Recitado del poema por la propia autora.
https://www.poesi.as/reciji19002.htm
Digitalización de la edición de 1963 publicada en Montevideo por el Ministerio de Instrucción Pública y Previsión Social en la Biblioteca Artigas. Colección Clásicos uruguayos, volumen núm. 42, con prólogo de José Pereira Rodríguez:
Y este es el poema -“Las lenguas de diamante”- que da título al libro y lo encabeza:
https://www.poesi.as/ji19001.htm
Ibarbourou publicó Las lenguas de diamante cuando tan solo contaba 22 años de edad, y el libro alcanzó de forma inmediata un gran éxito nacional e internacional. Está dedicado a su marido, inspirador de su poesía desde la época del noviazgo. La obra se aparta por completo de los cánones modernistas, y aborda la temática amorosa insuflándole un vivo erotismo -algo inusual en su entorno y época, en una sociedad regida por principios morales de ascendencia católica-, a la vez que da entrada a la naturaleza en toda su fecundidad como fuente de inspiración poética, compartida, por tanto, con el impulso erótico.
En esta misma revista digital publicamos el 6 de septiembre de 2025 un artículo titulado “Juana de Ibarbourou: La voz poética que conquistó el siglo XX en Hispanoamérica” en el que analizamos el sexto de los poemas de esta obra, “La hora”; artículo al que se tiene acceso en el siguiente enlace:
El tema de la persistencia del amor -más bien de su trascendencia, por decirlo con toda propiedad- ha sido un tópico literario que ha atraído a los poetas, Quizá una de sus expresiones más logradas sea la del soneto de Francisco de Quevedo que comienza con el verso “Cerrar podrá mis ojos la postrera…”, y del que Pedro Jauralde Pou nos ha dejado una detallada explicación:
https://cvc.cervantes.es/literatura/quevedo_critica/p_amorosa/jauralde.htm
Y también afronta el tema, por ejemplo, Antonio Machado, cuando ya no le acompaña Leonor Izquierdo, fallecida el 1 de agosto de 1912; y en Campos de Castilla escribe: “Dice la esperanza: un día / la verás, si bien esperas. / Dice la desesperanza: / sólo tu amargura es ella. / Late, corazón… No todo / se lo ha tragado la tierra”. De este breve poema nos ocupamos en el artículo titulado “El llanto por la esposa perdida, II. Antonio Machado en Baeza”, y publicado en esta misma revista digital el ** de ** de 2026. Se accede a él en este enlace:
Y ahora es Juana de Ibarbourou la que, en el segundo poema de Las lenguas de diamante, aborda, desde una original perspectiva personal, este tema, en el conocido poema “La pequeña llama”; un poema en el que la voz poética es la de la propia protagonista, que se impregna de espíritu horaciano en una sublime interpretación del “non omnis moriar (“No moriré del todo”), tal y como se explicita en el último terceto que sustenta todo el poema.
El poema es un soneto en versos alejandrinos, divididos en dos hemistiquios heptasilábicos por una censura central. Los cuartetos presentan distintas rimas consonantes: ABBA / CDDC:
A: versos 1, 4, /áje/ (“salvaje/viaje”);
B: versos, 2, 3, /-óge/ (“sobrecoge/recoge”);
C: versos 5, 8, /-ósas/ (“temblorosas/rosas”);
C: versos 6, 7, /-énas/ (“buenas/azucenas”);
Y en cuanto a los tercetos, esta es la distribución de sus rimas consonantes: EFE / GFG:
E: versos 9, 11, /-éra/ (“fuera/hoguera”);
F: versos 10, 13, /-íta/ (“medita/infinita”);
G: versos 12, 14, /-ádo/ (lado/desolado”).
El tipo de verso elegido -alejandrino-, su carácter esticomítico -todos se cierran con pausa versal- y la abundancia de pausas (son pausados los versos 7 y 8, y polipausados los versos 4, 5, 10 y 12- hacen que el ritmo del poema se vuelva lento y majestuoso. También contribuye a acrecentar la lentitud la abundancia de adjetivos: “pequeña” (verso 2), “pequeñitas, azules, temblorosas” (verso 5), taciturnas y buenas (verso 6), “blancas” (verso 7), “rojas (verso 8); “transformado (verso 11, con valor predicativo), “ pequeña” (verso 13), “infinita (verso 13), “largas” (verso 14) “desolado” (verso 14); trece adjetivos, en total.
