Es la invariante de un siglo de relaciones algo más que conflictivas con Marruecos. Tres guerras por medio, las tres perdidas. Aquella, la del Rif, no sólo supuso el comienzo del fin. Desestabilizó el régimen de la Restauración, propició una dictadura, ensanchó la brecha política y social dentro de España, abierta desde su inicio con las levas masivas abocadas a un matadero.
En 1909, el traslado de cuarenta mil reclutas desencadenó la Semana Trágica de Barcelona. Los privilegiados que podían pagar la “redención”, mil pesetas, quedaban exentos. Mi abuelo Julio no pudo pagarla. Tres años de servicio en el Sahara. Sobrevivió a esa guerra, también a la paz: las condiciones de la tropa eran tan extremas que el censo de bajas por malaria, tifus y disentería, triplicaba al de los caídos en batalla.
Entre tanto, el Congreso se adornaba con la florida oratoria de Cánovas y Romanones, el contemporizador. Hasta el dictador, Primo de Rivera, dejó una frase para la historia: “España se asemeja a un viudo a quien su esposa hubiera dado muchos disgustos y tras arruinarse costeando el entierro, se casara con otra menos rica y de peor carácter”.
Se refería a la pérdida de Cuba y al premio de consolación: Marruecos. No cabía otra que contemporizar, por mantener ese pálido prestigio colonial. Cuarenta mil muertos en esa guerra, la del Rif. Siguió la previa a la pérdida de Sidi Ifni, en 1957, dieciocho años antes de la Marcha Verde.
Además de la cesión del Sahara ésta marcha aceleró la agonía de un régimen, el de Franco, surgido precisamente en el Protectorado marroquí, desde donde perpetró el golpe del ’36. Entre su mesnada, su tropa de “regulares”, entre sesenta y ochenta mil voluntarios marroquíes alineados en el bando franquista, el terror de los milicianos en las batallas de Jarama, el Ebro y Brunete. Entre sesenta y ochenta mil regulares, hemos dicho. Casi la misma cifra de irregulares que tomó Ceuta por asalto, hace un mes.
También podríamos hablar de otro esperpéntico orgullo nacional, la Guardia mora del Dictador, pero sigamos con la Marcha Verde. Marcó un cambio de paradigma: el paso de la guerra convencional a la híbrida. Ocupación del territorio sin un solo disparo, pero empleando a la población civil como carne de cañón.
En 2002, Perejil. En 2021 el primer asalto a Ceuta -diez mil personas-. Las que siguen hoy en esa zona gris, ajena a la historia, como si no hubiera nada que aprender de sus amargas lecciones.
Marruecos nunca ha sido un aliado, y mucho menos fiable. La contemporización, o la vergonzante sumisión de nuestro Gobierno ante Mohamed VI sólo se explica bajo la presión de un chantaje de Estado.
Un secreto a voces contenido en el hackeo del móvil del presidente Sánchez, sumado al de la ministra de Defensa, el de Interior, y el de Agricultura. Rehenes del programa Pegasus con mando en plaza, y su secuencia de claudicaciones. Ayer, cesión de la soberanía del Sahara Occidental a Marruecos, contraviniendo flagrantemente las disposiciones de la ONU. Hoy, desprotección deliberada de una frontera española, la más candente de Europa, consintiendo una invasión más, perfectamente organizada y tutelada por el régimen alauita, a la espera de la definitiva.
Justo esa que no dejan de aventar sus ministros. El de Justicia, apelando a un fraudulento “derecho histórico” sobre la ciudad autónoma. El de Asuntos Religiosos, casi llamando a la “guerra santa” en presencia de su monarca. Ambos sin respuesta por parte del presidente Sánchez. El mismo que retiró embajadores ante la mera mención de su esposa por parte del argentino Miley. El mismo que comparece ante el Congreso para defender lo indefendible, su escaso crédito ya perdido, un porvenir a la sombra de los tribunales, pero, eso sí, un gran futuro como prescriptor de playlists.
Tras un mes de inacción culpable y pésima gestión la ministra portavoz, Telma Saiz, declaró muy compungida: “Ceuta es hoy el corazón de España”. Si alguna vez lo fue, sigue en parada cardio-respiratoria.