EL RINCÓN DE LA POESÍA

La belleza de la prosa lírica de Ramón María del Valle-Inclán. II

Nuestro poema de cada día

Fernando Carratalá | Sábado 26 de septiembre de 2026

En este texto de Valle-Inclán, perteneciente a la Sonata de primavera, aparecen cuantos elementos configuran el estilo de la prosa modernista de Valle-Inclán.



[Texto descriptivo sin apenas soporte narrativo: el marqués de Bradomín, en los jardines del Palacio de Brandeso, se pregunta por los sentimientos que hacia él tiene María Rosario].

En el silencio perfumado cantaba un ruiseñor, y parecía acordar su voz con la voz de las fuentes. El reflejo de la luna iluminaba aquel sendero de los rosales que yo había recorrido otra noche. El aire suave y gentil, un aire a propósito para llevar suspiros, pasaba murmurando, y a lo lejos, entre mirtos inmóviles, ondulaba el agua de un estanque. Yo evocaba en la memoria el rostro de María Rosario, y no cesaba de pensar:

-¿Qué siente ella?... ¿Qué siente ella por mí?...

Bajé lentamente hacia el estante. Las ranas que estaban en la orilla saltaron al agua produciendo un ligero estremecimiento en el dormido cristal. Había allí un banco de piedra y me senté. La noche y la luna eran propicias al ensueño, y pude sumergirme en una contemplación semejante al éxtasis. Confusos recuerdos de otros tiempos y otros amores se levantaron en mi memoria. Todo el pasado resurgía como una gran tristeza y un gran remordimiento. Mi juventud me parecía mar de soledad y de tormentas, siempre en noche. El alma languidecía en el recogimiento del jardín, y el mismo pensamiento volvía como el motivo de un canto lejano:

-¿Qué siente ella?... ¿Qué siente ella por mí?...

Ligeras nubes blancas erraban en torno de la luna y la seguían en su curso fantástico y vagabundo. Empujadas por un soplo invisible, la cubrieron y se quedó sumido en sombras el jardín. El estanque dejó de brillar entre los mirtos inmóviles: Sólo la cima de los cipreses permaneció iluminada. Como para armonizar con la sombra, se levantó una brisa que pasó despertando largo susurro en todo el recinto y trajo a mí el aroma de las rosas deshojadas. Lentamente, volví hacia el Palacio: Mis ojos se detuvieron en una ventana iluminada, y no sé qué oscuro pensamiento hizo palpitar mi corazón. Aquella ventana alzábase apenas sobre la terraza, permanecía abierta, y el aire ondulaba la cortina. Me pareció que por el fondo de la estancia cruzaba una sombra blanca. Quise acercarme, pero el rumor de unas pisadas bajo la avenida de los cipreses me detuvo. El viejo mayordomo paseaba a la luz de la luna sus ensueños de artista. Yo quedé inmóvil en el fondo del jardín. Y contemplando aquella luz el corazón latía:

-¿Qué siente ella?... ¿Qué siente ella por mí?...

Ramón María del ValIe-Inclán: Sonata de Primavera.
Barcelona, Austral, 2000.

Apoyo léxico. Mirto. Arrayán: arbusto de la familia de las Mirtáceas, de dos a tres metros de altura, oloroso, con ramas flexibles, hojas opuestas, de color verde vivo, lustrosas, pequeñas, duras y persistentes, flores axilares, solitarias, pequeñas y blancas, y bayas de color negro azulado. Estremecimiento. Movimiento agitado y repentino. Ensueño. Ilusión, fantasía. Éxtasis. Estado del alma caracterizado por cierta unión mística con Dios mediante la contemplación y el amor, y por la suspensión del ejercicio de los sentidos. Languidecer. Adolecer de languidez: flaqueza, debilidad; falta de espíritu, valor o energía. Recogimiento. Acción y efecto de recogerse: retirarse a algún sitio, apartándose del trato con la gente. Errar. Andar vagando de una parte a otra, sin dirección determinada.

