EL RINCÓN DE LA POESÍA

Homenaje del asturiano José García Nieto a la Virgen del Portal

JOSÉ GARCÍA NIETO (Premio Cervantes-1996)

Nuestro poema de cada día

Fernando Carratalá | Lunes 13 de julio de 2026
El poema de José García Nieto, recitado en el Festival de la Manzana de Villaviciosa, rinde homenaje a la Virgen del Portal. A través de imágenes bíblicas y referencias a la naturaleza asturiana, celebra el nacimiento de Jesús y las ofrendas de los labradores, simbolizando la conexión entre fe y trabajo.


MEMORIA Y OFRENDA A
LA VIRGEN DEL PORTAL
(En el Festival de la Manzana,
de Villaviciosa)
I
Desde los campos que algún día
fueron herencia de Booz,
donde los trigos se extendieron
como un dorado espejo al sol,
y anduvo Ruth la espigadora 5
tras la cosecha del amor,
en la mejor noche del mundo
y por la noticia mejor
se apresuraban los pastores
porque nacido era el Señor. 10
Las aceitunas del olivo
y del trigal la harina en flor,
orzas de miel aprisionada,
corderos de blanco vellón
iban llenando la pobreza 15
recién nacida de su Dios.
En un pesebre se iniciaba
el tiempo de la salvación;
los hombres, lúcidos, traían
de sus haciendas lo mejor: 20
oro los reyes en sus cofres,
queso el rústico en su zurrón.
Entre los brazos oferentes
una oscura mujer se abrió
camino; andaba vacilante; 25
sobre sus hombros, el rigor
de muchos años; las mejillas,
hundidas, como la labor
de la tierra; de tierra misma
los ojos; la boca, sin voz, 30
como una grieta en una roca,
sin movimiento y sin color.
Algo traía entre su manto;
sacó su mano, y lo dejó
sobre las pajas de la cuna. 35
De pronto, un vivo resplandor
llenó el Portal, y la figura,
inesperada, se creció:
la sucia nieve del cabello
oro radiante se volvió: 40
la tela rota del vestido
rica de trama apareció;
en los sarmientos de los dedos
blanco el jazmín se recreó;
en la ceniza de los labios 45
todo el coral enrojeció;
en las cavernas de los ojos
un lucero con otros ardió.
Tras el asombro, una pregunta
en el silencio se extendió… 50
—¡Eva...! –sonó en una garganta.
—¡Eva...! –la noche repitió.
Mientras el Niño sonreía,
la transformada se alejó.
En la cuna brillaba ahora 55
lo que la anciana le dejó
al Dios Niño: fue la manzana
primera por la que pecó.
II
Hoy, sobre el tiempo, en este suelo
donde la tierra se prodiga, 60
donde los frutos que da el árbol
madurando se multiplican,
donde el lugar hasta en el nombre
lleva la gracia recibida
–Villa, viciosa de entregada; 65
Villa, viciosa de florida–,
donde, vicioso, es verde el prado,
y la canción viciosa grita,
y viciosa la lluvia cae,
y viciosa fluye la sidra, 70
ante la Virgen del Portal,
donde toda oración se envicia,
y se enriquece y se proclama,
y al ser más honda más se aniña,
una plegaria es este mosto, 75
un río que hacía Ti se ahíla.
Labradores, vendimiadores,
Vilaviciosa es bella villa,
solar de amor y de trabajo,
fresco caudal, vegetal mina, 80
bosque de oro hacía más oro,
oro que en oro se arracima,
tiempo que en oro se resume,
verdor que en oro se termina...
Hombres austeros de mi tierra, 85
que al Divino Portal caminan
ofreciendo todo el esfuerzo,
concretando toda las vida:
lo amargo, lo ácido, lo dulce,
como la fruta que prohibida 90
fue al primer hombre y hoy acerca
para vosotros la caricia
de la belleza y el sustento;
jugo vital, roja mejilla,
dejen aquí lo que reciben, 95
abran aquí lo que destila
ámbar en ríos prodigiosos,
sol en irrestañable linfa.
III
Como en aquella hermosa noche
en que la estalla fue puntual 100
y señaló el sitio preciso
donde el Señor iba a bajar
a hacerse hombre entre los hombres
y a devolver amor por mal,
hoy, labradores de mi tierra 105
os acercáis aquí a dejar
fuente surgida de una fruta,
trago primero y manantial,
ante los pies de la Señora
que entre vosotros va a reinar. 110
«Señora, acepta de estas manos
trabajadoras la humildad,
la fortaleza y el denuedo,
la esperanza y el diario afán.
Asturias toda es la manzana 115
que para Ti viene a estallar;
Villaviciosa es la primera
razón de su sangre frutal,
y, ante tus ojos maternales,
junto a tu manto virginal, 120
que como una inmensa pomarada
se extiende fácil y capaz,
tanto regalo de los campos
como refugio del hogar,
los lejanos hijos de Eva 125
su corazón te acercarán».

