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Nuestro poema de cada día
ÍÑIGO LÓPEZ DE MENDOZA, MARQUÉS DE SANTILLANA (1398-1458)
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ÍÑIGO LÓPEZ DE MENDOZA, MARQUÉS DE SANTILLANA (1398-1458)

La aristocrática elegancia de las “serranillas” del Marqués de Santillana

Íñigo López de Mendoza (Carrión de los Condes, 1398-Guadalajara, 1458), a la par que militar y hombre político, fue un notable poeta y un apasionado humanista que realizó una prolífica obra literaria. Asistió a la batalla de Olmedo (1445), al lado de Juan II, lo que le valió los títulos de Marqués de Santillana y Conde del Real de Manzanares.

Marqués de Santillana, Íñigo López de Mendoza: Poesías completas, I. Madrid, Ediciones Castalia, 2010. Colección Clásicos Castalia. Manuel Durán, editor literario.
Marqués de Santillana, Íñigo López de Mendoza: Poesías completas, I. Madrid, Ediciones Castalia, 2010. Colección Clásicos Castalia. Manuel Durán, editor literario.

Sus obras doctrinales en verso Diálogo de Bías contra Fortuna -brillante exposición de moral estoica, compuesta con motivo de la persecución, por parte de Álvaro de Luna, del Conde de Alba, pariente del autor- y Doctrinal de privados -obra en la que, después de muerto, Álvaro de Luna hace, arrepentido, confesión pública de todos sus desmanes, por lo que se le permite gozar del Paraíso- señalan de manera inequívoca el odio de López de Mendoza a Álvaro de Luna, el privado de Juan II, a cuya caída contribuyó de forma directa. El propio escritor justifica con estas palabras su doble condición de militar e intelectual dedicado al estudio y a su obra literaria: “La sciencia no embota el fierro de la lança nin face floxa la espada en la mano del caballero”.

Y aun cuando la producción en verso del Marqués de Santillana es muy variada (aparte de las obra doctrinales ya señaladas, compuso otras de carácter alegórico, como El infierno de los enamorados y La comedieta de Ponza; y también italianizantes: los Sonetos fechos al itálico modo), vamos a centrarnos en su lírica trovadoresca y, en concreto, en las “serranillas”.

El Centro Virtual Cervantes nos proporciona en el siguiente enlace el texto de las diez “serranillas”:

https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/serranillas--0/html/001ff002-82b2-11df-acc7-002185ce6064_2.html

Y de estas “serranillas” presentamos dos: la III (“Illana, la serrana de Lozoyuela”) y la VII (“La vaquera de la finojosa”).

Illana, la serrana de Lozoyuela
Después que nascí,
non vi tal serrana
como esta mañana.
Allá en la vegüela
a Mata el Espino,
en ese camino
que va a Lozoyuela,
de guissa la vi
que me fizo gana
la fruta temprana.
Garnacha traía
de oro, presada
con broncha dorada,
que bien relucía.
A ella volví
e dije: «Serrana,
¿si sois vos Illana?»
«Sí soy, caballero;
si por mí lo habedes,
decid, ¿qué queredes?,
fablad verdadero».
Respondile así:
«Yo juro a sant’Ana
que non sois villana».

Marqués de Santillana, Íñigo López de Mendoza: Poesías completas, I.

Madrid, Ediciones Castalia, 2010. Colección Clásicos Castalia.

Apoyo léxico.

Vegüela. Veguilla, vega pequeña. De guissa. De manera. Garnacha. Ropaje largo y amplio que cubre gran parte del cuerpo hasta los talones. Presada. Sujeta con presilla o broche. Broncha. Adorno de metales o piedras preciosas. Habedes. Forma arcaica de “habéis”. Villana. Habitante de la villa o aldea, a distinción de noble o hidalga.

Las “serranillas” del Marqués de Santillana -a las que debe su popularidad, y no a los casi olvidados poemas doctrinales y alegóricos- se inscriben en el ámbito de la poesía trovadoresca, a la manera provenzal y galaico-portuguesa, género este muy difundido por toda la Europa del siglo XII. Las serranillas versifican el encuentro de una pastora (por eso se llamaron “pastorelas/‘pastourelles’ en Francia) y un caballero en un delicioso paisaje agreste. Este solicita en amores a la muchacha, que por lo general se niega, alegando su desigual condición social (el idilio se consuma en muy pocos casos).

El ritmo ligero de los versos cortos, de grata musicalidad -todos son hexasílabos, e incluso se usa el diminutivo para facilitar la rima: “vegüela/Lozoyuela!”-, la idealización de la figura de la serrana -ricamente vestida, con un atavío y porte que no son propios de una muchacha de aldea, y cortésmente tratada-…, todo ello es una herencia lejana del arte trovadoresco, al que el Marqués de Santillana insufla su sesgo aristocrático. En un rápido diálogo, la muchacha le reconoce al caballero que es villana, pero este no la cree, y tan convencido está de ello que lo jura por Santa Ana. La serranilla termina sin saber que es lo que pretende el caballero: “decir, qué queredes?, / fablad verdadero”. Porque la demanda amorosa del caballero requeriría igualdad en la clase social, y de ahí su convencimiento de que no es villana.

