En el álbum familiar hay una foto suya avanzando por el puente de Santa Catalina al lado de mis padres. Sonriendo bajo un bigote canoso y un sombrero ajado de ala ancha que había conocido tiempos mejores.
Clemente Ameztoy era tío de mi padre y emigró a Buenos Aires en busca de fortuna. Por su aspecto no parecía navarro. Ni navarro, ni vasco, ni americano. O sea, una cosa rara. Al contemplarle vencido y derrotado, entiendes mejor lo de pertenecer a un clan y a una estirpe. Y fíjate que no he dicho nación. ·La milonga de la nación y la identidad siempre me ha tocado mucho los ovarios.
Más te digo. Vista la deriva catastrófica del concepto “identidad nacional” deberíamos volver a la idea arcaica de clan, familia y tribu. La identidad se cura viajando y sobre el término “nación” no hay consenso. Tienes todas las definiciones epistemológicas que quieras. Nación política, cívica, con Estado, sin Estado, con territorio o sin territorio. Y seguro que hay más. Quédate con esto: solo la tribu te salva el culo en momentos de necesidad. No es por fardar de familia bohemia y original, pero el tío americano, con todo lo friki que parecía, no era el más extravagante de la tribu. Los había más estrafalarios y más gafes. Él solo se había arruinado dos veces y no quiso intentar el pelotazo por tercera vez. Volvió a la tribu con una mano delante y otra detrás, pero dispuesto a currar de sol a sol. Así era la gente antes de la democracia: incombustible y aguerrida que se buscaba la vida honradamente sin esperar nada del Gobierno ¿Honradamente? ¿Qué es eso? No lo sabe ni la IA.