FIRMA INVITADA

Margarita Landi, sus estrechos vínculos con Asturias

Maudy Ventosa y Javier Velasco Oliaga
Oliaga & Ventosa | Lunes 31 de agosto de 2026

Corría el año 1918, cuando el 19 de noviembre, en el corazón de Madrid, en pleno barrio de Chamberí, venía al mundo la benjamina de una larga familia de periodistas que sería bautizada como Encarnación Margarita Isabel Verdugo Díez. El malagueño Alfredo Verdugo Landi, linotipista y cajista de imprenta en el diario “El Sol”, y su esposa, Leonor Díez Gállego, no podían imaginar que aquella pequeña acabaría convirtiéndose en la primera mujer -y la mejor- reportera de sucesos del siglo XX en España. Llegaría, incluso, a ser tan famosa como su abuelo Joaquín Verdugo Landi, que escribía crónicas taurinas en verso en la prensa malagueña, o su tío Francisco, ambos periodistas de Prensa Española y del ABC.



Sus cabellos rubios, su eterna pipa, el coche deportivo que conducía y la pistola que llevaba en ocasiones, fueron los ingredientes que catapultaron la fama de Margarita, caracterizándola de fémina intrépida, sagaz, audaz, incansable y libre que chocaba con el papel que desempeñaba la mujer en la España de entonces. Dedicada plenamente a su trabajo, fue capaz de preservar su intimidad incluso a las personas más cercanas. Gracias a la colaboración de sus nietas Rocío y Macarena, al último director de EL CASO, Joaquín Abad, y a una ardua labor de investigación, hemos conseguido reconstruir no solo la trayectoria profesional de esta singular reportera de sucesos, sino también conocer a la mujer que se escondía detrás del personaje creado por ella misma y al que se mantuvo fiel hasta su muerte, a los 85 años, en una residencia de mayores en la localidad de Albandi -Gijón-, el 6 de febrero del 2004. La clave fue seguir el archivo personal de su hijo, Ángel Torres Tortajada, para plasmarlo en la única biografía pedida y autorizada por la familia: “Margarita Landi. La rubia del velo y la pistola”.

A pesar de criarse en un mundo de mayores, Encarnita tuvo una infancia feliz hasta que su padre abandonó a la familia por Josefa, la joven que trabajaba en su casa, y fue su hermano Alfredo, con 23 años, quién se hizo responsable de la madre y la pequeña. Cuando consiguió un trabajo en una finca de Guadalajara, propiedad del conde de Romanones, ambas se trasladaron con él hasta ese lugar perdido de la Alcarria. Fue una etapa tan tranquila como breve, cuando muere la madre de una septicemia invasiva antes de que ella cumpliera 8 años y tiene que compartir el hogar de su padre con una mujer déspota que la obliga a trabajar de criada privándola de asistir al colegio, incluso. Su tío Paco, al conocer tan lamentable situación, la sacó de aquel infierno y se la llevó a vivir a su lujosa casa del madrileño barrio de Salamanca.

Volvió a asistir al colegio y, más adelante, estuvo internada en un colegio de monjas francesa donde vivió el comienzo de la Guerra Civil.

Más tarde, su padre es encarcelado en una checa de la calle Marqués de Riscal y ella sería la encargada de llevarle comida y ropa limpia, pese a la oposición de su cuñado que estaba movilizado en el ejército republicano, en esos momentos. Gracias a los estudios de enfermería que había cursado en los últimos años de internado, consiguió trabajo, durante la guerra, en el hospital de sangre situado en el hotel Ritz, destinada en el servicio de ambulancias. Fue una de las enfermeras que atendió a Buenaventura Durruti cuando fue herido de muerte en la Ciudad Universitaria y a otros conocidos suyos en el barrio de Cuatro Caminos.

