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Nuestro poema de cada día
Gerardo Diego
Gerardo Diego

Gerardo Diego y “La oración en el huerto”

Poesía para la Semana Santa, I.
Viernes de Dolores (27 de marzo de 2026)

La lírica religiosa de Gerardo Diego está recogida, fundamentalmente, en Versos divinos, obra que incluye el libro juvenil Viacrucis, compuesto en décimas enormemente elaboradas y llenas de esencias populares. El libro es original de 1931, y va antecedido de un breve “Propósito” en prosa en el que relata cómo en la primavera de 1924 ya deseaba versificar el viacrucis de Cristo. Está compuesto por una «Ofrenda» en cinco décimas –a María–, a las que siguen las catorce estaciones del viacrucis, estructuradas todas ellas en dos décimas: la primera relatando el hecho bíblico y, la segunda, con la reflexión personal del poeta que siempre humaniza la figura de Cristo.

Cuando en 1956 se publica una segunda edición del libro, Diego añade dos romances: el titulado “La oración en el huerto” –a modo de apertura–, escrito en octosílabos, y –a modo de cierre–, el titulado “A la Resurrección del Señor”, escrito en 52 heptasílabos agrupados en 13 cuartetas asonantadas. Conforman el libro 330 versos octosílabos, agrupados en 33 décimas –la edad de Cristo cuando es crucificado–, libro que se abre con una Ofrenda a la Virgen María, en 5 décimas, a las que siguen las otras 28 que constituyen propiamente el Viacrucis. El obispado de la Diócesis de Santander, en 2002, publicó una edición facsímil.

La reforma del Viacrucis por Juan Pablo II.

El Viernes Santo de 1991, Juan Pablo II hace público un nuevo Viacrucis, compuesto por 15 estaciones basadas en el Nuevo Testamento; un Viacrucis en el que se eliminan algunas estaciones recogidas en los evangelios apócrifos (tal es el caso del encuentro de la presencia de la Santa Mujer Verónica enjugando el rostro a Jesús). Este nuevo Viacrucis comienza con la oración de Jesús en el huerto de Getsemaní y concluye con la sepultura de Jesús; Viacrucis que en ningún caso sustituye al tradicional, y que sirve como alternativa ecuménica para todas las confesiones cristianas.

Cita evangélica de Gerardo Diego.

Terminada la Última Cena, dicen los evangelios, Jesús y once de sus apóstoles –Judas se había ido a ultimar los detalles de la entrega de su Maestro–, salieron de la ciudad de Jerusalén, atravesaron el torrente Cedrón y entraron en el huerto de Getsemaní («molino de aceite»), al pie del Monte de los Olivos. Jesús, que ya les había advertido que uno de ellos lo entregaría, les dijo por el camino que aquella noche todos le abandonarían, «porque escrito está: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas». Jesús se apartó del grupo, tomando consigo a Pedro, Santiago y Juan, a quienes les confió, lleno de pavor y angustia: «Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo». Pero ni siquiera estos escogidos fueron capaces de acompañarle velando y orando. A solas, muy a solas, cayó rostro en tierra, y suplicaba así: «Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». Entonces, se le apareció un ángel venido del cielo que le confortaba. Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra. Finalmente, se levantó de la oración, fue donde los discípulos y les dijo: «Levantaos, ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado». Todavía estaba hablando, cuando llegó Judas acompañado de un grupo numeroso con espadas y palos. Y al instante se acercó a Jesús y le dijo: «¡Salve, Rabbí!», y le dio un beso. Jesús le dijo: «¡Judas, con un beso entregas al Hijo del hombre!» Entonces aquéllos se acercaron, echaron mano a Jesús y le prendieron. Los discípulos le abandonaron todos y huyeron.

Texto del romance.

Por la puerta de la Fuente

fueron saliendo los once.

En medio viene Jesús

abriendo un surco en la noche.

Aguas negras del Cedrón,

de su túnica recogen

espumas de luna blanca

batida en brisas de torres.

Jesús viene comprobando,

Pastor, sus ovejas nobles,

y se le nublan los ojos

al no poder contar doce.

«Pues la Escritura lo dice,

me negaréis esta noche.

Herido el Pastor, la grey

dispersa le desconoce.»

Entre los mantos, relámpagos

de dos espadas relumbran.

La luna afila sus hielos

en las piedras de las tumbas.

Ya las chumberas, las pitas

erizan sienes de agujas

y quisieran llorar sangre

por sus coronadas puntas.

Ya entraron al huerto donde

las aceitunas se estrujan,

Getsemaní de los óleos,

hoy almazara de angustias.

Ya Pedro, Juan y Santiago

bajo un olivo se agrupan,

como un día en el Tabor,

aunque hoy sin lumbre sus túnicas.

La noche sigue volando

-alas de palma y de juncia-

y, llena de sí, derrama

su triste látex la luna.

Se oye el rumor a lo lejos

de cortejos y cohortes.

Y el sueño pesa en los párpados

de los tres fieles mejores.

Jesús, solo, abandonado,

huérfano, pavesa, Hombre,

macera su corazón

en hiel de olvido y traiciones.

«Padre, apártame este cáliz.»

Sólo el silencio le oye.

La misma naturaleza

que le ve, no le conoce.

«Hágase tu voluntad.»

Y, aunque lleno hasta los bordes,

un corazón bebe y bebe

sin que nadie le conforte.

El sudor cuaja en diamantes

sus helados esplendores,

diamantes que son rubíes

cuando las venas se rompen.

Por fin, un Ángel desciende,

mensajero de dulzuras,

y con un lienzo de nube

la mustia cabeza enjuga.

Ya la luz de las antorchas

encharca en movibles fugas

y acuchilla de siniestras

sombras el huerto de luna.

Los discípulos despiertan.

Huye, ciega, la lechuza.

Y Jesús, lívido y manso,

se ofrece al beso de Judas.

El Greco: la oración del huerto. Año 1605-1610. 169 x
112 cm. Iglesia de Santa María, de Andújar, Jaén.

El poema es un romance compuesto de 68 versos octosílabos, agrupados en 17 cuartetas asonantadas, con rima asonante en los pares (/o-e/), y los impares libres. Diego logra que la naturaleza adquiera un singular protagonismo, al reflejar todo el sufrimiento que rodea la oración que Jesús le dirige a su Padre celestial, abandonado por los apóstoles -que duermen-, y confortado solamente por la dulzura de un ángel que le enjuga el sudor de la cabeza, antes de ofrecerse al beso de Judas. Diego, en una segunda edición del libro Viacrucis -en 1956-, añadió este romance «de apertura».

Giotto: El beso de Judas (Il bacio di Giuda). Entre 1304
y 1306. Fresco. 200 x 185 cm. Capilla de los Scrovegni. Padua, Italia.

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