Natalia Jiménez, a la que está dedicado el poema, es la nieta de Alberto Jiménez Fraud, primer director de la Residencia de Estudiantes.
Poema de 8 versos, con dos versos eneasílabos que se repiten -el primeo y el último, con rima asonante /ó-a/-; y los seis restantes, pentasílabos; de ellos, los versos segundo, tercero, quinto y séptimo presentan la misma rima asonante (/á-a/), y los otros dos quedan sueltos (verso 4: /á-o/; verso 6: /í-o/). Así pues, la sextilla queda enmarcada por un estribillo que se repite.
De entrada, el yo poético recibe -quizá como regalo- una una caracola; y como no le interesa señalar quién se la ha proporcionado -porque no lo considera hecho relevante-, emplea una oración “impersonal eventual”, en la que la indeterminación del sujeto se manifiesta por medio de la construcción del verbo en tercera persona del plural: “Me han traído una caracola” (versos 1 y 8, que funcionan a modo de estribillo).
En realidad, el poeta no pretende -en la sextilla- definir lo que es una caracola, sino más bien evocar lo que esta le sugiere, y de ahí que recurra a un uso expresivo de la lengua en la que los valores connotativo de las palabras van más allá de los meramente conceptuales. Y dos son las primeras emociones expresadas: una, de tipo auditivo, que tiene su fundamento en el carácter marino de la concha y en la posibilidad de producir un sonido muy característico soplando por ella, y por eso todo el mar pintado en los mapas parece resonar en su interior: “Dentro le canta / un mar de mapa” (versos 2-3, montados sobre un hipérbaton: “Un mar de plata le canta dentro”). Y otra de carácter visual: la caracola evoca en el poeta el agua del mar, que anega su corazón, hasta el extremo de que son perceptibles las irisaciones que producen las escamas de pequeños peces que nadan en su entorno natural (versos 4-7: “Mi corazón / se llena de agua, / con pececillos /de sombra y plata”. Y de esta manera la atención ha pasado de la caracola como tal a las repercusiones emocionales que provocan en el poeta, lo que implica el cambio de sujeto gramatical: “Un mar de mapa / le canta dentro [a la caracola]” (versos 2-3), “Mi corazón / se llena de agua” (versos 4-5). Sea como fuere, el mar se asocia con la caracola, y el predominio de la vocal a, con su mayor perceptibilidad acústica, se desparrama por todo el poema gracias al “material fónico” de las palabras elegidas (“canta”, “mar”, “mapa”, “agua”, “plata”).
Versiones musicales.
Musicalizado por Vicente Monera.
Musicalizdo por Rubén Suárez Benítez.
Bibliografía.
Oelker, Dieter: “Comentario de un poema de García Lorca”. Acta literaria, núm. 28 (2003), págs. 123-137. Facultad de Humanidades y Arte. Departamento de Español. Universidad de Concepción. Concepción (Chile).
https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0717-68482003002800009
El poema es un romance en versos octosílabos, con rima asonante en los pares (/á-o/), asonancia que alcanza también al verso 1; por otra parte, los versos 7 y 11 presentan asonancia /ó-o/; y los versos restantes permanecen libres: /á-a/ (verso 3), /é/ tónica (verso 5), /é-e/ (verso 9), /ó/ tónica (verso 13) y /ó-a/ (verso 15). Estos 16 versos vienen agrupados en 8 dísticos.
Temáticamente, el poema se centra en el lamento (versos 1-2 y 15-16) de una pareja de lagartos que ha perdido inadvertidamente “su anillo de desposados” (verso); y hasta los seres de la naturaleza se conmueven con su llanto (versos 9-12). La ingenua anécdota despierta el interés -y la simpatía del lector- gracias al hábil empleo de determinados recursos gramaticales y estilísticos. De entrada, los lagartos están diferenciados en su sexo como pareja (versos 1-2, y 3: “El lagarto”/“la lagarta”), y han sufrido un proceso de personificación, por lo que tienen la posibilidad de “llorar” (versos 1-2 y 15-16), de “perder algo” (versos 5-8: un anillo), de “desposarse” (verso 6), e incluso de vestirse con “delantalitos blancos” (verso 4). Los diminutivos (delantalitos” -verso 4-, “anillito” -versos 7-8-) aportan afectividad al texto, a la que contribuye la vejez de los protagonistas (versos 13-14), así como la forma desconsolada de llorar (versos 15-16).
