LOS IMPRESCINDIBLES - Álvaro Bermejo

“SEMANA DE PASIÓN”

Procesión de Jesús el Pobre en Madrid (Foto: Javier Velasco Oliaga).
Álvaro Bermejo | Miércoles 05 de abril de 2023

Cien años atrás los Sanfermines eran una fiesta local que no congregaba más de veinte mil personas. En 1959 Hemingway se quejaba de las cien mil que invadían Pamplona por esas fechas. Hoy superan el millón. Datos que documentan la explosión del turismo global. En los años de Hemingway movía a veinticinco millones de almas errantes alrededor del planeta. En 2019, mil quinientos millones. Eleve su mirada al cielo: sobre su cabeza y cada instante, medio millón de aeronautas low cost vuelan en busca del santo grial de un todo incluido en el Caribe, una escapada mística a la India, o un ápice de playa bajo la jungla de sombrillas de Benidorm.



En Semana Santa este fenómeno de enajenación generalizada al que llamamos turismo cobra un acento especial. Recuperemos la teoría junguiana del inconsciente colectivo. Viene a decir que en lo profundo de nuestra mente se agazapan claves ancestrales, en tiempos remotos codificadas en torno a lo sagrado, hoy traducidas en conductas desacralizadas.

Una sería la necesidad de castigarse por los pecados cometidos. Antaño fustigándose con cilicios, hoy, como bien dice el término, “machacándose” en un gimnasio para conseguir el “corpus in gloriam” de los bienaventurados. Ocurre otro tanto con las procesiones expiatorias que acompañan la Pascua. Hoy, tiempos de proletarización de la vida, se traducen en esas comitivas gemebundas que atestan autopistas, estaciones y aeropuertos. Las mismas que llegadas a sus calvarios vacacionales se ordenan en colas interminables a las puertas de un sinfín de desencantados lugares con encanto.

La horda vacacional repite todos los pasos canónicos de un Vía Crucis posmoderno. El expolio y la flagelación de Cristo a golpe de visa. La subida al Gólgota de un apartamento en colmena con la cruz a cuestas. Cinco días de lenta crucifixión con un frozen daiquiri en Magaluf. Y como coralario, el Inri del jet lag, aunque el paraíso prometido se ubique en un agroturismo riojano.

Antes de que Jean-Paul Loubes definiera el turismo como un arma de destrucción -y autodestrucción- masiva, el grupo R.E.M. grabó una balada paradigmática: “Es el fin del mundo como lo conocemos”.

¿Qué alternativa te queda? Jünger proponía una figura subversiva, la del emboscado que emprende una existencia clandestina. Cabe otra: desaparecer sin dejar de permanecer visible -yo soy un experto-. Una mística para happy fews. No se lo cuentes a nadie, hay que guardarse. La masa, esa bestia mutante, siempre está al acecho.

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