La descripción de los jardines del palacio de Brandeso. Toda la escena descrita por Valle-Inclán en el texto precedente es tan bella como convencional; y la lengua, trabajada convenientemente, se ha depurado hasta dar con la forma expresiva más adecuada:

“El aire suave y gentil, un aire a propósito para llevar suspiros, pasaba murmurando, y a lo lejos, entre mirtos inmóviles, ondulaba el agua de un estanque”; “El alma languidecía en el recogimiento del jardín,”; “El viejo mayordomo paseaba a la luz de la luna sus ensueños de artista”…

Reina un ambiente de sosiego: los movimientos son tenues (“y a lo lejos, entre mirtos inmóviles, ondulaba el agua de un estanque”; “Ligeras nubes blancas erraban en torno de la luna”; “el aire ondulaba la cortina”); los ruidos, apagados (“El aire suave y gentil, un aire a propósito para llevar suspiros, pasaba murmurando”; “Las ranas que estaban en la orilla saltaron al agua produciendo un ligero estremecimiento en el dormido cristal”; “Como para armonizar con la sombra, se levantó una brisa que pasó despertando largo susurro en todo el recinto”...).

El léxico refleja el embellecimiento de la realidad tan característico del refinamiento modernista: “silencio perfumado”, “aire suave y gentil”, “ligero estremecimiento en el dormido cristal”, “aroma de las rosas deshojadas”... Imágenes bellísimas y sutiles metáforas inundan el texto: “En el silencio perfumado cantaba un ruiseñor,”; “Las ranas que estaban en la orilla saltaron al agua produciendo un ligero estremecimiento en el dormido cristal.”...; imágenes especialmente decadentes, que contrastan con la riqueza del ambiente: nubes blancas errando en torno de la luna, mirtos, cipreses, rosas deshojadas...

Y uno de los recursos sintácticos que emplea Valle-Inclán y que contribuye a conferir al texto una gran lentitud es la construcción bimembre, que acrecienta, además, la eufonía de la frase: “Todo el pasado resurgía como una gran tristeza y un gran remordimiento”; “Mi juventud me parecía mar de soledad y de tormentas, siempre en noche”; “Ligeras nubes blancas erraban en torno de la luna y la seguían en su curso fantástico y vagabundo”...

[El marqués de Bradomín -“el más admirable de los Don Juanes: Feo, católico y sentimental”- regresa al Palacio de Brandeso, llamado por su prima Concha -que fue su amante-, enferma de tisis, y que, finalmente, morirá en sus brazos].

Concha me llamaba desde el jardín, con alegres voces. Salí a la solana, tibia y dorada al sol mañanero. El campo tenía una emoción latina de yuntas, de vendimias y de labranzas. Concha estaba al pie de la solana:

-¿Tienes ahí a Florisel?

-¿Florisel es el paje?

-Sí.

-Parece bautizado por las hadas.

-Yo soy su madrina. Mándamelo.

-¿Qué le quieres?

-Decirle que te suba estas rosas.

Y Concha me enseñó su falda donde se deshojaban las rosas, todavía cubiertas de rocío, desbordando alegremente como el fruto ideal de unos amores que sólo floreciesen en los besos:

-Todas son para ti. Estoy desnudando el jardín.

Yo recordaba nebulosamente aquel antiguo jardín donde los mirtos seculares dibujaban los cuatro escudos del fundador, en torno de una fuente abandonada. El jardín y el Palacio tenían esa vejez señorial y melancólica de los lugares por donde en otro tiempo pasó la vida amable de la galantería y del amor. Bajo la fronda de aquel laberinto, sobre las terrazas y en los salones, habían florecido las rosas y los madrigales, cuando las manos blancas que en lo viejos retratos sostienen apenas los pañolitos de encaje, iban deshojando las margaritas que guardan el cándido secreto de los corazones. ¡Hermosos y lejanos recuerdos! Yo también los evoqué un día lejano, cuando la mañana otoñal y dorada envolvía el jardín húmedo y reverdecido por la constante lluvia de la noche. Bajo el cielo límpido, de una azul heráldico, los cipreses venerables parecían tener el ensueño de la vida monástica. La caricia de la luz temblaba sobre las flores como un pájaro de oro, y la brisa trazaba en el terciopelo de la yerba, huellas ideales y quiméricas como si danzasen invisibles hadas. Concha estaba al pie de la escalinata, entretenida en hacer un gran ramo con las rosas. Algunas se habían deshojado en su falda, y me las mostró sonriendo:

-¡Míralas qué lástima!

Y hundió en aquella frescura aterciopelada sus mejillas pálidas.