Fue en ese periodo cuando coincidió con el que, más adelante, se convertiría en su marido, Ángel Torres Tortajada, oficial del ejército republicano obligado por extraordinarias circunstancias. Ingeniero de Caminos, Puertos y Canales, había cursado sus estudios en la universidad de Lille -Francia-, donde vivía con su familia emigrante. Al finalizar la carrera, sus padres le regalaron un viaje por España con el fin de conocer el pueblo donde había nacido y una tierra que no recordaba. Se encontró inmerso en un conflicto que ni era suyo ni entendía; fue detenido y obligado a incorporarse a filas. Dominar varios idiomas y poseer una licenciatura, fueron fundamentales para que le ascendieron rápidamente al grado de teniente. Margarita tenía 18 años cuando se conocieron, y el flechazo surgió entre el ruido de las bombas. Se casaron de inmediato, y no sería sólo una vez. A los pocos días fue destinado a Carrión de Calatrava, una población cercana a la “Ciudad Libre de la Mancha”, como se denominaba en aquel entonces a Ciudad Real. Allí vivieron felices alejados del frente, aunque la estancia no duró mucho porque Ángel fue trasladado al frente del Ebro. Su compañía de ametralladoras se ubicó en las Cuestas de Ragudo (Castellón). Margarita se quedó en La Mancha hasta que pudo reunirse con su marido. Una vez allí, decidieron poner en marcha el plan que llevaban urdiendo hace tiempo: pasarse de bando. La oportunidad surgió una noche de febrero de 1938, cuando estaba Ángel de guardia. Margarita huyó disfrazada de teniente del Arma de Ingenieros, botas de montar, capote de campaña y pasamontañas que no permitía ver más que los ojos; en la cintura portaba ocho bombas de mano y una pistola Astra 9 mm de largo.

Cuando estuvieron en el sector rebelde, el oficial al que fueron llevados se quedó sorprendido. ¿Cómo una chiquilla de 19 años había podido cruzar un territorio que estaba minado? Fueron detenidos e interrogados… Ella recordó siempre el color de los piojos que había en el frente. Eran negros los de la zona nacional, blancos los de la republicana.

Como era de esperar, fueron investigados y Ángel “retenido” mientras Margarita vivía con su hermano Alfredo en Zaragoza. Carecían de la llamada “Cédula Matrimonial” y no podían vivir juntos; el reciente gobierno de la España Nacional, formado en Burgos el 30 de enero de 1938, no consideraba legales los matrimonios civiles efectuados durante la República, por la Ley de Responsabilidades Políticas de 1939. Tras muchas vicisitudes, se unieron en matrimonio por la iglesia el 25 de julio de 1939. Se habían casado dos veces, la primera durante la República y la segunda en la incipiente dictadura. A finales de marzo de 1940 nació su primer hijo Rafael; Ángel tenía el grado de Alférez en las Filas Nacionales, aunque seguía siendo investigado. Ambos estaban incluidos en dicha ley por haber estado en servicio en las tropas republicanas. Tras su traslado a Valencia, Ángel fue “recluido” en la Plaza de Toros en calidad de preso político. Su vida sufrió un nuevo revés, esta vez muy duro: su hijo, con tan solo ocho meses falleció de intoxicación al tomar un biberón de leche de una vaca enferma.

Otra mala noticia hundió más la economía familiar: el nuevo gobierno aludió al carácter republicano de los títulos de Enfermería y Bachillerato de Margarita e impidió que se le reconocieran. Al terminar la guerra, no tenía ni oficio ni beneficio. Los títulos de Ingeniero de Caminos y los estudios de alemán e inglés de Ángel tampoco eran reconocidos por la legislación española al haberse cursado en Francia. El golpe de gracia para la desafortunada pareja llegó poco tiempo después de que Ángel fuera puesto en libertad en octubre de 1940. Padecía una grave enfermedad: tuberculosis cavernaria en ambos pulmones, difícil de curar en aquella época en la que apenas tenían medios para sufragar la penicilina que necesitaba. La mediación de un familiar hizo posible que el gobierno franquista lo “desterrara” a su pueblo, Santa Cruz de Moya, a donde se había trasladado su madre ya viuda. Allí nacería su segundo hijo, Ángel, el 25 de julio de 1941.

Las finanzas de la pareja eran escasas y la convivencia de un niño con un enfermo de tuberculosis, inviable. A Margarita no le queda más remedio que tomar una de las decisiones más difíciles de su vida: regresar a Madrid para trabajar y poder sacar adelante a su familia.

