El poema “Consiento” está incluido en la primera obra poética de Valente: A modo de esperanza, publicada por Rialp en 1955, y con la que obtuvo el Premio Adonáis en 1954; un poema en el que ya se perciben algunas características de un estilo muy personal: la tendencia a la reflexión, la eliminación de la retórica innecesaria, el valor esencial de la palabra más allá de su tratamiento puramente estético -y de ahí la ausencia de complejidades metafóricas y el empleo de un léxico de enorme precisión designativa-… 14 versos heterométricos y sin rima conforman un poema dividido en tres agrupamientos estróficos que lo estructuran conceptualmente: versos 1-4, 5-10 y 11-14. Y a partir del verso 1, que es un endecasílabo sáfico puro pleno (“Débo morír. Y sin embárgo, náda”), el número de sílabas de los versos va disminuyendo hasta llegar al verso bisílabo (el 6: “pasa”). Hay cinco versos heptasílabos (3, 4, 11, 12 y 14), un verso hexasílabo (el 2), dos versos pentasílabos (5 y 9), 2 versos tetrasílabos (7 y 13) y dos versos trisílabos (8 y 10). La repetición del pronombre indefinido “nada” al final de los versos 1 y 2, así como el vocalismo de las formas verbales al final de los versos 6 (“pasa”) y 8 (“apaga”) no parece que busque provocar unos efectos de timbre que introduzcan la necesidad de rimas, ya consonante, ya asonante. Tiene, por otra parte, el poema un gran dinamismo, al que contribuyen las categorías gramaticales empleadas; repárese, por ejemplo, en la escasa adjetivación: tan solo el adjetivo “suficiente” (‘bastante para lo que se necesita’) en el verso 3, y “capaz” (‘que puede realizar la acción que se expresa’) en el verso 14.
De entrada, hay que tener presente que la “fe” de la que el poeta habla en este poema no conlleva un sentido religioso, sino que tiene más bien que ver con el conjunto de creencias que conforman un ideario personal. (Cuando el poeta abandone la tendencia del realismo social en la que se inscribe su poesía inicial, ya se percibirá en sus obras un “misticismo laico” en el que la poesía se convertirá en el instrumento para alcanzar una vivencia inefable de lo absoluto).
Afirma el poeta, ya en su primer verso: “Debo morir”; y concluye su poema con una categórica afirmación:; “Sólo yo […] soy capaz de morir”. Y lo que hace Valente a lo largo del poema es contraponer la idea de que “nada / tiene fe suficiente / para poder morir” con su postura personal fundamentada en la creencia derivada de su propia experiencia de la realidad sensible; y por eso puede decir: “he creído, / soy capaz de morir”.
Y para articular su poema -que es mucho más profundo que un simple juego de palabras-, Valente acude a tres nombres que designan realidades en modo alguno abstractas, aunque efímeras: el día (que termina en el ocaso), la rosa (que se deshoja con prontitud) y el sol (cuya ausencia implica la entrada de la noche). ¿Puede afirmarse que “el día, la rosa y el sol” mueren? Simple cuestión de semántica: “el día / pasa”, y tras el ocaso vuelve la alborada que anuncia un nuevo día; la “rosa / se apaga”, y va perdiendo su color conforme se pone mustia; y “resbala / el sol”, entendiendo por “resbalar”, desplazarse, un movimiento aparente, porque es la Tierra, en su movimiento de traslación, la que gira alrededor del Sol. Por tanto, y entendido así el significado de los verbos empleados, ni el día, ni la rosa, ni el sol “mueren”. Y esta sería la forma en que el poeta basa su “creencia” de que “nada / tiene fe suficiente / para poder morir”. No así el poeta, que ha experimentado (literalmente: “he tocado” -los he conocido por experiencia-) “el día, la rosa y el sol”, y puesto que “he creído / soy capaz de morir”.
