Decía Descartes que el sentido común era el menos común de los sentidos. Le faltó añadir el sentido del humor, ese que cada cual administra según su criterio. RTVE, un humorista sumamente progresista, Manu Sánchez, abre su monólogo de cabecera en ‘El perro andaluz’ mofándose de la eliminación de Austria y Alemania como si se tratara de la caída de Hitler. Un leve revuelo, no pasa nada. Días después un expresidente, Mariano Rajoy, se jacta de la selección francesa: “Tiene un altísimo nivel, eso sí, sin franceses”. Se arma la mundial en el Mundial. Macron le llama racista, su ministro de Exteriores se rasga las vestiduras: “Francia no tiene color de piel”.
Ante una ironía poco o nada afortunada, una reacción desmesurada. ¿Qué hay debajo? Justo eso que convulsionó Francia durante la Crisis de las Banlieues, en 2005, y sigue presente en las periferias de sus grandes ciudades. Lo ilustra un video que no deja de circular en las redes sociales. Escenario: el aula de un centro de segunda enseñanza de cualquiera de esas grandes ciudades. Protagonistas: una treintena de adolescentes de diversos orígenes étnicos, en su mayoría de color.
Primera pregunta: ¿Podéis levantar la mano los que tenéis la nacionalidad francesa? Primer sobresalto: los chicos vacilan, alzan unas pocas manos. Los profesores tienen que insistir: ¿Tienes la nacionalidad francesa? Pues levanta la mano. Con casi todas en alto, el que dirige la consulta concluye: Si he entendido bien, todos tenéis la nacionalidad francesa pero no os sentís franceses.
Así lo confirman entre murmullos. Una de las adolescentes, una belleza de piel de ébano, toma el micro: Yo sí me siento francesa. ¿Por qué? Respuesta: porque en mi cabeza soy blanca. No hay sarcasmo en la intervención de quien le sigue, un muchacho de ascendencia senegalesa: Yo no me siento francés en mi interior. ¿Cómo te sientes? Respuesta dramática, por su laconismo: Sólo negro. Su colega lo explica: Hay dos categorías de franceses, los rubios de ojos azules, los “limpios”, y luego nosotros.
Ese “nosotros” continúa secuenciando confesiones, en el límite de la marginalidad o la exlusión Un chico hindú que llama a Francia su país de acogida, pese a ser francés. Una chica de origen argelino para quien su verdadera patria es el país de sus padres. “Aquí sólo estamos de paso”.
No caben ironías frente a esta fractura racial y social. Sí caben ante un gobierno que se dice multicolor, limitando su policromatismo a la diversidad de partidos que lo integran, y en absoluto a su origen étnico. Sobre el césped Europa no tiene color de piel, pero sus élites políticas y económicas siguen siendo muy monócromas.
¿Qué hay debajo?, vuelvo a preguntarme. Una violencia latente, bastante más explosiva que la que desplegó la selección argentina frente a la española, en la final del Mundial. Las dos surgen del mismo cuño: el sentimiento de inferioridad, la frustración, la impotencia. En ese partido, frente a un rival clamorosamente superior en su dominio del balón y en su estilo. En la crisis de las Banlieues, y en toda Francia, la de una inmensa minoría que se siente permanentemente en el área de castigo, en el punto de penalti. Fuera de juego.