Un canto al amor homosexual. Desde que el poeta ha regresado de Nueva York, su homosexualidad abiertamente asumida se hace más explícita en sus poemas, y los Sonetos del amor oscuro son buen ejemplo de ello. Como señala Walter A. Dobrian (cf. “García Lorca: los Sonetos del amor oscuro como expresión culminante de su vida angustiada”. Hispania, volumen 88, núm. 3, 2005), en acertado resumen temático, “García Lorca enfoca algunas de sus preocupaciones síquicas más acuciantes y reveladoras. Dirigidos como cartas a su joven amante Rafael Rodríguez Rapún, estos sonetos revelan:
[1] el suplicio que le causa al poeta la ausencia prolongada de su pareja sentimental;
[2] el deseo de renovar sus amores con él cuanto antes;
[3] el temor de la muerte prematura y aniquiladora;
[4] el complejo de inferioridad que siente el poeta en su trato con el guapo y mucho más joven amante;
[5] el efecto que produce en las relaciones de los dos amantes el acoso de una sociedad intolerante del homoerotismo”.
La capacidad “desrealizadora” que pueden tener las imágenes de tipo erótico esparcidas por los sonetos se ve superada por un lenguaje cargado de referencias sexuales expresas con el que García Lorca deja aflorar su sexualidad sin límites; unos sonetos -como ha señalado Daniel Eisenberg- “perfectos, limpios, terriblemente encendidos por el amor, magistrales en su clasicismo y en su finura”.
Y de los once sonetos de que se compone la colección, reproducimos y comentamos el que lleva por título “El poeta pide a su amor que le escriba”.
El poeta pide a su amor que le escriba
Amor de mis entrañas, viva muerte,
en vano espero tu palabra escrita
y pienso, con la flor que se marchita,
que si vivo sin mí quiero perderte.
El aire es inmortal, la piedra inerte
ni conoce la sombra ni la evita.
Corazón interior no necesita
la miel helada que la luna vierte.
Pero yo te sufrí, rasgué mis venas,
tigre y paloma, sobre tu cintura
en duelo de mordiscos y azucenas.
Llena, pues, de palabras mi locura
o déjame vivir en mi serena noche
del alma para siempre oscura.
Versiones musicales.
Amancio Prada:
Miguel Poveda:
Efectuemos ahora una “lectura argumental” estrofa por estrofa del soneto. Ya desde el primer verso, y con un marcado tono apelativo, puede observarse la “visceralidad” con la que se manifiesta el sentimiento amoroso: “amor de mis entrañas” es el vocativo con que el poeta se dirige a su amante; pero no un amor cualquiera, sino el que nace de lo más profundo e íntimo de su ser (y de ahí que el nombre “amor” vaya acompañado del complemento nominal “de mis entrañas”, con un determinante posesivo de primera persona -“mi”- que señala inequívocamente al “yo poético”). El segundo vocativo, también en el primer verso, aumenta la pulsión emocional, y está montado sobre un oxímoron de ascendencia mística: “viva muerte”, una paradójica antítesis (que trae a la mente la célebre copla “Vivo sin vivir en mí…”, glosada por santa Teresa de Jesús y por san Juan de la Cruz) que enfatiza la angustia de un sentimiento amoroso que podría no ser correspondido; porque en el verso segundo el poema afirma que “en vano espero tu palabra escrita”, en alusión a una carta que no acaba de llegar (la locución adverbial “en vano” significa “inútilmente”, pero también “sin razón”). Así pues, en los dos primeros versos ya existe una oposición entre el “yo poético” (“mis entrañas”) y el “tú receptor del mensaje (“tu palabra escrita”). Y ante la posibilidad de que el sentimiento amoroso haya truncado su lozanía -es decir, esté ajado- se compara este, en un símil de alta eficacia expresiva, con la flor que se marchita, lo que también implica la pérdida de la juventud, dentro de la más pura tradición clásica del carpe diem (verso 3: “y pienso, con la flor que se marchita”) -la fragilidad de la flor muestra, metafóricamente, la situación de desesperación en la que se encuentra el poeta, próximo a la la muerte ante una inútil espera-. Esa es la creencia del poeta ante el “silencio epistolar” del amante; y de ahí el empleo de un verbo de entendimiento en primera persona del singular del presente de indicativo: “pienso”. En el verso cuarto -y en la línea del amor cortés-, el poeta confiesa que vive solo a través del ser amado, y que se encuentra fuera de sí mismo, en absoluta soledad, cuando no comparte su compañía: “que si vivo sin mí quiero perderte”. En definitiva, el poeta prefiere su propia aniquilación (“vivir sin mí”) al sufrimiento de una espera que se hace insoportable (“quiero perderte”); o, dicho de otra manera, preferiría perderse a sí mismo si vive sin su amado, pues solo la existencia de este justifica la suya. [2]
En el segundo cuarteto, el poeta presenta seres inanimados que, al estar desprovistos de humanidad, son ajenos al sufrimiento que genera la frustración amorosa (“el aire inmortal” -verso 5-, “la piedra inerte”, incapaz de reconocer su propia sombra -verso 6-. Y no podía faltar la luna, como símbolo lorquiano de muerte: la dulzura del amor ha quedado congelada por la ausencia de sentimientos, propia de los seres inanimados, carentes de corazón e inmersos, por tanto, en la frialdad anímica (versos 7-8: “Corazón interior no necesita / la miel helada que la luna vierte”; repárese en la compleja sinestesia, próxima al oxímoron, “miel helada”, paran aludir al reflejo de la luna); seres inanimados que “ni sienten ni padecen”, en alusión a su insensibilidad, situación esta totalmente contraria a la que embarga al poeta, abrumado por la incomunicación con la persona amada que le crea un estado de ansiedad que le hace sufrir. [3]
Así pues, frente a al “aire” y a la “piedra” que no sienten, Lorca sí lo hace, y su sufrimiento cuaja en el primer terceto, lleno de reminiscencias sexuales pasadas (“sufrí”, “rasgué” -verso 9-). La relación antitética entre “tigre/mordiscos” [4] y “paloma/azucenas” [5] es evidente y adquiere connotaciones eróticas: el tigre, con su ferocidad, inflige mordeduras en el cuerpo del amante (verso 10: “sobre tu cintura”, metonimia de la parte por el todo”), mientras que la paloma, convertida aquí en mensajera del amor -a fin de cuentas es el símbolo de la diosa Venus-, sugiere la suavidad de las caricias que la blancura de las azucenas aporta. Son dolor y placer “en duelo” (verso 11: enfrentados de forma real), lo que indica el apasionamiento de la vivencia sexual exacerbada que el poeta evoca -suma de amor y odio-, y cuya fuerza dramática se recoge en el verso 9: “rasgué mis venas” (si consideramos esta expresión como una locución verbal similar a “rasgarse las vestiduras”, la manifestación de dolor se hace más evidente, sobre todo al tener en cuenta que “rasgarse las venas” es una forma de suicidio).
