"Día de la tribulación" es el tercero de los sonetos dedicados a la Virgen del Carmen que cierra el "Triduo del alba", incluido en el primr libro de Rafael Alberti, Marinero en tierra, publicado en 1925 y con el que había ganado el Premio Nacional de Literatrura en 1924. Alberti se encuentra pasando unos meses en la madrileña sierra de Guadarrama, reponiéndose de una afección pulmonar: y allì, alejado de su Puerto de Santa María natal, y con una enorme nostalgia del mar, escribe uno de los libros más inspirados de su larga trayectoria poética, al que pertenece dicho "triduo del alba".
Este tercer soneto tiene una carga dramática mucho mayor de los dos que lo anteceden -"Día de la coronación" y "Día del amor y bonanza"-: el poeta sde encomienda a la Virgen del Carmen, protectora de los marineros, y lo auxilie en su trayectoria vital ante las adversidades; lo cual queda metafóricamente expresado en los versos 5-6 recurriendo a imágenes marineras de gran fuerza plástica: cuando su barca sin timón -perdido el rumbo existencial- zigzaguee peligrosamente a impulsos de la marea embravecida -ante un destino azaroso y errático sin apoyaturas espirituales-: "Mi barca sin timón, caracolea / sobre el tumulto gris de los azares". Es, pues, a la Virgen del Carmen y a su milagrosa intervención, en quien Alberti confía para que lo proteja ante los avatares desgraciados en que pueda verse envuelto; y de ahí el título del soneto: "Día de la tribulación" (con un nombre muy adecuado para el contenido del soneto, ya que tribulación significa "congoja, pena, tormento o aflicción moral".
El soneto responde al modelo clásicos en los cuartetos: versos endecasílabos con rimas consonantes según el esquema “ABBA/ABBA”:
[A: /éa/, versos 1, 4, 5 y 8 (clarea/marea/caracolea/sea”;
B: /-áres/ (“mares/tajamares/azares/altares”)];
y acentos fijos en las silabas 6.ª y 10.ª Los ocho versos son esticomíticos, con pausa versal; el verso 1 es pausado y el 7, polipausado. Hay una anrtirritmia en el verso 1, que es sáfico, precisamente en la sílaba 1.ª (la interjección “¡Oh!”: “¡Óh Vírgen remadóra, yá claréa…!); y otra antirritmia en la sílaba 3 (la palabra “mar”) del verso 8, también sáfico: “y la már négra vérde prónto séa”.
Los veros 7 y 8 están montados sobre sendos hipérbatos; si reordenamos su sintaxis quedarían así: “Tu pie descalzo deje sus altares / y la mar negra sea pronto verde”. Y no deja de ser curioso que la acentuación rítmica no cambia; sin embargo, en el verso 8 fallaría la rima (-érde); no obstante, los hiperbatos tornan los versos mucho más expresivos: “Deje tu pie, descalzo, sus altares, / la mar negra verde pronto sea”. El empleo de la forma verbal “caracolea”, en el verso 5 refuerza la aliteración de [k] (grafía c) en el verso 5, y lo dota de una fuerte musicalidad que sugiere los bruscos movimientos de una embarcación a la deriva en un mar tempestuoso: “Mi barca sin timón, caracolea”.
En los tercetos hay ciertas novedades, y la primera de ellas es la rima, poco frecuente, aunque ya usada por Alberti en el segundo soneto del “Triduo del alba” (“Día de amor y bonanza)”: “CCD / EED”:
[C: /-élo/, versos 9 y 10 (“anzuelo/Carmelo);
D: /-édes/, versos 11 y 14 (“puedes/redes”);
E: /-ádo/, versos 12 y 13 (“nado/pescado”)].
También estos seis versos son esticomíticos, con pausa versal, y además el verso 10 es pausado, y el 11 polipausados, al quedar destacado entre comas el vocativo “Señora”. Los versos 9 y 11 son de ritmo sáfico.
