Hay algo que trasciende a la naturaleza del poder y lo convierte en un juego extraño entre la melancolía y la ironía. Una fuerza extraña que transforma la necesidad ciudadana (que no entiende más que de algoritmos numéricos) en un debate extraño e íntimo: el de la conciencia. La de aquel que tiene la última palabra y que, es sabedor que cuando suena su teléfono ya no tiene a quien acudir. Torturador o asesino, no caben más alternativas.