El último terceto tiene una clara intención apelativa, que los presentes de imperativo con que el poeta se dirige a su amante, planteados como tajante alternativa, explicitan: “llena […] o déjame”. La enajenación mental del poeta ha llegado a tales límites que para pedirle a su amante que le escriba, rompiendo así un silencio que podría interpretarse como cese de la relación sentimental, lo expresa con gran intensidad metafórica: “Llena de palabras mi locura” (verso 12, primera parte de la disyuntiva, que implícitamente pone en duda si lo que siente por su amado es correspondido en igual forma, vista la incomunicación entre ambos, de la que el poeta no es responsable); porque, en caso contrario, solo queda la ruptura de relaciones (versos 13-14 que cierran el soneto con la otra parte de la disyuntiva llena de incertidumbre: “o déjame vivir…”). Y ahora no hay la menor duda de que entre el poeta granadino y el místico soriano se produce un rico fenómenos de intertextualidad, ya que García Lorca escribe: “en mi serena / noche del alma para siempre oscura”, en clara referencia al poema de san Juan de la Cruz “Noche oscura del alma”. Y, de esta forma, mediante un desplazamiento calificativo, se contraponen los conceptos de “locura” y “serenidad” (la oscuridad debería referirse, al menos teóricamente, a la noche, no al alma). Pero el sentido de “noche oscura” no es el mismo en san Juan de la Cruz que en García Lorca: en aquel, la noche es “amable más que el alborada”, porque logra juntar “Amado con amada”, porque hace posible “amada en el Amado transformada” (lira 5 del citado poema; es decir, en esa noche tiene lugar la unión mística del alma con Dios); y tras la consumación amorosa sobreviene la más absoluta serenidad espiritual, “dejando mi cuidado / entre las azucenas olvidado” (versos finales del aludido poema). En cambio, en García Lorca, la alternativa que plantea supone que, si no logra que su amante rompa la incomunicación epistolar, en tal caso preferirá vivir en su “serena / noche del alma para siempre oscura”. Tal vez en las alusiones místicas esté la clave para entender que García Lorca pueda encontrar en ellas cierto estado de serenidad ante su desconsuelo por la posible situación de desamor en la que cree que se halla. El alma del poeta permanecerá, así, en una sempiterna oscuridad provocada por la frustración amorosa. (Este salto de lo divino a lo profano envuelve el soneto en una atmósfera que “espiritualiza” la sensualidad que asoma en el primer terceto y, en cierto modo, salvaguarda el amor homosexual (si interpretamos “alma oscura” como una referencia a la homosexualidad), ajeno a interpretaciones torcidas (lo cual ya quedaba expresado con toda claridad, por ejemplo, en la “Oda a Walt Whitman”, poema incluido en Poeta en Nueva York, escrito algunos años antes que este soneto). [6]
NOTAS.
[1] Coleto Camacho, Ana: “José Alameda y un soneto de Federico García Lorca”. Nueva Revista de Filología Hispánica (NRFH). [Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios del Colegio de México], LXVII, 2019, núm 1, págs. 213-218.
https://nrfh.colmex.mx/index.php/nrfh/article/view/3471/pdf
En la transmisión de este texto han llegado a figurar hasta cuatro títulos diferentes: “El poeta pide a su amor que le escriba”; “El poeta exige a su amor que le escriba”; “Soneto de la carta” -que es el título que lleva en las cuartillas dobles, de papel de hilo para cartas, con membrete del Hotel Victoria de Valencia-, y “El poeta se queja de que su amor no le escriba”. En su artículo, Ana Coleto aporta datos que documentan la procedencia del apógrafo que ha servido de texto base para editar el poema dentro de la serie Sonetos del amor oscuro.
[2] Nos parece adecuado traer aquí a colación el poema de Luis Cernuda, escrito en 1931, e incluido en su libro Los placeres prohibidos, que comienza con el versículo “Si el hombre pudiera decir lo que ama,…”, porque contiene ciertas similitudes con lo expresado por García Lorca. Estos son sus tres últimos versículos: “Tú justificas mi existencia: / si no te conozco, no he vivido; / si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido”.
Poema completo:
https://www.poetasandaluces.com/poema/1619/
[3] Son muchos los poetas que han asociado la capacidad de amar con la de sentir, e identificado humanidad con sentimiento. Basta con citar dos conocidísimos textos. El primero es de Antonio Machado, y pertenece al poema “Yo voy soñando caminos…”, incluido en el libro de 1907 Soledades, galerías y otros poemas: "En el corazón tenía / la espina de una pasión; / logré arrancármela un día: / ya no siento el corazón".
Poema completo:
https://www.poetasandaluces.com/poema/214/
El segundo de los textos es el arranque de un poema de Rubén Darío, titulado “Lo fatal”, que forma parte de Cantos de Vida y esperanza (1905): “Dichoso el árbol que es apenas sensitivo, / y más la piedra dura, porque ésa ya no siente, / pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, / ni mayor pesadumbre que la vida consciente”.
