Dos monografías de Miguel Jaroslaw Flys:
La poesía existencial de Dámaso Alonso. Madrid, editorial Gredos, 1968. Biblioteca Románica Hispánica. II. Estudios y ensayos, 100.
Tres poemas de Dámaso Alonso. Comentario estilistico. Madrid, editorial Gredos, 1974. Biblioteca Universitaria Gredos, 20.
Francisco Javier Díez de Revenga: “Dámaso Alonso en Hijos de la ira: innovación y revolución”.
Material audiovisual.
Entrevista a Dámaso Alonso en el programa de TVE "A fondo". (Edición completa y restaurada):
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Fonoteca.
Entrevista a Dámaso Alonso.
https://www.cervantesvirtual.com/portales/rabal/entrevista_damaso_alonso/
Insomnio
Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según
/las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este
/nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los
/perros, o fluir blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como
/un perro enfurecido, fluyendo como la leche de la ubre
/caliente de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por
/qué se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta
/ciudad de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el
/mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día, las tristes
/azucenas letales de tus /noches?
Alonso, Dámaso: Hijos de la ira (Diario íntimo). Madrid, editorial Castalia, 1989, 2.ª edición. Colección Clásicos
Castalia, 152. Miguel J. Flys, editor literario. Dámaso Alonso recita su poema “Insomnio”.
Hijos de la ira se publica en 1944, una obra escrita en el año anterior a su edición, cuando Dámaso Alonso tenía 45 años de edad, poco tiempo después de terminada nuestra Guerra Civil, y en pleno apogeo de la Segunda Guerra Mundial, un contexto que marca profundamente el poemario. Y el en censo de Madrid de 1940, del que poseemos datos proporcionados por el Ayuntamiento, el Instituto Nacional de Estadística y el Archivo de la villa, la ciudad cuenta aproximadamente con 1.322.835 habitantes -de derecho-, a los que el poeta, en el primer versículo, llama cadáveres (“Madrid es es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)”. Tristeza y pesimismo se aúnan, pues, en este duro poema, cuyo contenido viene determinado por las sangrientas circunstancias bélicas en que se inscribe. Es la agónica expresión de una sensación de angustia de quien siente su soledad, aislado de los demás, en una ciudad que va creciendo sin límites -y de ahí el frío dato estadístico del número de habitantes de Madrid-.
La noche cae sobre Madrid, una noche real en la que el poeta permanece insomne, pero también metafórica, porque se va a prolongar más allá del amanecer; una noche en la que pasa “largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros” (versículo 3), y en la que también él pasa esas “largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido” (versículo 4); una noche iluminada por “la luz de la luna”, metaforizada en “una gran vaca amarilla” (versículos 3-4, en perfecta coherencia semántica). Y el alma del poeta se va pudriendo lentamente, y recurre a Dios interpelándole con preguntas llenas de dramatismo, en busca de respuestas que le aclaren por qué ha abandonado a la humanidad (versículo 5), desolada por las guerras: “por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid” (versículo 6, en referencia al Madrid de la posguerra), y “por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo” (versículo 7, en referencia a la Europa de la Segunda Guerra Mundial); unas preguntas que traducen la sensación de rabia e impotencia que abaten al poeta. El clímax poético va en aumento hasta alcanzar los dos versículos finales (8 y 9), donde el desconcierto del poeta es absoluto y sus preguntas, ante el silencio de Dios, no pueden ser más patéticas: “Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podedumbre? / ¿Temes que se te sequen los grandes rosdales del día, las tristes azucenas letales de tus noches?”. ¿Acaso la descomposición orgánica del ser humano es el mejor abono para el huerto de la divinidad? ¿Se evitaría con ello que se secaran en dicho huerto los rosales durante el día y las azucenas por las noches? Desde luego, la construcción “tristes azucenas letales” (versículo 9) encierran una total desolación que es, precisamente, la que se ha instalado en el ánimo del poeta, la que amarga su alma ante un Dios ausente. Y Alonso ha encontrado en la solemnidad del versículo la mejor forma de dar rienda suelta a su angustia existencial. (Y parece como si Alonso estuviera abriendo la puerta al futuro libro de Blas de Otero “Ángel fieramente humano”).