Comenzaba un largo recorrido, que décadas más tarde daría lugar al nacimiento de un mito, el de la “rubia del descapotable” -aunque nunca tuvo uno-, el de una mujer valiente que tuvo que abandonar a su marido enfermo de muerte, dejándolo al cuidado de su madre, para pagar las medicinas y forjarse un futuro para ella y su pequeño hijo Ángel, pero eso casi nadie lo sabría nunca. Hasta ahora.

Margarita llega a Madrid tan solo con la determinación y la fuerza que la acompañarían toda su vida. En su mente no está acudir a la caridad familiar, pero sí admite la ayuda de su tío Paco Verdugo a modo de cartas de recomendación que podrían abrirle muchas puertas. La esperaban días de frustración y desaliento, hasta que en un periódico le pidieron que hiciera un crucigrama, al tiempo que escribía cuentos infantiles. Hasta que se interesó por aquella escritora en ciernes Marichu de la Mora, directora de “Ventanal”, una revista de ecos de sociedad vinculada a la Sección Femenina y la Falange. De repente, se le abrieron las puertas a un mundo nuevo, el de la aristocracia y las familias de abolengo mientras la enfermedad de su marido avanzaba imparable, hasta su fallecimiento.

Su vida dio un vuelco radical cuando empezó a trabajar en la revista “La Moda de España”, dirigida por la que se convertiría hasta su muerte, en su mejor amiga, Marichu. Era conocida, querida y respetada por las élites franquistas hasta que un robo singular en la casa de la marquesa Manzanedo la llevó al lugar que la enamoró definitivamente: La BIC -Brigada de Investigación Criminal-, y a ser fichada, posteriormente, por el semanario EL CASO. Fue el principio del resto de su vida, dedicándose de lleno al periodismo de investigación criminal. Ahora sí empezaba la leyenda de una mujer intrépida que se adentraba en los andurriales más recónditos de la Galicia profunda; que creía que la luna nueva era la desencadenante de tremendos crímenes pasionales; de la reportera que llegaba al lugar del crimen casi antes de que éste se produjera; de la mujer que vestía pantalones, y fumaba en pipa. En definitiva, de Margarita Landi, La rubia del velo y la pistola.

A bordo de su coche deportivo de color negro recorría España entera, hablaba tanto con la familia de los asesinos como con la de los asesinados; se llevaba bien con la policía y era la primera en entregar sus crónicas sangrientas. Una mujer que abrió camino a otras muchas, porque fue capaz de defender a todas con su buen hacer y su ejemplo; infatigable, mordaz a la vez que respetuosa con policías e investigadores.

Para realizar su labor en EL CASO, tuvo que ser adiestrada convenientemente por los compañeros de la BIC, aprendiendo, primero el argot de los maleantes que pululaban tanto por las estaciones de tren de Madrid como por los salones de la jet, y más tarde conociendo sus “gajes del oficio”, y a los personajes principales de la noche madrileña y a muchas de sus víctimas.

Tras el entrenamiento, ya estaba lista para dar el paso a lo que sería su profesión definitiva durante treinta y cinco años: el periodismo de investigación criminal. Nunca escatimó esfuerzos por llegar a donde estaba la noticia; tanto le daba emprender el recorrido en trenes incómodos con asientos de escay que se le pegaban al trasero, como montar en la moto de un lugareño o hacerlo a lomos de un asno cansino. Todo valía con tal de ser la primera en entrevistar a víctimas, familiares del finado o del ejecutor del crimen. Más tarde conduciría su famoso deportivo Volkswagen Karmann Ghia que cambió, posteriormente, por varios coches SEAT. Se decía que “Margarita Landi llegaba antes que la policía a la escena del crimen; incluso antes de que se produjera”.

En el semanario, solía “hacer un muerto” a la semana, porque las autoridades franquistas, durante los años cincuenta, sólo dejaban publicar un crimen a la semana; posteriormente, se podrían dar a conocer dos, hasta la normalización informativa con la llegaba de la democracia. Aunque al principio no era la periodista estrella y los sucesos que cubría para EL CASO no eran muy famosos, de su pluma tuvieron una repercusión enorme. Hay que dejar constancia que, durante algunos años, se vendieron hasta 100.000 ejemplares, llegando la tirada al cuarto de millón en los años setenta.

