EL RINCÓN DE LA POESÍA

El trasfondo poético de las adivinanzas como “juegos de fantasía: De Miguel Hernández a Gianni Rodari

Gianni Rodari

Nuestro poema de cada día

Fernando Carratalá | Viernes 07 de agosto de 2026

Presentamos uno de los 42 poemas -el XVIII- que constituyen la obra Perito en lunas, de Miguel Hernández (Murcia, Ediciones Sudeste, 1933), escrita en octavas reales, y que permite apreciar el extremado virtuosismo verbal de su autor, así como su audaz técnica metafórica, capaz de convertir un poema en un verdadero “acertijo poético” -en expresión del poeta Gerardo Diego-, que exige del lector un gran esfuerzo -y no sólo de imaginación- para interpretarlo.



[Pozo]
Minera, ¿viva? luna ¿muerta? en ronda,
sin cantos; cuando en vilo esté no tanto,
cuando se eleve al cubo, viva al canto,
y haya una mano que le corresponda.
Dentro de esta interior torre redonda,
subterráneo quinqué, cañón de canto,
el reloj, ¿no?, del río, sin acento,
reloj parado, pide cuerda, viento.

Miguel Hernández, en un sorprendente juego poético de factura típicamente gongorina, utiliza una lengua en cierto modo extraña, tan apartada de la habitual que casi resulta ininteligible, con la que nos obliga a fijarnos en la forma del mensaje; lengua literaria esta en la que los valores connotativos de los vocablos tienen mayor relevancia que los conceptuales. En esta octava XVIII de Perito en lunas:, el pozo es una “luna minera”, de la cual el cubo, atado a una cuerda que cruje al elevarlo, saca agua (versos 1-4). En el agua del fondo del pozo, la luna refleja su luz, y por eso se le llama a este “subterráneo quinqué” (verso 6). La comparación del pozo con un reloj (versos 7-8) no viene solo determinada por la forma redonda de uno y otro, sino también ante la circunstancia de que, para que un pozo no se seque, es preciso quitarle agua de vez en cuando, echando un cubo atado a una cuerda; de igual modo que, para que un reloj no se pare, es necesario también “darle cuerda”.

Pasemos ahora a Gianni Rodari y a su reflexión acerca de cómo se elaboran las adivinanzas tradicionales, entendidas como un ejercicio de lógica y de imaginación. Tres son, según él, los pasos para llegar a la formulación de una adivinanza: el extrañamiento, momento en el que hay que definir -de forma esquemática y aproximada- el objeto que la adivinanza esconde, y que se debe contemplar prescindiendo de su contexto significativo habitual; la asociación, momento en que, gracias a la analogía, pueden establecerse comparaciones a partir de cualquiera de las características del objeto en cuestión; y la metáfora, momento en el que el objeto, redefinido a través del lenguaje figurado, queda convertido en algo misterioso capaz de desafiar a la imaginación. El propio Rodari se apoya en la célebre adivinanza “Baja riendo y sube llorando” -solución: el cubo, usado para extraer agua de un pozo- para explicar cómo se ha llegado a formular dicha adivinanza de acuerdo con la secuencia “extrañamiento-asociación-metáfora": en la fase de extrañamiento, el cubo es descrito como un objeto que baja y sube; pero en su descripción ya se insinúa, merced a un proceso de asociación imaginativa, una de las características sonoras del cubo: que chirría, y con ruido distinto cuando baja por agua y cuando sube con ella; y así surge una nueva definición de carácter metafórico, centrada en el verbo “llorar”: cuando sube, el cubo se balancea, el agua gotea, y por tanto, el cubo llora; es decir: “sube llorando”; y, a partir de aquí -y, por oposición- el juego metafórico se extiende al resto de la definición del cubo: “baja riendo”. Y un objeto banal y cotidiano, como es el cubo, queda convertido en un objeto verdaderamente sorprendente, definido así: “Baja riendo y sube llorando.” (Cf. Gramática de la fantasía. Barcelona, Ferran Pellissa, editor; segunda edición española, 197). De una manera bastante similar, Miguel Hernández ha abordado, desde metáforas de raigambre gongorina, su percepción de lo que es un “pozo” en el poema XVIII de Perito en lunas.

