Machado emplea aquí una combinación poética muy personal: la “silva arromanzada”: conjunto de 14 versos -en este caso- con rima asonante en los pares (/é-a/) y en los que se agrupan diez endecasílabos y cuatro heptasílabos (versos 1, 3, 4 y 10), organizado de acuerdo con el ritmo que el poeta ha considerado más adecuado para obtener una suave musicalidad. Adviértase que la adjetivación empleada para caracterizar la naturaleza se va haciendo progresivamente más dura (plateadas, grises, cárdenas, oscuros, ariscos, calvas...); pero en su austeridad -rayana con el misticismo- radica la belleza con que Machado la contempla, y el amor que por ella siente. En ese contexto emocional hay que situar la feliz imagen, de enorme plasticidad, “por donde traza el Duero / su curva de ballesta / en torno a Soria” (versos 3, 4 y 5), y que justifica también la presencia del adjetivo “guerrera” (del verso 8), aplicado a Soria. La identificación, tan literaria, por otra parte, entre “tristeza” -vocablo repetido al final del verso diez y al principio del verso 11 (anadiplosis)- y “amor” (verso 11) es el resultado del abandono de unas tierras que Machado lleva incorporadas a su alma (“en el fondo / del corazón”, versos 9 y 10, que conforman un expresivo encabalgamiento-; “conmigo vais” -verso 13-). El cierre de la silva arromanzada con los mismos versos con que empieza -aunque organizados de forma diferente y rematados por puntos suspensivos- aumenta el clímax emocional y la capacidad evocadora de la palabra poética de Machado.
VIII
Nueva silva arromanzada con idéntica rima asonante en los pares (/é-a/), integrada ahora por veinte versos: 16 endecasílabos y cuatro heptasílabos (los versos 4, 5, 10 y 18, sabiamente distribuidos a efectos rítmicos). Y al ritmo del texto contribuyen los abundantes encabalgamientos: “ribera / del Duero” (versos 2 y 3), “murallas viejas / de Soria” (versos 4 y 5), “barbacana [metafóricamente, baluarte, bastión] / hacia Aragón” (versos 5 y 6), “en sus cortezas / grabadas” (versos 10 y 11), “nombres / de enamorados” (versos 11 y 12), “liras / del viento” (versos 15 y 16), “cerca del agua / que corre...” (versos 17, 18, que constituyen un encabalgamiento oracional). Y la adjetivación, por lo demás escasa, ha perdido ahora su anterior dureza: “álamos dorados” (verso 1), “murallas viejas” (verso 4), “castellana tierra” (verso 6), “hojas secas” (verso 8), “viento perfumado” (verso 16).
Y en la contemplación de este paisaje soriano encuentra Machado una manifestación de amor, ya que por ese “camino en la ribera / del Duero, entre San Polo y San Saturio” (versos 2 y 3) transcurrieron felices tardes junto a su joven esposa Leonor izquierdo; y de ahí que repare en que las cortezas de los chopos tienen grabados nombres y fechas de parejas de enamorados (versos 10 y 12); y que esos “álamos dorados” (verso 1) sean vistos como “álamos del amor” (verso 13); más aún, sus ramas, pobladas de ruiseñores (verso 14), volverán a convertirse cada primavera en “liras / del viento perfumado” (versos 15 y 16; conviene recordar que Orfeo, con la música de su lira, era capaz no solo de calmar a las bestias salvajes, sino incluso de mover los árboles y rocas y detener el curso de los ríos).
La emoción lírica va subiendo de tono precisamente en los ocho últimos versos de la silva arromanzada, claramente percibida por los signos de exclamación. Por dos veces se refiere Machado a los álamos como “álamos del amor” (versos 13 y 17) que dan frondosidad a las márgenes del Duero, un río cuyas aguas son adecuadas para la ensoñación ilusionada. En este sentido, el polisíndeton del verso 18, referido al Duero, “que corre y pasa y sueña”, aporta a la descripción efectuada por Machado una atmósfera emotiva que alcanza su punto culminante en el último verso y que, en cierto modo, retoma la parte VII del poema: “conmigo vais, mi corazón os lleva” (además de “colinas plateadas, / grises alcores, cárdenas roquedas...).
IX
Pocas veces se ha logrado en la poesía de nuestro tiempo una emoción tan lírica como sostenida y tan desprovista de hojarasca retórica como en estos sugestivos versos. Esta silva arromanzada se compone ahora de 12 versos, con -de nuevo- rima asonante /é-a/ en los pares; versos de los cuales ocho son endecasílabos y cuatro -otra vez- heptasílabos (los versos 5, 6, 7 y 11). Y de nuevo la interiorización amorosa de las tierras sorianas que acompañan a Machado (“conmigo vais” -verso 1-, “me habéis llegado al alma” -verso 7-) queda expresada con una adjetivación fuertemente connotativa: a veces, enmarcando un nombre (“alto llano numantino” -verso 9-); otras veces, formando parte de quiasmos que originan encabalgamientos (“verde sueño / del suelo gris y de la parda tierra” -versos 3 y 4; “agria melancolía / de la ciudad decrépita” -versos 5 y 6); y también por medio de una interrogación retórica de carácter intimista: “¿o acaso estabais [tierras sorianas] en el fondo de ella [de mi alma]?” -verso 16-. Y en los cuatro últimos versos, que constituyen la culminación climática no solo de esta parte IX del poema, sino también de la VII y de la VIII, recurriendo a la optación -es decir, a la manifestación vehemente del deseo de que algo suceda-, pide alegría, luz y riqueza -verso 20- para las gentes sorianas “que a Dios guardáis como cristianas viejas”-verso 18-, aludidas con una metonimia de la parte por el todo: “gentes del alto llano numantino” -verso 17-, y por medio del sol de España convertido en un don benéfico -verso 19-. Precisamente el verso 20 es un endecasílabo melódico y polipausado -“os llene / de alegría, de luz y de riqueza”- que descansa en una triada nominal que recoge a la perfección y con toda intensidad los anhelos del poeta para sus convecinos, a los que se lleva también, junto a sus tierras, “en el fondo del alma”.