El segundo terceto presenta una artirritmia en cada endecasílabo: en el 12, en la sílaba 9.ª, en el 13, en la sílaba 3.ª; y en el 14, en la sílaba 7.ª. El verso 12 requiere de un análisis rítmico más particularizado, pues aunque acentúa en las sílabas 4.ª y 10.ª.ª, no lo hace en 6.ª, sino en 9.ª, lo que en cierto modo representa una irregularidad, impensable en Alberti: y tal vez la explicación de este ritmo inarmónico y con antirritmia en la sílaba 9.ª se pudiera hallar en el intento de reproducir un ritmo ondulante que sugiera el movimiento del agua.
Alberti monta el texto con la estructura del apóstrofe lírico, entendido, en este caso, como la interpelación vehemente dirigida en segunda persona a la “Virgen remadora”/Virgen del Carmelo”:
“Oh Virgen remadora” (verso 1);
“deja tu pie” (verso 7);
“tu escapulario, Virgen del Carmelo” (verso 10);
“y hazme delfín, Señora, tú que puedes...” (verso 11);
“te llevaré a nado” (verso 12).
En estos versos se observa el empleo del presente de imperativos (“deja/hazme”) y del futuro con valor performativo (“te llevaré”, además de predecir un hecho futuro, presenta el contenido verbal como un compromiso ineludible, actualizado con mayor fuerza); y, asimismo, el uso del vocativo (“Oh Virgen remadora (verso 1), “Virgen del Carmelo” (verso 10), “Señora” (verso 11).
Por lo que al poeta se refiere, su presencia en el poema la señalan el empleo del determinante posesivo átono de primera persona (“mi/mis”), así como de la forma átona del pronombre personal de primera persona singular (“me”):
“contra mis casi hundidos tajamates” (verso 3);
“Mi barca sin timón caracolea” (verso 5);
“toquen mis manos” (verso 9);
“hazme delfín” (verso 11);
“Sobre mis hombros” (verso 12).
Este montaje lírico garantiza la interrelación Virgen del Carmelo/poeta de manera enormemente afectiva y efectiva. Además, los tiempos verbales empleados o bien expresan una necesidad acuciante (en el caso de los imperativos, la petición urgente), o bien, en el caso del futuro performativo, implica la promesa de un hecho futuro actualizado desde el presente, que se expone con especial fuerza plástica en el segundo terceto).
Versos 1-4.
El primer cuarteto ya anticipa la figura de la Virgen vinculada a los trabajos marineros -en la línea de la devoción popular- y la peligrosidad de esas faenas, ante las que la Virgen se va a convertir en protectora insustituible. El cuarteto cuenta con cuatro expresivas metáforas:
- “Virgen remadora” (verso 1); es decir, la Virgen ayuda a navegar (“remar”) a los pescadores y marineros;
- “clarea / el alba azul” (versos 1 y 2); es decir, el día despunta con una alborada que, al proyectar su luz sobre el mar, hace que las espumas de las olas tomen un color azulado;
- “el llanto de los mares” (verso 2); es decir, el mar, perfectamente humanizado (es capaz de “llorar”), muestra, a través de un bravío oleaje, su cara más peligrosa;
- “el mastín de la marea” (verso 4); es decir, que aunque el mastín no sea un perro potencialmente peligroso, el poeta utiliza su fuerza y corpulencia para transmitir la idea -en un claro caso de zoomorfismo- del implacable embate del oleaje, que ataca con furia “los tajamares” de la proa de una embarcación en peligro de hundirse.
Y no debe pasar desapercibido el hecho de que los verbos empleados (“clarea” -verso 1-, “arremete” -verso 4-), merced a un hipérbaton, anteceden a sus respectivos sujetos, lo que, por el contexto en que se emplean, aumenta las posibilidades connotativas de su significado.