De profundis
Si vais por la carrera del arrabal, apartaos, no os
/inficione mi pestilencia.
El dedo de mi Dios me ha señalado: odre de putrefacción
/quiso que fuera este mi cuerpo,
y una ramera de solicitaciones mi alma,
no una ramera fastuosa de las que hacen languidecer
/de amor al príncipe,
sobre el cabezo del valle, en el palacete de verano, [5]
sino una loba del arrabal, acoceada por los trajinantes,
que ya ha olvidado las palabras de amor,
y sólo puede pedir unas monedas de cobre en la cantonada.
Yo soy la piltrafa que el tablajero arroja al perro
/del mendigo,
y el perro del mendigo arroja al muladar. [10]
Pero desde la mina de las maldades, desde el pozo
/de la miseria,
mi corazón se ha levantado hasta mi Dios,
y le ha dicho: Oh Señor, tú que has hecho también
/la podredumbre,
mírame,
yo soy el orujo exprimido en el año de la mala [15]
/cosecha,
yo soy el excremento del can sarnoso,
el zapato sin suela en el carnero del camposanto,
yo soy el montoncito de estiércol a medio hacer, que
/nadie compra,
y donde casi ni escarban las gallinas.
Pero te amo, [20]
pero te amo frenéticamente.
¡Déjame, déjame fermentar en tu amor,
deja que me pudra hasta la entraña,
que se me aniquilen hasta las últimas briznas
/de mi ser,
para que un día sea mantillo de tus huertos! [25]
Apoyo léxico.
Verso 1. Inficione. Contagie, corrompa. Verso 5. Cabezo. Pequeña elevación en el terreno. Verso 8. Cantonada. Esquina. Verso 9. Tablajero. Carnicero. Verso 17. Carnero del camposanto. Osario; lugar del cementerio donde se entierran los huesos sacados de las sepulturas temporales. Verso 25. Mantillo. Abono que resulta de la descomposición del estiércol.
En este poema -como en todos los que integran Hijos de la ira-, Dámaso Alonso hace uso del versículo como medio para crear un nuevo concepto del ritmo, ajeno a la reiteración de elementos fónicos, ya sea en el cómputo silábico, en la distribución de los acentos y en las rimas. Como puede comprobarse, la medida y las pausas son variables, los acentos no se distribuyen con regularidad y el ritmo se logra con la reiteración de palabras y de estructuras sintácticas, así como con diferentes tipos de “paralelismos semánticos”.
Los extensos versículos adquieren ese tono de Salmo que justifica el título (“De profundis” es el comienzo de uno de los Salmos penitenciales atribuidos a David: “Desde lo más profundo grito hacia ti, Yahvéh”). Dámaso Alonso presenta ante Dios sus flaquezas, en un lenguaje de extremada dureza; y, en los versículos finales (20-25) le dirige una amorosa y angustiada súplica, que se erige en una manifestación de fe y de amor hacia ese Dios ante el que ha lanzado graves autoimproperios. Muy distinto este final, pues, al del poema “Insomnio”.
La injusticia
¿De qué sima te yergues, sombra negra?
¿Qué buscas?
Los oteros,
como lagartos verdes, se asoman a los valles
que se hunden entre nieblas en la infancia del mundo.
Y sestean, abiertos, los rebaños, [5]
mientras la luz palpita, siempre recién creada,
mientras se comba el tiempo, rubio mastín que duerme
/a las puertas de Dios.
Pero tú vienes, mancha lóbrega,
reina de las cavernas, galopante en el cierzo, tras tus corvas
/pupilas, proyectadas
como dos meteoros crecientes de lo oscuro, [10]
cabalgando en las rojas melenas del ocaso,
flagelando las cumbres
con cabellos de sierpes, látigos de granizo.
