La galería de personajes femeninos creados por la sensibilidad artística de García Lorca es copiosa, tanto en su producción poética como teatral.
Mujeres con un elevado sentido de la libertad, como la liberal Mariana Pineda, ejecutada durante la restauración absolutista de Fernando VII, y protagonista de Mariana Pineda. Romance popular en tres estampas, obra escrita en 1926.
Mujeres capaces de superar con amor los conflictos matrimoniales creados por los convencionalismos sociales -tal es el caso de la joven casada con un viejo zapatero, protagonista de La zapatera prodigiosa: farsa violenta de dos actos, estrenada en Madrid en 1930, con Margarita Xirgu (como zapatera) y Alejandro Maximino (como zapatero).
Mujeres como Soledad Montoya, símbolo de la sexualidad femenina que encarna la angustia del pueblo gitano, tan bien reflejada en el Romance de la pena negra.
Mujeres como Doña Rosita la soltera, que representa “la vida mansa por fuera y requemada por dentro de una doncella granadina que, poco a poco, va convirtiéndose en esa cosa grotesca y conmovedora que es una solterona en España” (el título completo de la otra teatral es Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores, estrenada en Barcelona, en 1935).
O mujeres adúlteras, como la protagonista del romance La casada infiel, de la que un gitano por ella seducido, tras consumar el acto sexual, no quiere enamorarse “porque me dijo que era mozuela [soltera] / cuando la llevaba al río”.
Esta relación de mujeres -en su mayoría infelices- es ampliable. Reecordemos las protagonistas, por ejemplo, de Bodas de sangre, obra escrita en el año 1931, y estrenada en Madrid en 1933.
O de Yera, de 1934, cuya protagonista no puede alcanzar la maternidad.
O de La casa de Bernarda Alba -que aunque fue escrita en 1936, su publicación y estreno tuvieron que esperar hasta 1945, estreno acontecido en Buenos Aires-. En todas estas obras hay extraordinarios pasaje líricos y una intensa fuerza dramática que confiere a los personajes, ambientes y conflictos una innegable dimensión real.
Y puestos a elegir, nos vamos a fijar en un personaje femenino: la protagonista de Rosita la soltera. Nuestro enfoque no va a ser de tipo sociológico, sino exclusivamente estético y lingüístico: nos interesa el García Lorca maestro de la metáfora de corte surrealista compatible con un habilísimo manejo del romance de corte genuinamente tradicional. A la pieza teatral Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores -escrita entre 1934 y 1935, y ubicada en el ambiente provinciano granadino novecentista- pertenece este poema, en el que por medio de la metáfora, García Lorca recrea un tema de larga tradición literaria, cual es la duración efímera de la rosa, comparable a la de la vida humana; la rosa -que es roja por la mañana, se pone blanca a la, caída de la tarde, y se deshoja por la noche-, simboliza la existencia de Rosita: enamorada y feliz en su juventud, languidece con la partida de su novio a lejanas tierras, y se consume lentamente en una infructuosa espera.
Obra completa.
https://www.vicentellop.com/TEXTOS/lorca/drosita.pdf
Trama estructura y simbología de la obra. Información disponible en wikipedia, que reproducimos, a modo de resumen.
https://es.wikipedia.org/wiki/Do%C3%B1a_Rosita_la_soltera
Recita Nuria Espert.
Nuria Espert en la entrega de Premio Princesa de Asturias de las Artes, 2016. Del minuto 2:31 al 6:33.
Por medio del lenguaje metafórico, García Lorca elude la mención directa de la realidad, sustituyéndola por otras palabras que la sugieren y que, más que hojarasca decorativa, se convierten en el lenguaje mismo de la poesía. En efecto, en los ocho primeros versos -que cronológicamente coinciden con la mañana (versos 1-4) y el mediodía (versos 5-8)- se condensan símiles y metáforas de altísima calidad estética, de los que se sirve García Lorca para presentar una bellísima rosa, de color rojo intenso y ardiente, de pétalos consistentes, erguida en su tallo:
Símil: La rosa [A] es roja como la sangre [B] [“roja como sangre está:”; verso 2]. El color rojo permite establecer la comparación entre la rosa y la sangre.
Metáfora: “El rocío no la toca / porque se teme quemar.”; [versos 3 y 4]. El color rojo de la rosa es tan vivo y ardiente que sugiere el calor del fuego; y, por eso, las gotas de rocío rehuyen posarse en sus pétalos, para evitar quemarse.
Símil: La rosa [A] es “dura como el coral:” [B]; [verso 6]. El color y la solidez hacen posible ahora la comparación: la rosa tiene el color (roja) y la consistencia (dura) del coral.
