El diccionario tembló, el intelectual burgués rasgó vestiduras, mis huesos se sacudieron, mis nietas, las nietas que estaban viendo el espectáculo en el medio tiempo del Super tazón, rieron, cantaron, existieron.
El Conejo Malo entró a la cancha.
No, más allá de él, los indocumentados entraron a escena, entraron a las casas en los Estados Unidos.
Los de piel canela entraron a brillar bajo las luces; se acabó el apagón, las mujeres reivindicaron su cuerpo, su derecho a la alegría, a perrear y a enfrentar a sus acosadores.
Anoche los sin casa estuvieron bajo techo en las mansiones, en los departamentos, en las vitrinas. Los sin casa tuvieron techo y ocuparon el sillón de honor en los salones. 135 millones de espectadores les observaban.
Anoche su idioma resonó sin miedo a lo largo y ancho de los Estados Unidos, a lo largo y ancho de los corazones.
Anoche los de abajo existieron e hicieron retroceder el miedo; el hielo se derritió avergonzado.
Anoche las nuevas palabras --buenas palabras-- las palabras de la calle, bailaron riendo en nuestros corazones y la humilde casa de cemento salió de los diccionarios y las tarjetas postales a vivir; lengua viva, lengua que permanece, lengua que pertenece.
No solamente estamos, somos.
Anoche vivimos un momento de respiro y de decencia, anoche no entró el Conejo Malo, anoche entramos y dijimos: existimos y somos parte, en cualquier lugar del mundo. Existimos y somos parte.
¡Gracias, Conejo Malo!