Naturalmente, todas estas imágenes hay que trasladarlas a la situación personal del poeta, cuya vida zozobra, y requiere la protección de la Virgen del Carmelo, a la que invoca. Los versos se convierten así en una plegaria de profundo lirismo.
Versos 5-8.
En el segundo cuarteto, el poeta sigue empleando metáforas marineras: ha perdido el rumbo existencial (“Mi barca sin timón”) y navega a la deriva (el verbo “caracolear” -que procede de la jerga de la equitación- expresa la idea de avanzar haciendo giros o en zigzag, es decir, dando tumbos (verso 5); lo que trasladado a la situación vital del poeta equivale a decir “pasar por dificultades sin lograr la estabilidad personal, ni emocional ni espiritual”, tal y como recoge, de forma muy expresiva, el verso 6: “sobre el tumulto gris de los azares” (es decir, que el mar turbulento y embravecido depara un futuro incierto para la navegación, que es tanto como decir que el poeta, en el discurrir de su existencia, se encuentra sin recursos para hacer frente a la incertidumbre de lo imprevisible). Y esos recursos son de índole espiritual, ya que en los versos 7-8 le pide auxilio en su aflicción a la Virgen. En la iconografía religiosa, a la Virgen se la representa pisando con su pie la serpiente, como símbolo de su victoria sobre el mal, actuando como protectora de la humanidad. Por eso el poeta le pide que, abandonando los altares, y, dentro de la alegoría marinera que está creando-, lo acompañe con su “cercanía afectiva” para conjurar el inminente peligro de su naufragio personal, evitando con su ayuda caer en el vacío existencial. Es de destacar el juego cromático presente en estos versos, ya sea en el 6 (“tumulto gris”) o en el 8 (“la mar negra verde pronto sea”). Esta paleta cromática (el poeta es un gran aficionado a la pintura), con su simbolismo (“[tumulto] gris” = desánimo, falta de energía emocional; “[mar] negra” = decaimiento psíquico, estado de abandono; “[mar] verde” = confianza revitalizadora) le sirve para pasar de la desesperanza y el absoluto abatimiento a un sentimiento de tranquilidad espiritual, por el simple hecho de confiar en la intervención de la Virgen del Carmelo para enderezar su vida y hacer que recupere el rumbo extraviado: frente al oleaje que cambia del color gris al negro, se alza la desaparición de los peligros que el pie de la Virgen, aplastándolos, encarna, y en la que el poeta deposita su fe. De esta manera, ha puesto la plástica de los colores al servicio de una simbólica salvación: el tránsito de “la mar negra” a “la mar verde” supone la desaparición del caos existencial.
Versos 9-11.
El comentario de esta estrofa requiere primero aclarar el concepto de “escapulario” y remontarse a su origen histórico. A mediados del siglo XIII la Orden de Nuestra Señora del Carmelo atravesaba graves problemas de supervivencia, debido a las persecuciones de que eran objeto sus miembros por parte de lo sarracenos, lo que les obligó a abandonar Tierra Santa (y el Monte Carmelo en el que estaban instalados), desperdigándose por Europa y, con el paso del tiempo, convirtiéndose en una orden mendicante urbana. El superior general, Simón Stock, pidió ayuda a la Virgen y, según la tradición, esta se le apareció el 16 de julio de 1251 en Cambridge, y le entregó una tela de color marrón con una abertura por la que se introduce la cabeza y que, pendiente de los hombros, cuelga sobre el pecho y la espalda, para que la usaran los frailes en sus trabajos manuales: la cara que se coloca sobre el pecho lleva bordada la imagen de la Virgen del Carmelo, y la que se coloca sobre la espalda, la imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Los portadores de este “escapulario” tenían la promesa de la Virgen de que los protegería de la condenación eterna. Poco después, el escapulario se