Uno de los ejes semánticos del poema lo constituye la palabra “luz” (versos 1 -terminación aguda del primer hemistiquio- y 9), a la que hay que agregar una serie de vocablos que implican luminosidad: “llama” (versos 2 y 13), “lumbre” (verso 3), “fulgores” (verso 7), “hoguera” (verso 11); y por otra parte, los colores seleccionados como calificativos [de almas] son diáfanos: “azules” (verso 5), “blancas” (verso 7), “rojas” (verso 8). Sin duda, y a jugar por el contenido de los cuartetos, la poetisa tiene una concepción neoplatónica de la luz que, más allá de un fenómeno físico, es una bella manifestación de lo divino. Y siente por ella un “amor de salvaje” (verso 1); es algo que le “encanta y sobrecoge” (verso 2), y por la que manifiesta respeto y adoración (verso 9: “Yo respeto y adoro la luz”); es como un ser vivo con capacidad para el sentimiento y el pensamiento (verso 10: “Una cosa que vive, que siente, que medita”; adviértase que la construcción iterativa “que+verbo” tiene un valor intensificador). Porque esa luz, la de “una pequeña llama” será la que, muerta la poetisa, y revestida de “dulzura infinita” (verso 13, que cierra una delicada sinestesia en la que entremezclan sensaciones cromáticas -el fulgor de la llama- y un sentimiento de ternura desbordado) acompañe las “largas noches de [su] amante desolado”, Esa “pequeña llama” se convierte, así, en una especie de antídoto para hacer más llevadera la desolación de la ausencia. Y en este segundo terceto, con desbordada emotividad, la poetisa da el salto de lo terrenal a lo espiritual, ayudada por la luz que irradian las almas en su viaje celestial, según se desprende del segundo cuarteto.
Repasemos estrofa por estrofa para bucear en aspectos relevantes de su contenido y en la forma en que se expresa. El primero de los versos presenta la construcción “un amor de salvaje” (“Yo siento por la luz un amor de salvaje). Aparentemente, dicha construcción es similar a la de “amor salvaje”, en la que el adjetivo especificativo califica directamente al nombre: “amor salvaje” significa “amor irrefrenable”. Sin embargo, en “un amor de salvaje” el adjetivo ha quedado sustantivado (“un amor propio de un salvaje”), lo que le da mayor fuerza a la expresión, presentando así el amor como algo del todo incontrolado, que es lo que la poetisa siente ante la luz, Y una enorme plasticidad tiene la comparación de “cada lumbre” -en particular- con el “cáliz que recoge / el calor de las almas que pasan de viaje” (versos 3-4). Precisamente la interrogación retórica que abarca los versos 3 y 4 no es sino una afirmación implícita con mayor fuerza comunicativa: “¿No será, cada lumbre, un cáliz que recoge
el calor de las almas que pasan en su viaje?”. Lo que está claro es que el simbolismo de los vocablos “lumbre” y “calor” indirectamente está reforzando la intensidad del “amor de salvaje” que la poetisa siente por “la luz”.
Sin necesidad de entrar en las teorías ontológicas de Plotino, Ibarbourou presenta en el segundo cuarteto el “viaje astral” de las almas, que reflejan la luminosidad -y belleza- de su origen divino. Y para ello, con juvenil candor, clasifica las almas en varios tipos, siempre con el color como fundamento y el uso del adjetivo, con su fuerza descriptiva: las “pequeñitas, azules y temblorosas” (verso 5), igual que las “taciturnas [silenciosas] y buenas” (verso 6); y en la descripción de otros dos tipos de almas se recurre a la comparación implícita con base en el color: “almas casi blancas” como “fulgores de azucena” (Verso 7; es decir, que el blanco es muy resplandeciente e impoluto -“fulgores”-, y de ahí la comparación con la azucena: y las hay “casi rojas”, como “las rosas” (verso 8, en el que las rosas están espiritualizadas). Y no deja de ser curiosa la presencia del adverbio “casi” [con muy poca diferencia]: “almas casi blancas/almas casi rojas”. Adviértase, por otra parte, el perfecto paralelismo rítmico y morfosintáctico de los versos 7 y 8, en el que, además, los dos puntos sirven para separar los hemistiquios de los alejandrinos:
Hay (A1) otras (B1) casi (C1) blancas (D1): fulgores (E1) de (F1) azucenas (G1)”.
Hay (A2) otras (B2) casi (C2) rojas (D2): espíritus (E2) de (F2) rosas G2)”.
En el primer terceto, Ibarbourou insiste en su profunda admiración y veneración por la luz (verso 9), comparándola con un ser animado, y para ello recurre a la triada asindética “que+verbo en presente de indicativo” con un simultáneo valor ilativo e intensificador (verso 10: “que vive, que siente, que medita”; luz que, transformada en hoguera, nos observa (verso 11: “Un ser que nos contempla transformado en hoguera”).
Y se llega así al segundo terceto, al que han conducido todos los versos anteriores para llevar el poema a un final cuanto menos original: una vez muerta la poetisa, permanecerá al lado de su amante como “una pequeña llama” que compensa la desolación de su ausencia. Dos palabras le han bastado a la Ibarbourou para expresar los sentimientos de la pareja: frente a su “dulzura infinita”, las “largas noches” de un “amante desolado” (versos 12-14).