-¡Ah, qué fragancia!

Yo le dije sonriendo:

-¡Tu divina fragancia!

Alzó la cabeza y respiró con delicia, cerrando los ojos y sonriendo, cubierto el rostro de rocío, como otra rosa, una rosa blanca. Sobre aquel fondo de verdura grácil y umbroso, envuelta en luz como diáfana veste de oro, parecía una Madona soñada por un monje seráfico. Yo bajé a reunirme con ella. Cuando descendía la escalinata, me saludó arrojando como una lluvia de rosas deshojadas de su falda. Recorrimos el jardín. Las carreras estaban cubiertas de hojas secas y amarillentas, que el viento arrastraba delante de nosotros con un largo susurro: Los caracoles, inmóviles como viejos paralíticos, tomaban el sol sobre los bancos de piedra: Las flores empezaban a marchitarse en las versallescas canastillas recamadas de mirto, y exhalaban ese aroma indeciso que tiene la melancolía de los recuerdos. En el fondo del laberinto murmuraba la fuente rodeada de cipreses, y el arrullo del agua, parecía difundir por el jardín un sueño pacífico de vejez, de recogimiento y de abandono. Cocha me dijo:

-Descansemos aquí.

Nos sentamos a la sombra de las acacias, en un banco de piedra cubierto de hojas. Enfrente se abría la puerta del laberinto misterioso y verde. Sobre la clave del arco se alzaban dos quimeras manchas de musgo, y un sendero umbrío, un solo sendero, ondulaba entre los mirtos como el camino de una vida solitaria, silenciosa e ignorada. Florisel pasó a lo lejos entre los árboles, llevando la jaula de sus mirlos en la mano.

Concha me lo mostró:

-¡Allá va!

-¿Quién?

-Florisel

-¿Por qué le llamas Florisel?

Ella dijo, con una alegre sonrisa:

-Florisel es el paje de quien se enamora cierta princesa inconsolable en un cuento.

-¿Un cuento de quién?

-Los cuentos nunca son de nadie.

Sus ojos misteriosos y cambiantes miraban a lo lejos, y me sonó tan extraña su risa, que sentí frío. ¡El frío de comprender todas las perversidades! Me pareció que Concha también se estremecía. La verdad es que nos hallábamos a comienzos de Otoño y que el sol empezaba a nublarse. Volvimos al Palacio.

Ramón María del Valle-Inclán: Sonata de Otoño.
Barcelona, Austral, 1999.

Apoyo léxico. Solana. Sitio o lugar donde el sol da de lleno; corredor o pieza destinada en la casa para tomar el sol. Secular. Que dura desde hace siglos. Fronda. Espesura que forman las hojas o ramas. Madrigal. Poema breve, generalmente de tema amoroso, en que se combinan versos de siete y de once sílabas. Cándido. Sencillo, sin malicia ni doblez. Límpido. Limpio, terso, puro, sin mancha. (Adjetivo poético). Azul heráldico. Color azul similar al que figura en los escudos de armas. Venerable. Digno de respeto. Vida monástica. La propia de los monjes que viven en comunidad, en convento ordinariamente fuera de poblado. Quimérico. Fabuloso, que se propone a la imaginación como posible o verdadero, sin serlo. Diáfano. Trasparente, claro. Veste. Vestido. (Nombre poético). Seráfico. De singular hermosura. Carrera. Camino. Versallesco. Con el refinamiento propio de la corte francesa establecida en torno al palacio de Versalles, en el siglo XVIII. Recamado. Con bordado de realce, en el que sobresalen mucho las figuras o adornos ejecutados con la aguja. En el texto -"versallescas canastillas recamadas de mirto"- lo que sobresale son las olorosas hojas de mirto o arrayán). Clave. Piedra con que se cierra el arco. Perversidad. Cualidad de perverso: que corrompe las costumbres o el orden y estado habitual de las cosas. Estremecerse. Sentir un repentino sobresalto en el ánimo.

El fragmento pertenece a una de las obras cumbres de la prosa modernista: la Sonata de Otoño, de Valle-Inclán, cuya acción se sitúa en el marco de una Galicia aristocrática y llena de supersticiones. El Marqués de Bradomín llega en el Palacio de Brandeso, donde acude tras recibir una trágica carta de su antigua amante, Concha , quien le confiesa que está muriendo.

