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Nuestro poema de cada día

“Platero y yo”: Una de las cumbres absolutas del poema en prosa y de la prosa lírica en lengua española. XII

09/09/2026@07:07:00

El paisaje de Moguer. III. “El pino de la Corona”. Empecemos por señalar una obviedad: Platero no es un burro real, sino literaruo. Por supuesto que reales eran los paseos que daba Juan Ramón subido en alguno de los varios burros simbolizados en la figura idílica de Platero. Conviene recordar que Juan Ramón Jiménez, tras una estancia en Madrid, regresa a Moguer en busca de tranquilidad y contacto con la naturalza, aquejado por una profunda depresión por la muerte de su padre; y aquí escribe Platero y yo, entre 1907 y 1912 (la primera edición reducida vio la luz en 1914 y la ediciìón íntegra se publicó en 1917). Por prescripción médica, a Juan Ramón se le había recomendado dar paseos al aire libre por el campo, y así lo hacía, en especial por los pinares de la finca de Fuentepiña; y sus convecinos estaban acostumbrados a verlo pasear ensimismado y vstido de riguroso luto, y hablando solo o con alguno de los burros que lo conducían.

"Los últimos cien días de Hitler", de Jean Lopez

Espasa Editorial. 2025

Los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial fueron terroríficos en aquella Europa arrasada hasta sus cimientos; y sobre todo en una Alemania desangrada, donde los alemanes pasaban a mejor vida de forma ingente. Se conoce que unos treinta mil alemanes perdían la vida/por día en los diferentes frentes: en los bombardeos contra las ciudades alemanas, sobre los trenes de aterrorizados refugiados que huían del ejército rojo soviético, contra los que escapaban por el mar Báltico, y los que malvivían en los campos de concentración.

Nuestro poema de cada día

“Platero y yo”: Una de las cumbres absolutas del poema en prosa y de la prosa lírica en lengua española. XI

El paisaje de Moguer. II. La cañada de las Brujas. Un ambiente de misterio envuelve todo el capítulo V de “Platero y yo”. En el primer párrafo, Juan Ramón Jiménez logra suscitar la sensación de miedo; y así, aparecen, en los prados soñolientos, cabras negras -símbolo del diablo- entre las zarzamoras -símbolo de represión y rechazo-; sombras que se ocultan al paso de Platero y Juan Ramón, no se sabe con qué enigmáticas intenciones; nubes bajas, que provocan una tenue neblina; humedad y silencio en el ambiente...; y, como marco misterioso que todo lo envuelve, la Cañada de las Brujas por la que transitan.