FIRMA INVITADA

El fin de la fiesta

Sofía Castillón
Osvaldo Gallone | Viernes 02 de enero de 2026
Bien sabido es el estrecho vínculo que une el concepto de fiesta con el de tiempo: la fiesta constituye una tregua, un paréntesis, una ruptura: rompe la rutina cotidiana, la noria de los días y horada el muro uniforme y aparentemente impenetrable del tiempo: una bocanada de aire fresco aspirado en el marco del sofocante tiempo quevediano, aquel que no vuelve ni tropieza. El primer rasgo distintivo de esta fiesta porteña (Pinap Editora, Buenos Aires, 2025, 125 páginas), de la poeta argentina Sofía Castillón, es que, bien lejos de eximirlo, arroja al lector al implacable curso del tiempo.


Porque es una fiesta donde aquello que se deja ver no son el tejido de las guirnaldas o los centros florales de mesa, sino el macilento paisaje de los ceniceros sucios y las copas demediadas; es una fiesta que bien lejos está del éxtasis dionisíaco, sino que más bien se emparenta con el pálido deterioro que informa la resaca. Bien claro se advierte en un poema harto ilustrativo a este respecto que se titula “La fuerza”, donde Penélope teje y desteje con manos laboriosas, pero es una urdimbre que no alude al retorno del ser amado y añorado, sino a la muerte.

La lista de invitados a la fiesta es heteróclita y no deja de sorprender: el Pelida Aquiles, Julieta Capuleto, el rey Edipo, el joven Werther, Borges y Sigmund Freud, entre otros. Se opera aquí de modo transparente un fenómeno que calificaremos de impregnación (y subrayamos, a riesgo de ser cargantes: impregnación, no influencia. La impregnación nada tiene que ver con el continuismo mimético y, las más de las veces, deliberado, sino con el punto de confluencia en el que se encuentran las estéticas de dos escritores que bien pueden ignorarse mutua y recíprocamente; la impregnación se consuma al margen de épocas, escuelas y generaciones). En Manhattan Song: cinco poemas occidentales, publicado originalmente en al año 2010, el poeta argentino Luis Benítez, en el poema “Garbo’s building”, describe la comunidad imposible y variopinta que ocupa un edificio: “Demostrando que en un mismo tiempo / Viven Epicuro y Alcestes, Jorge Washington y Lincoln.” Tanto Castillón como Benítez recurren a una transposición temporal que no se arraiga, naturalmente, en el tiempo cronológico, sino en el tiempo poético: único espacio donde puede tener lugar el encuentro del joven Werther y Sigmund Freud, de Homero y Jorge Washington. Poco importa aquí la prelación cronológica y menos importancia comporta aún si Castillón ha leído o no el aludido y notable libro de Luis Benítez: la impregnación abreva en la convergencia de dos sensibilidades que no se preceden ni se traslapan, sino que se intersecan en un privilegiado punto de encuentro.

Castillón maneja con ponderable pericia una mixtura de significantes que deriva en imágenes de inequívoca potencia poética: “es el lunes mezclándose como una piedra en el / parque”, “un tropel de pies ciegos”, “En mi lengua se queman mariposas”, “La humedad en la sala es el residuo de una respiración antigua”, “un grito que se muerde con encías vacías”.

Si el poeta (si el escritor) nada se pregunta, jamás verá asomarse en su horizonte estético la más ligera sombra de problematicidad (a cambio de tal tranquilidad, escribirá textos donde toda irrelevancia tiene su asiento: no escasean, sino más bien abundan). Pero a poco que se interrogue, asumirá resignadamente y junto con Hegel, que las cuatro letras de la palabra mesa jamás alcanzarán a ese mueble de cuatro patas, que la palabra siempre es insuficiente, pero que también es el único recurso del que disponemos para nombrar y nombrarnos. Tal es el caso de la poesía de Castillón: “la palabra agua no puede mojar más que el agua”, “una palabra que huele borroso”, “Tantas veces ofrecí mi saco de carne / y la palabra sal no apareció en la mesa”, “Las palabras son siempre palabras. Si digo sangre no se siente el hierro caliente en la boca. Si digo patria las hordas no se estremecen, ni se liberan como esclavos, ni cantan sus rutinas al reloj.”

En el “Prólogo”, Castillón señala: “Antes, poetas eran quienes se dedicaban a sentir y pensar. Hoy, hablan con slogans en una publicidad que no funciona: se recuerda el chiste pero no el producto.” En correspondencia con este señalamiento, el poema “Cumbia” expone el horror al ritmo de cumbia: es una metáfora inmejorable de los tiempos que, más que vivir, padecemos; un tiempo en el que la palabra intelectual se ha convertido en un calificativo desdoroso.

Injusto sería no añadir que las ilustraciones de Jeannette Ujueta se acompasan a la perfección con la letra de Sofía Castillón.

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