Llegas,
oquedad devorante de siglos y de mundos, [15]
como una inmensa tumba,
empujada por furias que ahincan sus testuces,
duros chivos erectos, sin oídos, sin ojos,
que la terneza ignoran.
Sí, del abismo llegas, [20]
hosco sol de negruras, llegas siempre,
onda turbia, sin fin, sin fin manante,
contraria del amor, cuando él nacida
en el día primero.
Tú empañas con tu mano [25]
de húmeda noche los cristales tibios
donde al azul se asoma la niñez transparente, cuando apenas
era tierna la dicha, se estrenaba la luz,
y pones en la nítida mirada
la primer llama verde [30]
de los turbios pantanos.
Tú amontonas el odio en la charca inverniza
del corazón del vejo,
y azuzas el espanto
de su triste jauría abandonada [35]
que ladra furibunda en el hondón del bosque.
Y van los hombres, desgajados pinos,
del oquedal en llamas, por la barranca abajo,
rebotando en las quiebras,
como teas de sombra, ya lívidas, ya ocres, [40]
como blasfemias que al infierno caen.
... Hoy llegas hasta mí.
He sentido la espina de tus podridos cardos,
el vaho de ponzoña de tu lengua
y el jirón de tus alas que arremolina el aire.
El alma era un aullido [45]
y mi carne mortal se helaba hasta los tuétanos.
Hiere, hiere, sembradora del odio:
no ha de saltar el odio, como llama de azufre,
/de mi herida.
Heme aquí: [50]
soy hombre, como un dios,
soy hombre, dulce niebla, centro cálido,
pasajero bullir de un metal misterioso que irradia la ternura.
Podrás herir la carne
y aun retorcer el alma como un lienzo: [55]
no apagarás la brasa del gran amor que fulge
dentro del corazón, bestia maldita.
Podrás herir la carne.
No morderás mi corazón,
madre del odio. [60]
Nunca en mi corazón,
reina del mundo. [18]
El poema “La injusticia” no está incluido en la primera edición de la obra, de 1944; y tiene su origen -según propia confesión del poeta- en alguna noticia pública de carácter nacional que sacudió hondamente su sensibilidad. Describe Alonso en el primer agrupamiento estrófico un mundo paradisíaco, en un estado anterior al advenimiento de la injusticia; y para ello toma como referencia el paisaje de la localidad cántabra de Cabezón de la Sal, de donde es oriunda su mujer (la metáfora “lagartos verdes” -del versículo 4- es una clara alusión a las colinas en las que se sitúa dicha población). Y recurriendo nuevamente a la metáfora, Alonso vivifica el tiempo, convertido en un “rubio mastín” que garantiza la beatífica creación divina. Pero a partir del versículo 7, y hasta el 24 -agrupamientos estróficos 2, 3 y 4-, la injusticia se hace omnipresente, y ya no hay cabida en el mundo ni para la ternura ni para el amor; una injusticia que incluso corrompe moralmente la inocencia infantil -quinto agrupamiento estrófico (“y pones en la nítida mirada / la primer llama verde de los turbios pantanos”; versículos 29-31)-, y que extiende su maldad hasta la vejez -sexto y séptimo agrupamientos estróficos, versículos 32-36 y 37-41, respectivamente)-. A partir del versículo 42, y hasta el 63 -agrupamientos estróficos octavo a undécimo-, el poeta no ceja ante la injusticia -“bestia maldita” (versículo 58) dotada de un portentoso poder agresivo-, y ante la que se presenta como hombre “dulce”, “cálido”, y “misterioso”, capaz de irradiar ternura (versículos 52-53). Y el poema se cierra con una fuerte dosis de optimismo expresada en breves versículos, en fuerte contraste con la amplitud de la mayor parte de los anteriores, que le han servido al poeta para describir los demoledores efectos de la injusticia: esa “madre del odio” y “reina del mundo” nunca podrá anidar en su humano corazón (versículos 59-63).