Y podemos centrarnos ahora en la parquedad de recursos literarios empleados por el poeta, aunque hábilmente manejados. En primer lugar, la reiteración de la idea de morir, expresada por el verbo, ya en infinitivo (versos 1, 4, 14), ya conjugado en tercera persona del singular del presente de indicativo (versos 2, 5 y 10; precisamente, esta forma verbal, con el adverbio de negación “no” antepuesto, enmarca el segundo agrupamiento estrófico, encabezándolo y cerrándolo; y en el verso 2 va precedido -en el verso 1- del pronombre indefinido ”nada”).
Observamos, también, que los elementos nominales diseminados en el segundo agrupamiento estrófico (versos 5: “día”; 7: “rosa”; 9: ”sol”) se recogen, aunque en sentido inverso, en el verso 12; y este es, por tanto, el esquema constructivo (una correlación diseminativa-recolectiva, montada sobre un retruécano o conmutación, ya que se invierten los términos):
día (A1), rosa (B1), sol (C1) [versos 5, 7 y 9]
sol (C2), rosa (B2), día (A2) [verso 12]
Hay en el poema una tendencia a colocar el sujeto a final de verso y el verbo al comienzo del verso siguiente: “nada / muere” (versos 1-2), “·nada / tiene” (versos 2-3), “el día / pasa” (versos 5-6), “ni una rosa / se apaga” (versos 7-8), “he tocado / el sol” (versos 11-12); pero este orden cambia en el verso 9, en el que se produce una inversión verbo-sujeto, y además esta construcción ocupa todo el verso: “resbala el sol”. Como este hipérbaton no está originado por una determinada rima, estamos ante una forma sintáctica destinada a mejorar la eufonía del poema. Algo similar ocurre en el verso 5: “no muere el día” (en lugar de “el día no muere”). En contadas ocasiones, esa grata eufonía viene originada por la cadencia sonora que introducen determinadas aliteraciones (como es el caso del verso 3: “ tiene fe suficiente”; un verso que es todo un hallazgo expresivo: reiteración del diptongo /ié/, reiteración del fonema vocálico de localización anterior y abertura media /e/, reiteración de los sonidos de las consonantes [t], [n] y [f]; y todo ello para enmarcar sonoramente el vocablo “fe”, que es el centro de atención del verso (y de poema).
Y nos parece también relevante el cambio de tiempo verbal en el tercer y último agrupamiento estrófico, que es donde aflora el “yo” del poeta: el paso de tercera a primera persona implica la sustitución del presente de indicativo por el pretérito perfecto, que sitúa la acción en un pasado perfectivo lo suficientemente próximo en el tiempo como para gravitar sobre el momento en el que el poeta se sitúa: “he tocado” (verso 11)… “y he creído” ( verso 13), estableciéndose así una relación de causalidad entre las acciones que ambos verbos significan (la conjunción copulativa “y”, en este caso, actúa de forma similar a “por lo tanto” o ”así que”).
José Ángel Valente do Casar nació en Orense, en 1929; y el mundo provinciano en que transcurrió su infancia y adolescencia quedará rememorado en forma peyorativa en alguna de sus obras. Ubicado en Madrid en 1947, obtuvo la licenciatura (con premio extraordinario) en Filología Hispánica en la Universidad Complutense, en 1954. Ese mismo año se presenta al Premio Adonáis, que obtiene con A modo de esperanza, obra que Rialp le publica en 1955. El resto de sus poemarios están escritos fuera de España. Entre 1955 y 1958 permaneció en Oxford, en cuya universidad trabajó, a la vez que completó su formación. Y desde allí pasó a Ginebra, en calidad de traductor de organizaciones internacionales y, con posterioridad, trabaja en París, en la sede de la UNESCO. En 1985 pone fin a su alejamiento de España -un exilio voluntario que su poesía refleja- y se instala en Almería, si bien continúa con su actividad docente como profesor visitante en diversas universidades extranjeras. En sus últimos años alterna su residencia suiza con la española. Murió precisamente en Ginebra -en donde lo trataban de una enfermedad pulmonar-, en julio del año 2000. Recordemos que Valente fue sometido a un consejo de guerra, en 1972, por la forma en que describe al ejército en uno de sus cuentos, “El uniforme del general”, publicado en 1971 en el libro El número trece (Las Palmas, Inventarios provisionales).