Fue la primera reportera que trabajó en crónicas de sucesos. Primero en EL CASO, después en INTERVIÚ para posteriormente pasar a televisión, tanto a RTVE como en Telemadrid.

Margarita Landi cubrió muchos sucesos en Asturias, una tierra por la que sentía una especial predilección, allí vivía su hijo con su familia y se convertiría, al final, en su última morada.

Precisamente en Oviedo se produjo una anécdota que ella contaba con gracia. El 16 de marzo de 1955, Luis Miranda Iglesias, conocido como “El Piqui” fue asesinado en el cruce de las calles San Juan y Schulz. Lo encontró un sereno que hacía su ronda en bicicleta y que confundió el ruido de los dos disparos con el de petardos. La sagaz reportera quiso constatar la veracidad de lo que afirmaba este hombre la noche siguiente, disparando dos inofensivos disparos con la pistola-llavero que sustituía, en aquella ocasión, a la verdadera de la que tenía licencia. El ruido resonó en la noche y el sereno acudió presuroso y asustado. A la mañana siguiente se publicó en un periódico de Oviedo: “Detective con faldas”, explicando lo de sus tiritos de madrugada, sin decir que el arma era un llavero; más tarde tuvo que visitar al juez de Instrucción y su primera pregunta fue: “¿Usted tiene licencia de uso de armas?”. La regañina que iniciaba el juez, se convirtió en sonrisa cuando le entregó la pistola de 3 cm.

Por los escarpados montes de Asturias, con un sol implacable, también se aventuró la intrépida reportera allá por 1968 cuando desapareció el pequeño de 2 años Santiago Fernández Yáñez de la casa de los abuelos maternos en la pequeña aldea de Salvador, cerca de San Tirso. Parecía que al niño se lo había tragado la tierra. Los habitantes de los pueblos cercanos y otros venidos de más lejos, dirigidos por la Benemérita, registraron durante días casas, pozos, cuevas, cimas, ríos… todo, sin hablar rastro del niño desaparecido, del que nunca más se supo.

Tal vez, uno de los crímenes ocurridos en Asturias que más impactó a Margarita Landi fue el que sucedió el 18 de abril de 1976, en el barrio de Cimadevilla en Gijón. Esa noche, Alberto Alonso Blanco, más conocido por “Rambal”, fue asesinado en su casa, que posteriormente ardería para eliminar pruebas. Alberto era un joven homosexual que gozaba del cariño de todo un barrio porque siempre estaba dispuesto a ayudar a los demás; servicial y alegre encontró una muerte atroz por la cual, a día de hoy, no ha pagado su asesino.

La sagacidad e intuición de esta periodista quedó patente en Avilés, cuando Ana García Fernández, en enero de 1971, confesó a Landi que fue ella la que abrasó a su marido, Manuel Rambla, con agua hirviendo aprovechando que estaba dormido y harta de las palizas que la infligía. Ya sabía Eugenio Suarez, cuando la contrató para EL CASO que, siendo mujer, se le abrirían más puertas… y más corazones para las confidencias.

Margarita Landi es, sin duda, uno de los personajes más influyentes que ha tenido nuestro país en el periodismo de investigación criminal, y precursora, sin lugar a dudas, del “true crime” en España al reinventar la crónica negra. Siempre bien documentada, escribía sus crónicas con un estilo sencillo, directo, claro, agudo, irónico y un tanto novelesco. Seguía la investigación del suceso para intentar reconstruir el crimen, trazando perfiles psicológicos de los implicados, añadiendo los contextos sociales concretos. Criticaba la eficacia -o no- de la investigación llevada a cabo y la actuación del sistema judicial. Pero sobre todo, ponía el foco en el por qué, la motivación que lleva a un ser humano a quitar la vida a otro

Puedes comprar el libro en:

TEMAS RELACIONADOS:


Noticias relacionadas