José García Nieto: Versos para la Navidad.
Madrid, Grupo Editorial Pigmalión, 2018.

José García Nieto, poeta nacido en Asturias, homenajea en este largo romance a la Virgen del Portal, y lo hace en el contexto del Festival de la Manzana, que todos los años impares organiza el Ayuntamiento de Villaviciosa, ciudad conocida –y no solo en España– por ser cuna de la mejor sidra. Este poema fue leído por primera vez en 1963. Y es un romance compuesto en versos eneasílabos, que el poeta divide en tres partes, utilizando para ello el cambio de rima –como ocurre con las antiguas series monorrimas de verso épico–, que se mantiene en los versos pares: rima asonante aguda en /ó/ en la primera parte (versos 1-58); rima asonante llana en /í-a/ en la segunda parte (versos 59-98); y, de nuevo, rima asonante aguda, esta vez en /á/, en la tercera parte (versos 99-126). Y, a su vez, la primera y la tercera partes se subdividen en aparentes combinaciones estróficas –aunque de un romance se trate–: tres, en la primera parte (versos 1-10, 11-22 y 23-48); y dos, en la tercera (versos 99-110 y 111-126). Esta organización estructural resulta fundamental para el desarrollo y la progresión temática del poema.

En los primeros versos, el poeta pone en relación la floración de los campos con un personaje bíblico: la espigadora moabita Ruth, incorporada a la vida –y a la religión– del pueblo judío, elegido por Dios; precisamente porque la providencia divina ayuda a quien practica el amor sincero hacia el prójimo, sin distinción de clases ni etnias (versos 1-6). En los versos 7-10 «vemos» a los pastores afanándose por llegar cuanto antes al Portal para festejar el nacimiento del Señor, que se convierte en la mejor de las noticias posibles, en una noche memorable. Y para expresar todo este contenido (versos 1-10), el poeta recurre a diferentes procedimientos estilísticos. En primer lugar, hay un desplazamiento calificativo en los versos 3-4: el adjetivo «dorado», antepuesto como epíteto al nombre «espejo» («dorado espejo al sol») debiera acompañar al nombre «trigo» («trigos dorados»); y merced a este desplazamiento, todo el trigal, convertido en espejo, refulge al sol. En segundo lugar, la grandeza del acontecimiento del nacimiento del Niño Dios en Belén queda realzada por una anadiplosis de enorme valor expresivo en los versos 7-8: «la mejor noche» / «la noticia mejor» (que, en cierta medida, encierra un quiasmo «adjetivo-nombre/nombre-adjetivo», en el que la palabra «mejor» cumple a la perfección su función gramatical de comparativo de «bueno», es decir, «superior a otra cosa y que la excede en una cualidad natural o moral»). Y, en tercer lugar, el ligero hipérbaton del verso 10 («porque nacido era el Señor») logra difundir el necesario ritmo armónico que el contenido expresado requiere. Por otra parte, el poeta distingue, en el empleo de los tiempos verbales, el pasado perfectivo (con el que retrocede a tiempos bíblicos: «fueron» –verso 2–, «se extendieron» –verso 3–, «anduvo» –verso 5–) y el pasado imperfectivo (que traslada al lector a la noche del nacimiento del niño Dios: «se apresuraban» –verso 9–, «era nacido» –verso 10–).

Del verso 11 al verso 22 asistimos a las ofrendas ante el Portal de gentes de todo tipo de condición: desde humilde pastores –que llegan con aceitunas, harina, miel, corderos, queso...–, hasta reyes con cofres de oro; porque Dios nace, rodeado de pobreza y en un pesebre, como signo de humildad; pero con Él se inicia la salvación del género humano, para quienes ven en Él al Cristo de la Redención. Y al tratarse de unos versos puramente descriptivos, se recurre a una moderada adjetivación («miel aprisionada» –verso 13–, «corderos de blanco vellón» –verso 14–, «pobreza / recién nacida» –versos 15 y 16–, «los hombres, lúcidos, traían» –verso 19–), así como al uso –igualmente moderado– del pasado imperfectivo («iban llenando» –verso 15–, «se iniciaba» –verso 17–, «traían» –verso 19–). Por lo demás, hay suaves hipérbatos en los versos 13 («y del trigal la harina en flor») y 21 («oro los reyes en sus cofres»), hipérbatos que obedecen a razones cuantitativas, rítmicas y de rima; y, asimismo, en el verso 22, la ordenación de las palabras, con una leve aliteración de vibrante múltiple /rr/ y de /u/ («el rústico en su zurrón»), hace más sugerente su contenido, que contrasta con los versos anteriores; porque también el rústico trae al Portal lo mejor de su hacienda: el queso, que no desmerece al lado del oro de los reyes.