Entre sus obras poéticas más destacadas recogemos las siguientes, ordenadas cronológicamente:
Poemas a Lázaro. Madrid, Índice, 1960. (Premio de la Crítica 1961).
Sobre el lugar del canto. Barcelona, Seix Barral, 1963.
La memoria y los signos. Madrid, Revista de Occidente, 1966. Reeditado por Huerga y Fierro editores (2004).
Siete representaciones. Barcelona, El Bardo, 1967.
Breve son. Barcelona, El Bardo, 1968.
Interior con figuras. Barcelona, Ocnos-Barral, 1976.
Material memoria. Barcelona, La Gaya Ciencia, 1979.
Tres lecciones de tinieblas, Barcelona, La Gaya Ciencia, 1980. (Premio de la Crítica 1980).
Mandorla. Madrid, Cátedra, 1982.
El fulgor, Madrid, Cátedra, 1984.
Al dios del lugar. Barcelona, Tusquets, 1989.
No amanece el cantor. Barcelona, Tusquets, 1992. (Premio Nacional de Poesía 1993).
Obra poética: Punto cero, 1953-1976; Material memoria, 1977-1992. Madrid, Alianza, 1999.
Anatomía de la palabra. Valencia, Pre-Textos, 2000.
Fragmentos de un libro futuro, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2000. (Premio Nacional de Poesía 2001).
Y podemos recordar aquí un fragmento de la entrevista con Pedro Corral, «Valente, pescador de sombras. Al dios del lugar», ABC Literario, núm. 428 (8-4-1989), pp. VIII-IX: Valente deja clara su concepción de la poesía como medio de conocimiento, no tanto informativo o ideativo, cuanto del corazón, por lo que está más cercana a la verdad que otras artes.
La poesía siempre ha arrastrado su condición de ser medio de conocimiento y la descripción más antigua y más bella de lo que puede ser el conocimiento poético está en el Ion de Platón: la manía, la posesión del poeta por un dios, que hace que la poesía sea un arte totalmente distinto de todos los demás. Lo que Platón hace en el Ion es describir la liquidación de la razón, la destrucción del pensamiento discursivo, del intelecto. Machado repite en una ocasión: «El intelecto no canta». El pensamiento racional queda destruido en favor de una forma anómala de conocimiento generada por el estado de posesión. En ese estado el poeta accede a vías privilegiadas del conocer que no son racionales. Aristóteles ofrece también en su Poética una condición particular a la poesía: explica cómo se aproxima mucho más a la Verdad la poesía que la Historia, y justamente por esa relación privilegiada de la poesía como Verdad la poesía está más próxima de la filosofía. Porque en Platón y Aristóteles no se habla de superación de la filosofía por la poesía, ni llegan a confundirlas. También reaparece en el idealismo alemán este reconocimiento de que la poesía es portadora del conocer; esa posición se manifiesta igualmente en el pensamiento de Nietzsche o de Heidegger.
A la obra poética de Valente hay que añadir la ensayística, que ha girado en torno a sus preocupaciones literarias. La mayor parte de sus trabajos se han reunido en Las palabras y la tribu (Club Siglo XXI, 1971), Variaciones sobre el pájaro y la red (Tusquets, 1991) y La experiencia abisal (Círculo de lectores, 2004).
Bibliografía.
M.ª Ángeles Lacalle Ciordia: La poética de José Ángel Valente. Pamplona, Departamento de Educación y Cultura del Gobierno de Navarra.
Agencia literaria Carmen Balcells: José Ángel Valente.
https://www.agenciabalcells.com/pt/autores/obra/jose-angel-valente/a-modo-de-esperanza/
Del poeta José Ángel Valente nos ocupamos en un artículo, publicado en esta misma revista digital el 9 de septiembre de 2025, titulado “José Ángel Valente regresó a la poesía con La memoria y los signos tras más de tres décadas sin publicar”, y en el que comentamos el poema “Sé tú mi límite”. A dicho artículo se puede acceder en el siguiente enlace: