A Federico García Lorca, la gran víctima con réditos del odio bíblico, lo han exprimido y lo exprimen sin misericordia personas y personalidades que, muy posiblemente en determinados casos, no se hayan leído ni un solo libro completo de este granadino universal. Sus restos descansarán en paz en alguna parte, pero su memoria es zarandeada en popular y paroxística procesión como una Virgen de Gloria. La espectacularización de un nombre que reclama soledad y tristeza. Manosean y resoban su espiritualidad como fuente de inspiración con una fijación que resulta inexplicable o, tal vez, no necesita explicación de fondo porque se queda en la superficie crematística, que es el signo de nuestro tiempo. Lorca es una marca registrada muy rentable. Un activo suculento en el que subyace un artista inconmensurable. La inconmensurabilidad de su obra y su lectura, en cambio, es ya intrascendente para seguir proyectando y produciendo por el mundo 'lorquismo' como mercancía para el consumo de masas. Han creado y lanzado el producto en la era insoportable del sucedáneo. El Verbo en manos de los mercaderes. Belleza mercantil despojada de su estremecimiento y sacralidad. Lorca es vendible, lo cojamos por donde lo cojamos, desde poeta del pueblo a objeto icónico del colectivo gay.
Y al hombre y al creador lo han convertido en la bandera sensible de una Andalucía mesiánica que se sale del mapa, intergaláctica y cósmica, tan intemporal como imaginaria; más apegada vital e institucionalmente al pastiche y al folclor blanco y verde de ranciedad romántica que a la verdadera pena negra lorquiana. Pese a que Cervantes nos enseñó en el Quijote que la única patria de un hombre es su alma. Detrás de la bandera de Andalucía hay un andaluz sin andalucismo profesional, con el dolor en carne viva frente a la farsa elogiada; indignado y encolerizado contra la impostura, que es el mismo que se yergue colosal, duro y sincero en la 'Oda a Walt Whitman' y arremete contra la hipocresía social y moral.
En buena medida, la frivolidad cultural, el mangoneo indiscriminado, la politización y la apropiación caprichosa (o calculada) de una figura relevante pueden significar en términos simbólicos continuar y alargar un crimen que ya forma parte de nuestra triste historia y que requiere poso y reposo y no ruido y parafernalia.
Luis Cernuda, la víctima no rentable del odio bíblico, amigo íntimo de Lorca y también compañero de la célebre y cacareada generación. Andaluz también. Con una obra literaria igualmente exquisita y encomiable. Repudiado también por las fuerzas reaccionarias. También homosexual. Ferviente creyente también en la cultura como motor de progreso. Inadaptado y sufridor, también. Sin embargo, parece ser que no ha acumulado (todavía) los suficientes 'también' para elevarlo a los altares modernos del marketing, la marca, la publicidad y la estrategia comercial. Quizá el exilio no baste. Quizá, porque en su biografía no carga a cuestas con la cruz de una muerte mitificadora en una España falsamente épica que no dejamos de resucitar.
El odio es envidioso porque la envidia es odiosa y carcome. Y seguirá aflorando en la primavera negra de nuestros corazones, así que pasen noventa años en infinitos actos e infinitos cuadros.