convirtió en una símbolo central de la identidad de la orden de los carmelitas; y más tarde se redujo su tamaño para que los fieles laicos pudieran llevarlo como símbolo de protección mariana: dos pequeñas piezas de tela marrón, de forma cuadrada, unidas por cordones, que cuelgan sobre el pecho y la espalda con el bordado de las imágenes citadas (en algunos casos, lo que hay bordado en la cara de la espalda es el escudo de la Orden). Y este es el escapulario al que se refiere Alberti en los versos 7-8: “Toquen mis manos el cuadrado anzuelo / -tu escapulario-, Virgen del Carmelo”. La metáfora apositiva “cuadrado anzuelo” empleada por Alberti se fundamente no solo en la forma geométrica del pequeño trozo de tela, sino en el hecho de que es el último asidero para la salvación espiritual, algo así como un salvavidas divino con que la Virgen rescata a quienes han caído en el abismo porque su barca -por continuar con la imagen marinera- naufraga en “aguas negras”. Por eso el poeta desea vivamente que sus manos toquen el escapulario para que la “Estrella de los Mares” (Stella Maris) acuda en su auxilio físico y espiritual. Y en el verso 11, el poeta le pide a la Virgen que lo convierta en delfín, en perfecta comunión con el mar: “y hazme delfín, Señora, tú que puedes…”, un verso cuyo significado se prolonga, ya que los puntos suspensivos crean una atmósfera de expectación, a la espera de que el ruego se materialice imaginativamente. (Ya en la antigua Grecia se consideraba a los delfines como protectores de los marineros. El verlos navegar junto a las embarcaciones, atraídos, entre otras razones, por las turbulencias que generan las hélices en el agua, ha alimentado la leyenda de que actúan como guías espirituales y mensajeros de la divinidad).
Versos 12-14.
Y así, llevando sobre sus hombros, y a nado, el escapulario de la Virgen del Carmen, el pota-delfín podrá descender “a las más hondas grutas del pescado, / donde nunca jamás llegan las redes” (versos 13-14) y, por tanto, estar a salvo de los peligros marinos que las “redes” simbolizan.
Visto el soneto en su totalidad, el léxico marinero empleado, debidamente contextualizado, parece haber sido “sacralizado” por la Virgen del Carmen -o, dicho de otra manera, un vocabulario que entrelaza lo sagrado con el mundo del mar-; y así, el poeta, provisto de su escapulario, reclama su auxilio en los momentos de mayor tribulación. Los términos náuticos no son, pues hojarasca decorativa, sino que son la apoyatura para manifestar la indefensión humana -y, por tanto, del poeta- ante los peligros mundanos que traen aparejado el vacío existencial y la fe en la Virgen del Carmelo como mediadora ante Cristo y protectora divina. Esta es, pues, la jerga marinera presente en el poema:
primer cuarteto: remadora, alba azul, mares, tajamares, marea;
segundo cuarteto: barca, timón, mar negra, mar verde;
primer terceto: anzuelo, delfín;
segundo terceto: a nado, grutas del pescado, redes.
Terminado el análisis del “Triduo del alba”, hay tres consideraciones que resultan pertinentes.
Otros dos Premio Cervantes, como resultado de su visita a
Silos, escribieron excelentes poemas:
Gerardo Diego [“El ciprés de Silos”, “Primavera en Silos” y
“El ciprés de Silos (Ausente)”]
y José García Nieto (“El Monasterio”)
RAFAEL ALBERTI
[Sus cenizas fueron esparcidas en la Bahía de Cádiz a finales de octubre de 1999, de forma íntima por su entorno cercano, tras ser incineradas el 29 de octubre de 1999 en el cementerio de Chiclana de la Frontera y tras un homenaje público en El Puerto de Santa María].
Final del poema “Funerales”, que cierra Marinero en tierra, l y y que culmina con la muerte y el entierro en el mar del yo poético: “¡Funerales de las olas! / ¡El viento, en los arenales! / Entre apagadas farolas / se hunden mis funerales”.