El poema contiene algunos elementos descriptivos que, en ocasiones, exploran sensaciones cromáticas: los “delantalitos” son “blancos” (verso 4), que es una manera metafórica de referirse a a las láminas que, a manera de escamas, cubren la piel de los lagartos, y que son blancas en el vientre; el “anillito” es “de plomo”/“plomado” (versos 7-8, en los que una misma característica se presenta con dos formas sintácticas diferentes que no rompen la construcción paralelística de ambos versos); el cielo aparece inmenso y solitario (verso 9: “Un cielo grande y sin gente”); el sol tiene forma redonda (expresada en el verso 11 mediante aposición explicativa: “capitán redondo”), y luce un “chaleco de raso” (verso 12, porque la atmósfera está desembarazada de nubes); finalmente, los lagartos son “viejos” (vocablo repetido en los versos 13 y 14, en los que se centra la máxima tensión emocional -la vida de un lagarto en libertad oscila entre los 20 y los 30 años.
La duración e intensificación de la acción de llorar por parte de la pareja de lagartos se logra, gramaticalmente, de dos maneras: por una parte, con la perífrasis durativa “estar+gerundio” en presente de indicativo (en los versos 1-2 y 16); y, por otra parte, por medio de la conjunción copulativa “y” precedida y seguida por una misma palabra, lo que denota idea de repetición indefinida: “¡Ay, cómo lloran y lloran!” (verso 15).
En los versos 9-12, los seres de la naturaleza se conduelen ante el drama que viven la pareja de lagartos: los pájaros se pierden por un cielo tan inmenso como desolado (versos 9-10), mientras el sol atenúa su luminosidad (verso 12: “lleva un chaleco de raso”). Adviértase la “oscuridad” de las vocales (/ó-o/) que identifican el “cielo” con un “globo” y el “sol” con un “capitán redondo”.
Pero es en los versos 13-16 en donde el clímax afectivo sube la “temperatura emocional” del poema, logrado de nuevo mediante las construcciones gramaticales escogidas: entonación exclamativa y verbo en segunda persona del plural del presente de imperativo con pronombre átono en posición enclítica (“Miradlos [a los lagartos]”; y adjetivo (“viejos”) precedido de un adverbio exclamativo (qué = cuán) que pondera la intensidad con que se da una determinada cualidad (“qué viejos son”); un verso 13 (“¡Miradlos qué viejos son!”, que se convierte en toda una llamada apelativa al lector para que comparta -haciéndola suya- la situación en que se encuentra la pareja de lagartos, en los que el amor perdura pese al paso de los años. Y en el dístico final se reitera el lloro de los lagartos, entre ayes que hacen más patético ese doloroso llanto: “¡Ay cómo lloran y lloran! / Ay!, ¡ay!, cómo están llorando!” (versos 15-16). Y pese a tratarse de un poema de carácter infantil -con esos paralelismos y estribillos que son propios de las canciones para niños-, García Lorca deja en él reflejada su nostalgia ante el paso del tiempo, que se puede sentir en esos lagartos “viejos” preocupados por la pérdida del símbolo de su unión amorosa: “el anillito de plomo”.
Versiones musicales.
Paco Ibáñez (1964).
Musicalización de Pablo Jiménez. Cantan: Voces de Al-arraial.
Lorca POP. Billy Boom Band.
María Dolores Pradera y Los sabandeños.
https://www.youtube.com/watch?v=kZrulIK3-qs
Amancio Prada.
Isabel Parra.