En los versos 23-48, el poeta presenta, como una oferente más, a una «oscura mujer» (verso 24), de andar vacilante (verso 25), y envejecida por el paso de los años (versos 26-27). Es Eva, la primera mujer, la que, engañada por la serpiente, comió y dio de comer a Adán el fruto del «árbol del conocimiento del bien y del mal»: una manzana; desobedeciendo así la prohibición por mandato divino de comer dicho fruto, por lo que Yahvé los expulsó del Jardín del Edén (versos 57-58). Y el poeta se centra en describir con toda crudeza las deformaciones física y el miserable atavío de esta anciana mujer, para que, por contraste, la transformación que la simple sonrisa del Niño Dios provoca en ella sea mucho más expresiva: «las mejillas / hundidas» (versos 27-28); «de tierra misma / los ojos» (versos 29-30), y también hundidos y oscuros (verso 47: «las cavernas de los ojos»); «la boca, sin voz» (verso 30); el cabello con sucia nieve (verso 39); la tela del vestido, rota (verso 41); los dedos, sarmentosos (verso 43); los labios, cenicientos (verso 45)... Esta repulsiva descripción se ve, además, realzada por la viveza de las comparaciones: «las mejillas, / hundidas, como la labor de / la tierra» (versos 27-29, en los que hay dos encabalgamientos consecutivos que le confieren a la expresión una enorme agilidad); «la boca, sin voz, / como una grieta en una roca, / sin movimiento y sin color» (versos 30-32, que recuerdan la expresividad de las corrosivas imágenes quevedescas). Pero cuando esta mujer deposita «sobre las pajas de la cuna» (verso 35) «algo que traía en su manto» (verso 33) –«algo» que, según sabremos más adelante, en los versos 57 y 58, «fue la manzana / primera por la que pecó»–, el Portal queda inundado por vivos resplandores (versos 36-37), coincidiendo con el cambio radical de dicha mujer, ahora hermoseada hasta límites insospechados, lo que el poeta logra comunicar con imágenes de un elevado esteticismo y una sugestiva capacidad plástica que terminan por componer un cuadro de gran belleza: su cabello se vuelve «oro radiante» (verso 40); viste con ricas telas (verso 42); sus manos destacan con el blanco propio de los jazmines (verso 44); sus labios pasan a ser tan rojos como el coral (verso 46); y sus ojos brillan con la intensidad de los luceros (verso 48). Las contraposiciones entre el «antes» deshumanizado y el «después» ennoblecido de la mujer se suceden en parejas de versos (del 39 al 48), en los que los continuos hipérbatos sitúan los verbos cerrando las oraciones («se volvió», «apareció», «se recreó», «enrojeció», «ardió»), de manera tal que el repentino proceso de la milagrosa transformación se hace mucho más dinámico.

Y en los versos 49-58, una Eva anciana, aunque trasformada por la gracia de Dios, se retira del Portal tras depositar en él «la manzana / primera por la que pecó» (versos 57-58). Alude aquí el poeta al episodio del Génesis en el que se cuenta que, en torno al árbol del conocimiento del bien y del mal, se enrolla la serpiente que tiende a Eva el fruto prohibido por Dios; y que esta, desobedeciendo al Señor, lo come y se lo ofrece a su compañero Adán. (Esta es la causa, para el Cristianismo, del llamado «pecado original», con el que todos los descendientes de Adán y Eva, excepto la Virgen María, venimos al mundo).