Metáfora: “El sol se asoma a los vidrios / para verla relumbrar.”; [versos 7 y 8]. El sol contempla, a través de los cristales del invernadero (vidrios: metonimia de la parte por el todo), el brillante colorido de la rosa, que refulge como una llamarada (hipérbole, ésta, de clara factura gongorina. Recuérdense los primeros versos del célebre soneto de Góngora: “Mientras por competir con tu cabello / oro bruñido al sol relumbra en vano; [...]”).
A partir del verso 9, y con la llegada del atardecer, la rosa inicia un paulatino y rápido declive (“se pone blanca, con blanco / de una mejilla de sal;” [versos 13 y 14]), que la llevará a deshojarse cuando entre la noche (“en la raya de lo oscuro se comienza a deshojar.”) [versos 19 y 20]. Y, de nuevo, el lenguaje metafórico empleado por García Lorca se manifiesta aquí como un poderoso y original instrumento expresivo. El languidecer de la tarde, con la consiguiente pérdida de viveza y colorido, y la cárdena luz mortecina del crepúsculo vespertino están sugeridos por medio de complicadas metáforas en las que sólo figura el elemento irreal, sin que aparezca explícito del término real de la comparación: la tarde se desvanece entre violáceos resplandores, esto es, “y se desmaya la tarde / en las violetas del mar,” [versos 12 y 13]. Son esos los instantes en que la rosa pierde su vivido color rojo para ir palideciendo, en un proceso de degradación que el poeta subraya combinando acertadamente imágenes visuales y auditivas: “se pone blanca, con blanco / de una mejilla de sal;” [versos 13 y 14]; y así, la desagradable sensación que evoca la sequedad del blanco de la sal sobre una mejilla se ve realzada por el efecto acústico, igualmente desagradable, de la cacofonía obtenida por una sabia combinación de los sonidos (“blanca / con blanco”). Y nuevamente aprovecha García Lorca la combinación de imágenes auditivas y visuales para acrecentar la perfección formal del poema y llevarlo al extremo del refinamiento y de la más absoluta belleza sensorial:
“y cuando toca la noche, / blando cuerno de metal,” [versos 15 y 16]. En virtud de un desplazamiento calificativo, blando no acompaña al vocablo noche (“blanda noche” expresa el estado anímico de tranquilidad, suavidad y apacibilidad que se asocia con la nocturnidad), sino a cuerno (“blando cuerno de metal,” [verso l6]); y la sensación auditiva representada por el verbo toca se vincula con noche, y no con cuerno (“y cuando toca la noche," [verso 15]). Surgen, así, estos excepcionales versos, en los que el sonido metálico del cuerno -la luna, en cuarto menguante-, reforzado por la aliteración de nasales, proclama la entrada de la noche: “y cuando toca la noche, / blando cuerno de metal,” [versos 15 y 16].
Y es entonces, mientras al ocaso sucede una noche estrellada (“y las estrellas avanzan / mientras los aires se van,” [versos 17 y 18]), cuando la rosa, en la oscuridad del invernadero, se deshoja lentamente (“en la raya de lo oscuro se comienza a deshojar.” [versos 19 y 20]).
Los 20 versos octosílabos constituyen un romance, en el que los versos impares quedan libres y los pares riman en asonante. La asonancia de la a aguda contribuye a acrecentar la sonoridad de un poema en el que las sensaciones auditivas -según hemos visto- adquieren una importancia relevante.
García Lorca ha convertido, pues, el lenguaje metafórico en un poderoso y original recurso expresivo: símiles y metáforas se desparraman por toda su obra -lírica y dramática- y justifican sobradamente -como es el caso- estas palabras del propio poeta: “Sólo la metáfora puede dar una suerte de eternidad al estilo”; o estas otras: “El poema que no está vestido no es poema, como el mármol que no está labrado no es estatua”.
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Al Romancero gitano pertenece el poema “La casada infiel”, que puede servir como complemento del poema anterior. Este poema de García Lorca narra líricamente un encuentro sexual entre un gitano y una mujer casada, quien se presenta como soltera. A través de intensas imágenes poéticas, el autor explora la sensualidad y la traición, reflejando el orgullo masculino del gitano frente a la infidelidad de ella. El comentario de dicho poema lo efectuamos en esta misma revista digital en un artículo publicado el pasado 3 de enero de 2026, al que se puede acceder en este enlace:
Nos limitamos ahora a añadir algunos vídeos con la interpretación de dicho romance.
Recitación de Margarita Xirgu.
Recitación de Mati Mistral:
Recitación con música de Mario Álvarez Quiroga
Recitación de Isaac Ramón Aguilera.
Recitación de Rafael acevedo.
Recitación de Miguel Óscar Menassa.
Recitación de Vicente Pradal.
Recitación de Pepe Mediavilla.
Recitación de Miguel Herrero.
Recitación de Jorge Mistral.