«Un poema es una cosa que será. / Un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser. / Un poema es una cosa que nunca ha sido, que nunca podrá ser», dice Vicente Huidobro en el prefacio de su celebradísimo Altazor. Esta seguidilla de postulados propone algo que durante mucho tiempo estuvo en la cabeza de la crítica, y que puede reducirse a lo siguiente: el poema no es más que una imposibilidad. Pero ¿de qué tipo de imposibilidad estamos hablando?, ¿de una de orden semántico?, ¿de una de orden sintáctico?, ¿de una de orden fonético? Por lo general, se trata de una de orden semántico, aunque, en ocasiones, también de una de orden sintáctico y, en casos excepcionales, hasta de una de orden fonético. El poema es al fin y al cabo un imposible, y, por eso mismo, tiene la facultad de incomodar siempre. Rolando Revagliatti se ha ocupado de poner en evidencia este curioso hecho en cada uno de sus libros, y, naturalmente, Habría de abrir no pretende ser una excepción.