La obsesión
Tú. Siempre tú.
Ahí estás,
moscardón verde,
hocicándome testarudo,
batiendo con zumbido interminable [5]
tus obstinadas alas, tus poderosas alas velludas,
arrinconando esta conciencia, este trozo de
/conciencia empavorecida,
izándola a empellones tenaces
sobre las crestas últimas, ávidas ya de abismo.
Alguna vez te alejas, [10]
y el alma, súbita, como oprimido muelle que una mano
/en el juego un instante relaja,
salta y se aferra al gozo, a la esperanza trémula,
a luz de Dios, a campo del estío,
a estos amores próximos que, mudos, en torno de mi
/angustia, me interrogan
con grandes ojos ignorantes. [15]
Pero ya estás ahí, de nuevo,
sordo picón, ariete de la pena,
agrio berbiquí mío, carcoma de mi raíz de hombre.
¿Qué piedras, qué murallas
quieres batir en mí, [20]
oh torpe catapulta?
Sí, ahí estás,
peludo abejarrón.
Azorado en el aire,
sacudes como dudosos diedros de penumbra, [25]
alas de pardo luto,
oscilantes, urgentes, implacables al cerco.
Rebotado de ti, por el zigzag
de la avidez te enviscas
en tu presa, [30]
hocicándome, entrechocándome siempre.
No me sirven mis manos ni mis pies,
que afincaban la tierra, que arredraban el aire,
no me sirven mis ojos, que aprisionaron la
/hermosura,
no me sirven mis pensamientos, que coronaron [35]
/mundos a la caza de Dios.
Heme aquí, hoy, inválido ante ti,
ante ti,
infame criatura, en tiniebla nacida,
pequeña lanzadera
que tejes ese ondulante paño de la angustia, [40]
que me ahoga
y ya me va a extinguir como se apaga el eco
de un ser con vida en una tumba negra.
Duro, hiriente, me golpeas una y otra vez,
extremo diamantino [45]
de vengador venablo, de poderosa lanza.
¿Quién te arroja o te blande?
¿Qué inmensa voluntad de sombra así se obstina
contra un solo y pequeño (¡y tierno!) punto vivo
/de los espacios cósmicos?
No, ya no más, no más, acaba, acaba, [50]
atizonador de mi delirio,
hurgón de esto que queda de mi rescoldo humano,
menea, menea bien los últimos encendidos carbones,
y salten las altas llamas purísimas, las altas llamas
/cantoras,
proclamando a los cielos [55]
la gloria, la victoria final
de una razón humana que se extingue.
“La obsesión” es poema posterior a la primera edición de la obra. La naturaleza de la obsesión no se explica, pero podemos conjeturar que se basa en la angustia existencial (v. 35). Elías L. Rivers encuentra cierta influencia del poeta jesuita inglés, Gerard Manley Hopkíns (1844-1898), cuyos poemas fueron traducidos por Dámaso Alonso. (Dámaso Alonso: “Seis poemas de Hopkins”, en Poetas españoles contemporáneos. Madrid, editorial Gredos, 1988, 3.ª edición. Biblioteca Románica Hispánica. II. Estudios y ensayos, 6). La larga serie de metáforas, de tipo variado, subraya la fuerza persistente y destructora de la angustia obsesiva: moscardón, picón (sentido literal: que pica), abejarrón (insecto que zumba y pica), carcoma (insecto que roe produciendo orificios en la madera), ariete, catapulta, venablo, lanza (instrumentos de guerra antiguos), berbiquí (taladro), atizonador, hurgón (utensilios usados para avivar la lumbre). Precisamente del moscardón se dice, en audaz metáfora que sus alas forman ángulos diedros (versículo 25: sacude “con dudosos diedros de penumbra”); y en los versículos 39-43, el moscardón es “pequeña lanzadera” que incesantemente teje el paño de la angustia amenazando con la muerte por asfixia. Y en lo versículos que cierran el poema (55-57) el poeta alcanza la liberación final.