Tengo toda la estancia bien iluminada para que las sombras no asedien demasiado, pero el horror no se disipa con bombillas de alta intensidad. Mañana me convertiré en la primera mujer presidenta de España.
Debería ser el día de mi triunfo absoluto, el momento de lucir una sonrisa imperturbable frente a los flases, pero solo encuentro un vacío que me atenaza el pecho. ¿Quién desea realmente presidir un país como el nuestro? He perseguido este propósito con garras y dientes, y ahora que lo tengo entre las manos, el vértigo me dobla el espinazo.
Bajo la dirección de José Juan Rodríguez, dejo de ser Ana Varela y mi habitación, que es el escenario, se transforma en una zona de guerra íntima. Mi alcoba es un desastre absoluto de papeles, dudas y ropa a medio doblar. Me pregunto, con un miedo atroz que me recorre la espina dorsal, si mi gobierno será un reflejo de este caos.
No me vale el "chao, pescao"; ya no puedo dar un portazo y desentenderme. Dependo de toda una nación, de millones de almas que me miran, me juzgan y me detestan en silencio o a gritos. No todos piensan como yo, y asumir ese abismo me cuesta la vida, pero es el precio del poder. Mientras pulo los últimos párrafos de mi discurso de investidura, siento la mirada del público como un paredón. El juicio ajeno y una violencia sorda crecen por dentro, devorándome.
Dicen que el teatro es una pequeña ciencia, un invento astuto para huir del horror cotidiano. Como autora del texto, sé perfectamente que es una mentira piadosa: de este horror no hay quién huya, ni siquiera subida a las tablas de mi propia farsa política.
Como actriz que encarna esta ruina, asumo ese poder y su luz cegadora, pero también asumo la herida. Me clavan espinas que hacen sangrar, aunque sea levemente, y finjo que mi piel es de mármol. Pero no lo es. Solo alguien completamente desprovisto de sentimientos saldría indemne de esta exposición pública. Por eso me muestro así, humana y acorralada, balanceándome entre el deseo de dominar y unas ganas desesperadas de mandar todo al carajo, de estar en cualquier otra parte, tal vez follando a todo quisque en lugar de sostener el peso de un Estado.
Y una tiene la convicción de estar haciendo las cosas bien, de verdad lo creo, pero el coste es devastador. Mañana pisaré cristales rotos sobre la alfombra roja que me han tendido. Nadie verá mis cortes; me detendré en un baño de lágrimas que el maquillaje fijará a la perfección antes de salir a escena.
Soy La mujer fascista, devorada por el vértigo y la ruina interior, pero sostendré la compostura suficiente para que nadie lo note. Ni el país, ni el público, ni yo misma. Aunque, después, acabe llorando.
LA MUJER FASCISTA
Autoría: Ana Varela
Dirección: José Juan Rodríguez
Interpretación: Ana Varela
Dirección de producción: La Intemperie Teatro
Espacio: Teatro del Barrio