LOS IMPRESCINDIBLES - Álvaro Bermejo

UN CAFÉ CON WITTGENSTEIN

Ludwig Wittgenstein (Foto: Archivo).
Álvaro Bermejo | Domingo 10 de julio de 2022

En su infancia tuvo como compañero de clase a un niño inestable con el que quizá vivió su primera experiencia homosexual, Adolf Hitler. Pese a ser hijos del rey del acero vienés tres de sus hermanos se suicidaron. Cuando viajó a Manchester para formarse como ingeniero de motores descubrió la filosofía. Ya elevado al Olimpo de los genios renunció su fortuna y emprendió una vida nómada, rozando la locura. Le veremos ejerciendo de jardinero en un convento, de camillero en un hospital y, sí, también de eminencia en el Trinity College. Devorado por el cáncer, poco antes de morir deja este epitafio: “Decidles que he tenido una vida maravillosa”.



Una pregunta inquietante: ¿quién de los dos Ludwig Wittgenstein suscribió aquel balance existencial y con qué sentido? Marca la frontera su obra cumbre, el ‘Tractatus logico-philosophicus’, del que celebramos su primer centenario. En esa piedra angular de la filosofía analítica el primer Wittgenstein se pregunta hasta qué punto las reglas del lenguaje ordenan la estructura de la realidad. Llega a una conclusión que, según cómo se lea, puede significar la refundación de la filosofía o su final. Si los límites de mi lenguaje son los de mi mundo, solo podemos compartir el silencio. De esa metafísica del silencio nace el segundo Wittgenstein, ahora consagrado a subvertir su propia teoría, rechazando el concepto mismo de lógica en beneficio de una concepción del lenguaje cifrada, ya no en lo que se dice, sino en lo que se vive.

¿Con cuál de los dos nos quedamos? Con el que nos invita a compartir su café. En 1940 escribe: “Decir la verdad no es más desagradable que decir una mentira; es como optar entre un café amargo o un café dulce. Y yo me inclino por la mentira”. El pensador más sincero del siglo formula un elogio de la mentira. O de la máscara. ¿Por qué razón? Consultemos su ‘Cultura y valor’: “Decir la verdad es deleitar a la sociedad con lo más atrayente que puede ofrecernos: el espectáculo de su propia abyección”.

Es lo que vemos todos los días al asomarnos a nuestras pantallas: un café amargo endulzado con las mentiras que hacen soportable la existencia. Naturalmente, hasta que todo estalle. ¿A qué denunciar nada si el mundo prefiere el dulce café de las apariencias a esa taza amarga donde se abrazan una ética y una estética?

O bien no sabemos y mentimos; o bien sabemos y… Un siglo después sigue vigente el axioma que concilia a los dos Wittgenstein: “De lo que no se puede hablar, es mejor callar”.

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