Poema completo:
https://www.rae.es/sites/default/files/Lo_fatal_Ruben_Dario.pdf
[4] A principios de 1936, Miguel Hernández publica (en Espasa-Calpe) El rayo que no cesa, una obra en la que el amor -en buena parte las vivencias con su amante, la pintora Maruja Mallo (pasión erótica, decepción, desengaño; en definitiva, crisis sentimental)- se presenta fundamentalmente como causa de sufrimiento para el poeta. En uno de sus sonetos (el que se inicia con este verso: “Umbrío por la pena, casi bruno”) Hernández incluye el siguiente terceto (versos 9-11): “Cardos, penas, cardos, llevo por corona. / Cardos, penas, me azuzan sus leopardos, / y no me dejan bueno hueso alguno”. La agresividad del cardo -cuyas espinas producen dolor- y del leopardo -felino carnicero muy feroz- explican metáforas tan audaces y hacen más patético el verso 11: la pena está devorando al poeta hasta el extremo de consumirle los huesos. En García Lorca es un “tigre” (y Rafael Rodríguez Rapún su amante); en Hernández es un “leopardo” (y Maruja Mallo su amante). Y, en ambos casos, el amor es sufrimiento; y por eso es vida: “viva muerte” (verso 1 del soneto de García Lorca).
[5] En la lira octava y última del poema “Noche oscura del alma”, escribe san Juan de la Cruz: “Quedéme y olvidéme, / el rostro recliné sobre el Amado, / cesó todo y dejéme, / dejando mi cuidado / entre las azucenas olvidado”. Salvadas todas las distancias entre el amor divino -la unión del alma con Dios- y el amor humano -entre amantes en los que se satisface el deseo sexual-, las “azucenas”, tanto en el poema del místico como en el de García Lorca, son cómplices del amor y aportan una sensación de paz y belleza.
[6] La presencia sanjuanista en «El poeta pide a su amor que le escriba» -escribe Iria Irima Núñez- es innegable, haciéndose oír desde el primer verso hasta el último. Sobre la conocida antítesis de origen cortesano que reelabora San Juan en sus Coplas para hablar del desasosiego que le produce la búsqueda del amor divino («Vivo sin vivir en mí / y de tal manera espero, / que muero porque no muero») modela García Lorca el primer cuarteto del soneto para hablar de su amor humano: “Amor de mis entrañas, viva muerte, / en vano espero tu palabra escrita / y pienso, con la flor que se marchita, / que si vivo sin mí quiero perderte.” El amor que siente el poeta es uno que hace morir en vida pero que a la vez justifica la propia existencia, que habita en lo más céntrico del ser y forma parte de él, que es más ser en el yo que el yo en sí mismo. El primer terceto construye una atmósfera profundamente erótica y sexual que conjuga delicadeza y violencia, y que a su vez parece replicar la escena de un martirio: “Pero yo te sufrí, rasgué mis venas, / tigre y paloma, sobre tu cintura / en duelo de mordiscos y azucenas”. Estos versos recuerdan un estado de unión corporal absoluta, de fusión total de los enamorados, un momento en el que «cesó todo, y dejéme, / dejando mi cuidado / entre las azucenas olvidado», como dice San Juan en otro de sus poemas mayores, la Noche oscura, que vuelve a traslucir en los versos que cierran el soneto: «Llena, pues, de palabras mi locura / o déjame vivir en mi serena / noche del alma para siempre oscura». Sin embargo aquí la noche no es divina y dichosa, no simboliza el alma purgada y desposeída de pasiones y pecados, lista para elevarse hacia el amado, sino un alma sumida en las tinieblas de la soledad, que despojada de aquello que más anhela, la palabra de su amor, clavo en sus entrañas, luz de su vida, queda inmersa en una noche serena de muerte.
Cf. Núñez, Iris Irimia: “Noche del alma para siempre oscura: Lorca y San Juan de la Cruz en los Sonetos del amor oscuro”. Biblioteca de Babel: Revista de Filología Hispánica, Vol. 0 (2019), pp. 36-41. (El texto reproducido se encuentra en la páginas 38-39; y pese a su extensión como cita, merece la pena tenerlo en cuenta).
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