A medida que Margarita los nombraba se diría que iban entrado uno tras otro en la sala, despacio, sin hacer ruido. Primero, el bisabuelo Blas, maestro armero eibarrés. Luego el abuelo Eusebio, el primero en recabar prestigio internacional, cuyas piezas, presentada en la Exposición Universal de Londres de 1851, se cotizaban por encima del millón de libras. Luego el padre, Plácido, el genio del damasquinado, que nació con él, y no en Toledo, como el acero toledano tuvo su primera veta en Mondragón. Al fin el gran Ignacio Zuloaga, pintor.