Un leve soporte narrativo -Concha le ofrece rosas al marqués de Bradomín. Ambos pasean por el jardín, hasta que el frío otoñal les hace regresar al Palacio- le sirve a Valle-Inclán de pretexto para describir el ambiente, por medio de una asombrosa conjunción de elementos artísticos -literarios, plásticos, musicales, etc.- que muestran todo el refinamiento de la estética modernista.

El esfuerzo con que ha sido trabajada la lengua es considerable, hasta topar con la forma expresiva más adecuada.

El léxico refleja el embellecimiento de la realidad: vejez señorial y melancólica; manos blancas que en los viejos retratos sostienen apenas pañolitos de encaje; el cielo límpido, de un azul heráldico; los cipreses venerables parecían tener el ensueño de la vida monástica; las flores empezaban a marchitarse en las versallescas canastillas recamadas de mirto...

Abundan las palabras llenas de colorido: solana dorada al sol mañanero; las manos blancas; las mañana otoñal y dorada envolvía el jardín húmedo y reverdecido; el cielo límpido, de un azul heráldico; el terciopelo de la yerba; obre aquel fondo de verdura grácil y umbroso, envuelta en la luz como en diáfana veste de oro...

También abundan las palabras de grata musicalidad, especialmente las esdrújulas: vejez señorial y melancólica; jardín húmedo y reverdecido; el cielo límpido, de un azul heráldico; la vida monástica; un pájaro de oro; huellas ideales y quiméricas; mejillas pálidas; diáfana veste de oro; monje seráfico; caracoles inmóviles como viejos paralíticos...

La adjetivación es riquísima, hasta el punto de que apenas hay nombres que no vayan acompañados de un adjetivo: alegres voces; sol mañanero; fruto ideal; antiguo jardín; mirtos seculares; fuente abandonada; vida amable; manos blancas; viejos retratos; cándido secreto; día lejano; cielo límpido; cipreses venerables; vida monástica...

Resultan frecuentes las parejas de adjetivos pospuestos al nombre: solana tibia y dorada; vejez señorial y melancólica; mañana otoñal y dorada; jardín húmedo y reverdecido; huellas ideales y quiméricas; fondo de verdura grácil y umbroso; hojas secas y amarillentas...

Además de la fórmula fija “nombre + adjetivo + adjetivo”, confieren un ritmo lento al texto las construcciones trimembres -series de tres adjetivos o de tres complementos-, típicas de la prosa de Valle-Inclán: El campo tenía una emoción latina de yuntas, de vendimias y de labranzas; el arrullo del agua parecía difundir por el jardín un sueño pacífico de vejez, de recogimiento y de abandono; un solo sendero ondulaba entre los mirtos como el camino de una vida solitaria, silenciosa e ignorada.

Crea Valle-Inclán imágenes bellísimas y metáforas sutiles. Sirvan, como ejemplo de lenguaje metafórico exquisito, estos dos párrafos:

Bajo el cielo límpido, de un azul heráldico, los cipreses venerables parecían tener el ensueño de la vida monástica. La caricia de la luz temblada sobre las flores como un pájaro de oro, y la brisa trazaba en el terciopelo de la yerba, huellas ideales y quiméricas como si danzasen invisibles hadas. [...]

Los caracoles, inmóviles como viejos paralíticos, tomaban el sol sobre los bancos de piedra: Las flores empezaban a marchitarse en las versallescas canastillas recamadas de mirto y exhalaban ese aroma indeciso que tiene la melancolía de los recuerdos. [...]

Nada rompe el hálito de calma y apacible encanto que se desprende de esta prosa, repleta de vocablos cuya significación está cargada de blancura y estatismo, de vocablos que sugieren sosiego, tranquilidad, silencio. Los movimientos son tenues (la danza de hadas invisibles, el deshojarse de las rosas...); los ruidos, apagados (el murmullo de la fuente, el arrullo de agua...).

En suma, Valle-Inclán exhibe en esta página un arte plástico y musical que apura, con prodigioso dominio, las posibilidades expresivas del idioma. Todo es bello, aunque poco convincente, porque el sentimiento amoroso de los protagonistas -Concha y su primo, el marqués de Bradomín- resulta retórico, al estar demasiado disfrazado de literatura.

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