La segunda parte del poema (versos 59-98) es una verdadera loa a la localidad asturiana de Villaviciosa, a sus bellezas naturales, a la prosperidad de sus tierras, a la laboriosidad de sus gentes que hacen del zumo de la manzana la base de su sustento... Pero para comprender el sentido último de algunos versos, es necesario desentrañar el significado del adjetivo «viciosa», aplicado a «Villa» (que quiere decir «vigorosa y fuerte, especialmente para producir», y «abundante, provista, deleitosa» –DRAE, acepciones 3 y 4 de la 23.ª edición–). Y así, son plenamente entendibles los versos en los que el poeta alude a este sentido de «vicioso»/viciosa» en los versos 65-70: [donde el lugar hasta en el nombre / lleva la gracia recibida] / –Villa, viciosa de entregada; / Villa, viciosa de florida–, / donde, vicioso, es verde el prado, / y la canción viciosa grita, / y viciosa la lluvia cae, / y viciosa fluye la sidra» (versos en los que no faltan las construcciones paralelísticas: versos 65-66; o leves hipérbatos en los que el adjetivo funciona como complemento predicativo, en posición relevante para aumentar su carga semántica: versos 68-70). Y en esta «bella villa» que es Villaviciosa (verso 78, que contiene una expresiva paronomasia), «fluye la sidra, / ante la Virgen del Portal» (versos 70-71), «donde toda oración se envicia» (verso 72, en el que, en consonancia con el valor del adjetivo «vicioso», el verbo «enviciarse» puede equivaler a «arraigarse», es decir, «establecerse de manera permanente en un lugar, vinculándose a personas y cosas»), y tras el polisíndeton de los versos 73-74, que amplifican el concepto de oración («y se enriquece y se proclama, / y al ser más honda más se aniña»), es el mosto el que se convierte en plegaria, que discurre como un río hacia la Virgen del Portal (versos 75-76).

En los versos 78-84, el poeta elogia a Villaviciosa, a sus gentes trabajadoras y al fruto de ese trabajo: las pomaradas que proporcionarán la materia prima para la elaboración de la sidra (los versos 79 y 80 presentan, cada uno de ellos, construcciones sintácticas binarias, con los epítetos antepuestos en el verso 80). Y es precisamente el color ambarino de la sidra –amarillo más o menos oscuro– lo que le lleva al poeta a compararla con el oro, en una cascada de bellas imágenes –con verbos en presente de indicativo situados al final de oración y de verso– que siguen todo el proceso de la manzana hasta que su zumo se convierte en sidra, en una gradación enumerativa de gran eficacia estética, a la que contribuyen las construcciones paralelísticas: «bosque de oro hacia más oro, / oro que en oro se arracima, / tiempo que en oro se resume, / verdor que en oro se termina...» (versos 81-84).

En los versos 85 al 98 el poeta se dirige, merced al apóstrofe lírico, a los «hombres austeros de mi tierra» (verso 85), vocativo inicial de una compleja estructura sintáctica, ya que hasta los versos 95 y 96 no aparece la segunda persona gramatical (con verbos en tercera persona del plural, pues las formas pertenecen al presente de subjuntivo con valor imperativo, en un ejemplo claro de función apelativa de la lengua: «dejen» y «abran», respectivamente). Y hasta llegar a dichas formas verbales, el poeta «comprueba» que estos «austeros» asturianos (la austeridad entendida como moderación en las costumbres y el modo de vida) se dirigen al Portal Divino para ofrecer el esfuerzo de su trabajo, que es su soporte vital (verso 89: «lo amargo, lo ácido, lo dulce»; un excelente verso con una triada de adjetivos sustantivados): la que en su momento fue fruta prohibida en el Jardín del Edén, y ahora se ha convertido en su sustento, con su «jugo vital, roja mejilla» (verso 94, que contiene un perfecto quiasmo «nombre-adjetivo/adjetivo-nombre», con ciertos matices sinestésicos). Pero, sin duda, son los cuatro versos que cierran esta segunda parte (95-98) los de una mejor organización sintáctica y una mayor expresividad metafórica. Las construcciones paralelísticas se disponen de dos en dos, al igual que las imágenes. Ya vimos que el vocativo del verso 85 («Hombres austeros de mi tierra») remite a los verbos de los versos 95 y 96 («dejen» y «abran», respectivamente), montados de acuerdo con la siguiente estructura paralelística, tanto sintáctica como rítmica (con acento extrarrítmico en la sílaba 1.ª, rítmico en la sílaba 4.ª y estrófico en la sílaba 8.ª):

«verbo (A) + adverbio de lugar (B) + [proposición adjetiva sustantivada formada por] artículo neutro (C) + pronombre relativo (D) + verbo (E)»:

«dejen (A1) / aquí (B1) / lo (C1) / que (D1) / reciben (E1)» (verso 95);

«abran (A2) / aquí (B2) / lo (C2) / que (D2) / destila (E2)» (verso 96).

