, no es sino un síntoma de autoafirmación con que manifestar cierta seguridad en sí mismo tras lo hecho). Y, de nuevo, la mano temblorosa (“trémula”) cuando recoge las monedas de más valor para guardárselas en el bolsillo; y la forma precipitada en que introduce monedas de poco valor en la hucha nueva –que no entran con facilidad, al tener la boca algo más estrecha–, dando así el cambiazo; y la ansiedad ante la escucha de pasos desconocidos que podían ser los de su tía, sorprendiéndolo “con las manos en la masa”; y la indecisión a la hora de deshacerse de las pruebas del delito, “que le puso los pelos de punta al asesino” (al final opta por “envolver aquellos despojos sangrientos [los cascos de la hucha de barro] en un pañuelo y tirarlos en medio de la calle”; lo que no deja de ser una solución curiosa para ocultar pruebas discriminatorias); y la torpeza con que borra las huellas de su delito en la estancia (“Limpió la sangre como pudo, soplando el polvo [del barro de la hucha quebrada]”, aunque es cuidadoso a la hora de eliminar algunas señales sanguinolentas en la mano derecha con la que había aporreado la hucha y en el puño de su camisa. Y aquí, Pérez Galdós introduce metafóricamente un símil implícito de gran fuerza plástica: “También la mano del almirez –es decir, la mano que empuña el arma asesina– necesitó de un buen limpión”.
Y todas estas acciones tendentes a “borrar las huellas del estropicio” tienen lugar después de “poner los cuartos en la hucha nueva” (insiste Pérez Galdós: “Después metió el cobre de las dos pesetas que había cambiado [en la hucha nueva])”. Y hay en el texto un símil que merece la pena ser reseñado: “Entre la plata, que era lo que más abundaba, brillaban los centenes como las pepitas amarillas de un melón entre la pulpa blanca”. Dado que los centenes eran monedas de oro, las comparación con las pepitas amarillas de un melón es de lo más plástica y expresiva, en especial porque estas destacan entre la pulpa blanca, como aquellos entre el color de las monedas de plata y cobre, más abundantes.
[Este momento es crucial en la novela porque simboliza la ruptura de Maximiliano con la autoridad de su familia para iniciar de forma independiente su plan de "redimir" y casarse con Fortunata].
MATERIALES AUDIOVISUALES.
Reproducción del discurso que sobre Pérez Galdós pronunció Vargas Llosa, con motivo de la inauguración del año académico (2020-2021).
Enlaces que remiten a las dos mesas redondas (“Galdós de nuevo en la RAE”) celebradas en la RAE para homenajear a Galdós en su centenario.
Primera mesa:
[22 de enero de 2020. Participaron los siguientes académicos. Moderada y coordinada por Carme Riera. Participantes: Luis Mateo Díez. «Apuntes de una relectura de Galdós». Manuel Gutiérrez Aragón. «Galdós y el cine». José María Merino. «Cuentos de Galdós». Álvaro Pombo. «Galdós y Cataluña»].
Segunda mesa.
[29 de enero de 2020. Mesa redonda coordinada por Carme Riera y moderada por Soledad Puértolas. Participantes: Félix de Azúa: «¿Pero era de verdad un garbancero?». Luis Goytisolo: «Galdós y la renovación de la novela». Juan Mayorga: «Electra»].