Pero si hay una serranilla conocida es la número VII, en la que la vaquera de la Finojosa rechaza las insinuaciones amorosas del caballero. Este es el texto:

La vaquera de la Finojosa
Moza tan fermosa
non vi en la frontera,
com’una vaquera
de la Finojosa.
Faciendo la vía
del Calatraveño
a Santa María,
vencido del sueño,
por tierra fraguosa
perdí la carrera,
do vi la vaquera
de la Finojosa.
En un verde prado
de rosas e flores,
guardando ganado
con otros pastores,
la vi tan graciosa,
que apenas creyera
que fuese vaquera
de la Finojosa;
non creo las rosas
de la primavera
sean tan fermosas
nin de tal manera,
fablando sin glosa,
si antes supiera
de aquella vaquera
de la Finojosa;
Non tanto mirara
su mucha beldad,
porque me dejara
en mi libertad.
Mas dije: «Donosa
-por saber quién era-,
¿dónde es la vaquera
de la Finojosa?»
Bien como riendo,
dijo: «Bien vengades,
que ya bien entiendo
lo que demandades;
non es deseosa
de amar, nin lo espera,
aquesa vaquera
de la Finojosa».

Apoyo léxico.

Fermosa. Forma anticuada de “hermosa”. Faciendo la vía. Caminando, yendo de viaje. Fraguosa. Intrincada, llena de maleza. Perdí la carrera. Me extravié. Do vi. Por lo cual vine a ver. Fablando sin glosa. Hablando sencillamente, sin circunloquios ni exageraciones. Donosa. Graciosa. Vengades. Forma anticuada de “vengáis”. Demandades. Forma anticuada de “demandáis”: preguntáis.

Nuevamente el yo poético es un caballero que relata cómo “faciendo la vía / del Calatraveño / a Santa María”, y habiéndose extraviado, se encontró a una vaquera a la que “parece” que va a requerir en amores y, antes que nada, le pregunta por su condición social (“por saber quién era”). Y la rápida respuesta de la vaquera no se hace esperar, ya que de forma contundente y a la vez irónica, rechaza la indirecta proposición amorosa del caballero (“non es deseosa / de amar, nin lo espera, / aquesa vaquera / de la Finojosa»).

Muy conseguida está la idealización bucólica -que no es propia de la literatura medieval castellana, ya que nos encontramos ante un “locus amoenus” típicamente renacentista: “En un verde prado / de rosas e flores”-; si bien, no resulta complicado ubicar el lugar del encuentro entre el caballero y la vaquera. Esa “frontera” que se cita en el poema es la andaluza que separaba tierras cristianas y moras. De hecho, el Puerto del Calatraveño -en la carretera que va desde Almadén a Córdoba, distante apenas 30 kms de Hinojosa- debe su nombre a la influencia de la todopoderosa Orden de Calatrava, que convertía este paso natural en una de las rutas bajo su control; Orden en la que la influencia política del Marqués de Santillana se hizo notar ostensiblermente.

Véase, al respecto, el artículo de José Aumente Rubio titulado “Faciendo la vía del Calatraveño…”, y publicado en “Córdoba”, el 23 de febrero de 2025:

https://www.diariocordoba.com/agricultura-medio-ambiente/2025/02/23/faciendo-vida-calatraveno-114580525.html

Y nos quedamos con el asombro del caballero que quedó prendado ante la belleza de aquella vaquera que encontró en un grato lugar campesino “cuidando ganado / con otros pastores”. Lo dice con delicada precisión: “Non creo las rosas / de la primavera / sean tan fermosas / sin de tal manera, / fablando sin glosa, / si antes sopiera / de aquella vaquera / de la Finojosa.” (es decir: si antes hubiera sabido de la existencia de aquella vaquera, las rosas no me hubieran parecido tan hermosas). También nos quedamos con la gracias y musicalidad de unos ágiles versos hexasílabos con sencillas rimas consonantes que difunden armonía al conjunto del poema.

Lo que está claro es la diferencia que hay entre las serranas del Libro de Buen Amor, del Arcipreste de Hita, que son caricaturas grotescas llenas de rudeza y sin el menor refinamiento, y la elegancia de las serranillas del Marqués de Santillana. Si aquellas son algo toscas y agresivas, esquivas y en ocasiones semisalvajes, la de López de Mendoza adquieren una delicada estilización que eleva estas poesías a una perfección difícilmente superable en la lírica popular.

Véase Claudia I. Sánchez Pérez: “De las serranas a las serranillas, como personajes literarios femeninos. Del Arcipreste de Hita al Marqués de Santillana”.

https://cvc.cervantes.es/literatura/arcipreste_hita/04/s_perez.htm

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