A su vez, las construcciones paralelísticas de los versos 97 y 98, que son las que contienen las imágenes que convierten a la sidra –o, hablando con propiedad, al zumo de la manzana exprimida anterior a su fermentación– en «ámbar en ríos prodigiosos, / sol en irrestañable linfa», se estructuran de esta otra manera:

«ámbar [nombre] (A1) / en [preposición] (B1) / ríos [nombre] (C1) / prodigiosos [adjetivo] (D1)»,

«sol [nombre] (A2) / en [preposición] (B2) / irrestañable [adjetivo] (D2) / linfa [nombre] (C2)».

Y en cuanto a las imágenes que aluden al zumo de la manzana exprimida, la comparación con el ámbar (verso 97) tiene que ver con su color dorado, lo que está en consonancia con el empleo del vocablo sol (en el verso 98), por la luminosidad y brillo que despide; y la comparación con la linfa (en el verso 98) tiene su origen en el hecho de que el sistema linfático es una parte principal del sistema inmunitario del cuerpo humano; con lo cual, al anteponer a «linfa» el adjetivo «irrestañable», el poeta se refiere a ese caudal beneficioso del río incesante –con el que se elaborará la sidra–, que es lo que los asturianos llevan al Divino Portal.

La tercera parte de este poema se subdivide en otras dos: los versos 99 a 110 –en los que el poeta se dirige a los «labradores de mi tierra» (verso 105)–; y los versos 111 a 126 –en los que la interlocutora del poeta es la propia Virgen del Portal, a la que llama «Señora» (verso 111)–. El montaje de ambas agrupaciones estróficas en apóstrofe lírico va aumentando la tensión emocional del poema, en razón de una progresión temática que alcanza su máximo clímax en los dos versos finales, en los que «los lejanos hijos de Eva / su corazón te acercarán» (versos 125-126).

En los versos 99 al 104, el poeta nos recuerda que una estrella señaló el lugar exacto en que iba a nacer el Niño Dios, «a hacerse hombre entre los hombres» (verso 103) para redimir al género humano «y a devolver amor por mal» (verso 104). [Contienen estos versos dos referencias a las Sagradas Escrituras. En el verso 103, el poeta alude a las palabras del Evangelio de San Juan (1:14): «Y el verbo [la Palabra] se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad». Y en el verso 104 se recoge una referencia de la Epístola del Apóstol San Pablo a los Romanos (12:21): «No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal»].

Y de los versos 105 al 110, el poeta constata que los la labradores de su tierra ponen a los pies de la Virgen los primeros zumos exprimidos de las manzanas(«fuente surgida de una fruta» –verso 107, con el juego fonético «fuente/fruta», palabras situadas a principio y final del verso, respectivamente–; y «trago primero y manantial» –verso 108, en el que la aliteración de /a/ hace más «palpable» su sonoridad–); «la Señora / que entre vosotros va a reinar» (versos 109-110, en los que el poeta proclama que María es Reina). [María es Reina por ser Madre de Jesús, Rey del Universo; y está considerada por el pueblo cristiano como Reina del cielo y Madre de misericordia].

Y en los versos 111-126, el poeta pide a la Virgen que reciba como ofrenda las manzanas asturianas («Asturias toda es la manzana / que para Ti viene a estallar», versos 115-116), convertidas en símbolo de la humildad, la fortaleza, el denuedo, la esperanza y al afán diario de sus gentes (versos 112-114), con Villaviciosa a la cabeza («Villaviciosa es la primera / razón de su sangre frutal», versos 117-118, en los que el encabalgamiento suave refuerza una imagen verdaderamente singular: «sangre frutal»). Y a partir del verso 119, y hasta el 122, el poeta se acoge –junto a «estas manos trabajadoras»– a los ojos y al manto de la Virgen; y lo expresa, estilísticamente, por medio de una profusa adjetivación («ojos maternales» –verso 119–, «manto virginal» –verso 120–, «inmensa pomarada» –verso 121, con el adjetivo antepuesto–, «fácil y capaz» –verso 122, en el que los adjetivos funcionan como predicativos referidos, a la vez al nombre colectivo «pomarada» y a la forma verbal «se extiende»–); también a través de construcciones paralelísticas (versos 120-121); e incluso mediante un exuberante comparación (verso 121). Y, finalmente, en los versos 123-126, el poeta, presenta a esos trabajadores de las pomaradas («los lejanos hijos de Eva» –verso 125–) que han edificado sus hogares con el esfuerzo del trabajo de los campos (versos 123-124, en los que las palabras regalo y refugio adquieren un expresivo valor connotativo) acercando su corazón a la Virgen del Portal, en la que hallan amparo y a la que expresan su gratitud (verso 126).

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