El trasfondo poético de las adivinanzas. Podemos convertir la elaboración de adivinanzas en algo más que en un simple pasatiempo; y, en nuestra opinión, podríamos seguir los siguientes pasos:

  • Una vez elegido el objeto que haya de adivinarse, observar las cualidades que mejor lo caracterizan y sirven de base a su definición, seleccionando al menos dos o tres de dichas características, a las que necesariamente se aludirá, de manera clara, en la adivinanza.
  • Encontrar las palabras más precisas y apropiadas que expresan esas características y, en general, cuantas circunstancias pueden constituir un buen camino para llegar a adivinar el nombre del objeto en cuestión.
  • Formular la adivinanza con el menor número posible de palabras, limitando, así la longitud de las frases; y, a ser posible, recurrir mejor al verso que a la prosa, y procurando emplear las palabras -insistimos una vez más- con la mayor propiedad.
  • [4. Una vez formulada, proponer la adivinanza en público y, en el caso de que no se hallen soluciones, ofrecer algunas pistas que faciliten el hallazgo de la solución.

  • Si la solución hallada no es la que sirvió de base para formular la adivinanza, deben discutirse los razonamientos que condujeron a una solución distinta de la prevista]
  • Desentrañemos algunas conocidas adivinanzas, veamos cómo se han construido y reparemos en su formulación ajustada a la métrica popular.

    Verde fue mi nacimiento,
    negra fue mi mocedad,
    y ahora me visten de blanco
    para llevarme a quemar.
    [Solución: el cigarrillo (o tabaco)].

    La adivinanza está formada por cuatro versos octosílabos, de los que riman en asonante /-á/ aguda los versos pares (“mocedad/quemar”). La estrofa es una copla. La planta de tabaco, cuando crece en el campo, es verde, pero cuando sus hojas se secan y curan, se vuelven negras; el papel con el que se envuelve el cigarrillo antes de fumarlo es blanco; y se quema en el momento en que se enciende para consumirlo.

    Tengo cabeza redonda,
    sin nariz, ojos ni frente,
    y mi cuerpo se compone
    tan solo de blancos dientes.
    [Solución: el ajo].

    La adivinanza está formada por cuatro versos octosílabos, de los que riman en asonante /é-e/ los versos pares (“frente/dientes”). La estrofa es una copla. La forma de un bulbo de ajo entero es redonda y se le llama popularmente “cabeza de ajo”, pero al ser un vegetal, carece de rostro humano, y por eso no tiene ni nariz, ni ojos, ni frente. Sin embargo, cada una de las partes en las que se divide el bulbo se llama “diente de ajo”, por su un color blanco.

    Treinta y dos sillitas blancas
    en un viejo comedor,
    y una vieja parlanchina
    que las pisa sin temor.
    [Solución: la boca].

    La adivinanza está formada por cuatro versos octosílabos, de los que riman en consonante /ór/ los versos pares (“comedor/temor”). La estrofa es una copla. 32 es el número total de dientes del ser humano adulto las (sillitas blancas); la cavidad bucal (el viejo comedor) es la boca, el lugar donde se mastica con ellos;: y la lengua (la vieja parlanchina), tanto al comer como al hablar, se mueve y los toca (de hecho, interviene en la mayoría de las articulaciones).

    La Retórica aplicada a las adivinanzas. Las adivinanzas pueden ir ofreciendo mayores dificultades, hasta llegar a convertirse en verdaderos “problemas de lenguaje” por medio de los cuales pueden afrontarse cuestiones de tipo fonético o semántico.

    Por ejemplo, adivinanzas construidas mediante el “calambur”, que es la agrupación de varias sílabas de modo que alteren el significado de las palabras a que pertenecen. Por ejemplo:

    Encontraba jovial tal instrumento
    porque con trabajo sones me trajo
    con trabajos tan excelsos que al viento
    solos son, porque son del contrabajo.
    [Solución: el contrabajo].

    Este juego de palabras se ha montado empleando cuatro versos endecasílabos que conforman un serventesio con rimas consonantes cruzadas ABAB (A. Versos 1 y 3, rima /énto/: “instrumento/viento”. B. Versos 2 y 4, rima /-ájo/: “trajo/contrabajo”). Las notas graves propias de este instrumento se obtienen “con trabajo”, un trabajo que resultaba alegre para el instrumentista (lo “encontraba jovial”). Así pues, ha cambiado el significado de las oraciones, al agrupar las sílabas de manera diferente al original.

    Si el enamorado es discreto
    y bien entendido,
    ahí va el nombre de la dama
    y el color de su vestido.
    [Solución: la dama se llama Elena,
    y su vestido es de color morado].

    Aunque no todos los versos son octosílabos -solo el tercero y el cuarto-, el conjunto constituye una copla con rima consonante /-ído/ en los versos pares. pares. En el primer verso, al juntar determinadas letras se forma el nombre Elena (“Si el enamorado…”) y, al separarlas, el del color (“ena-morado”).

    También con el retruécano se construyen adivinanzas. Consiste el retruécano en la inversión de los vocablos de una frase en otra que le sigue, para que el sentido de la última forme un contraste o una antítesis con la primera. Por ejemplo, el retruécano está en la base de esta adivinanza, que encierra un problemas de homonimia homográfica:

    Cuanto más cerca, más lejos;
    cuanto más lejos, más cerca.
    [Solución: la cerca].

    Los dos versos octosílabos blancos no constituyen, propiamente hablando un pareado. La adivinanza está montada sobre la siguiente idea: una cerca es tanto mayor (es decir, es “más cerca”) cuanto “más lejos” alcanza (esto es, cuanto mayor es el sitio alrededor del cual se instala). En el contexto, la palabra “cerca” está empleada como sustantivo (precedido de un adverbio), y no como adverbio. Así pues, hay dos palabras con el mismo significante “cerca”, pero con distinto significado; y son, por tanto, palabras homógrafas. Y es el contexto y la situación comunicativa los que permiten diferenciar el nombre femenino “carca” (construcción que se hace alrededor de un lugar para delimitarlo o para resguardarlo) del adverbio “cerca” (a corta distancia o en un punto próximo o inmediato).

    Bibliografía (antigua, pero sigue siendo muy útil).

    El nombre de Carmen Bravo-Villasante aparece vinculado al mundo del folklore infantil; y son muchas sus publicaciones en las que ha recogido adivinanzas. Por citar algunas, recordamos las siguientes: Una, dola, tela, catola (1977), Adivina, adivinanza (1978), China, china, capuchina (1981), etc., etc. Nos quedamos con su célebre El libro de las adivinanzas (Valladolid, Editorial Miñón, 1984; absorbida porteriormente por Susaeta).

    Gran cantidad de adivinanzas pueden encontrarse en la obra de José Luis Gárfer y Concha Fernández titulada Adivinancero popular español, y publicada por Taurus (Madrid, 1985). Colección Temas de España, volúmenes 137 y 138).

    Gianni Rodari (1920-1980), el autor italiano de obras tan difundidas como Cuentos por teléfono, Cuentos para jugar, Cuentos escritos a máquina… Y el célebre libro Gramática de la fantasía. Introducción al arte de inventar historias.

    https://cungraficos.weebly.com/uploads/5/0/0/7/5007473/rodarigianni-gramaticadelafantasiaintroduccionalartedeinventarhistorias.pdf

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