Voy a ir al teatro, “Pero no se lo digas” a nadie, aunque todos saben que me dedico a ver obras de teatro y escribir después sobre ellas. Pero no se lo digas a nadie.
Es en el Teatro Bellas Artes, díselo a todo el mundo, que ha decidido refrescar el ambiente veraniego y mostrar lo ridículos que somos cuando intentamos parecer normales. Lo hace a través de Pero no se lo digas, un texto cómico escrito por Ferrán González y dirigido por Borja Rodríguez con el sano propósito de reírse de los sofocones. La obra es una disección salvaje, en clave de humor, de las ocultaciones, y otros derroteros, en las relaciones personales. Es decir, de ese deporte nacional que consiste en mentir al prójimo para no tener que aguantarlo y los sujetos parecer más chachis. La frase que da título a la pieza, Pero no se lo digas, se repite en el escenario como el lema oficial de cualquier cena de amigos que se precie, funcionando como el hilo conductor de una trama donde la honestidad brilla por su total ausencia. Pero esto que os cuento, no se lo digáis a ellos, que están tan frescos representando su obra, y con mucho acierto, por cierto.
La puesta en escena retrata a la perfección el patetismo de la sinceridad puertas para adentro. En la intimidad, los personajes se desprecian con una naturalidad pasmosa; sin embargo, hacia afuera, le dan la vuelta a absolutamente todo con una agilidad digna de estudio psicopatológico. Lo importante es el postureo, salvar la cara y hacer creer al resto del mundo lo que no es, aunque por dentro todo huela a podrido. Para sobrevivir a semejante farsa existencial, la obra señala con el dedo el gran pilar de la civilización occidental: el refugio del alcohol. Porque, seamos sinceros, nadie aguanta la sobriedad cuando tiene que mirar a los ojos a su cónyuge.
El núcleo duro de la función es la radiografía de la infantilidad de los adultos. Vemos a personas con canas, rodeados de peluches, jugando a juegos de mesa ridículos, donde hacen trampas sin ningún tipo de pudor, reflejando fielmente cómo operan en la vida real. Esta farsa humana funciona gracias al humor histriónico que ejecutan magistralmente Agustín Jiménez, Sara Escudero y César Camino. Los tres se entregan al noble arte de la exageración con una técnica impecable. Tan experimentados están de tablas que incluso supieron salir airosos de un apagón inesperado en el teatro donde todos nos quedamos a oscuras. En lugar de colapsar, como haría cualquier mortal, convirtieron el fallo técnico en un gag más, demostrando que el caos real alimenta de maravilla a sus neuróticos personajes. Y nadie se alteró por ello, al contrario, fue hasta divertido, pero no se lo digas.
El baño de realidad definitivo llega cuando el personaje de Agustín Jiménez decide dinamitar los puentes de la diplomacia y hablar claro. Con una amargura divertida, suelta aquello de: "tengo 50 años y estoy solo", para rematar la afirmación recordando a la feliz pareja que ellos también están solos, y mienten, solo que se encubren cobardemente con apariencias. Pero la maquinaria del autoengaño es indestructible. Al final, lejos de encajar el golpe o reflexionar, la pareja susodicha decide hacer oídos sordos a la dolorosa verdad de Agustín. En un alarde de cobardía y mezquindad, prefieren parapetarse en su mentira y excluirlo miserablemente de su círculo de amistades bajo un último, cómico y lapidario susurro: pero no se lo digas.
Es el broche de oro para una obra que nos habla de los patéticos sueños que uno tiene y jamás consigue llevar a cabo por diferentes circunstancias. Una divertida comedia, ideal para ir en pleno verano, y en lo más crudo del crudo invierno, si se terciara, y pasar un viaje de vuelta a casa en absoluto y tenso silencio, con la sonrisa en la cara y pensando en su ácida crítica y si se lo decimos a alguien, o no.
PERO NO SE LO DIGAS
Elenco: Agustín Jiménez, Sara Escudero y César Camino
Autoría: Ferrán González
Dirección: Borja Rodríguez
Escenografía: Luis Crespo
Vestuario: Mélida Molina
Teatro Bellas Artes