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José María Manuel García-Osuna y Rodríguez
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José María Manuel García-Osuna y Rodríguez

Entrevista a José María Manuel García-Osuna y Rodríguez: "La capacidad de análisis político y ético de la Reina Juana I de Castilla y de León serían proverbiales"

Autor de "La guerra de las comunidades de los reinos de Castilla y de León". Publica Aldebarán
sábado 22 de agosto de 2026, 08:07h

Con una sólida formación tanto médica como humanística, José María Manuel García-Osuna y Rodríguez es Doctor en Historia y en Medicina. Su vasta experiencia en divulgación se refleja en más de 150 obras publicadas, así como en 23 biografías dedicadas a la música culta y en las conferencias que ha ofrecido sobre Historia. Además, forma parte de diversas asociaciones culturales, entre las cuales destacan el Ateneo de Valladolid y la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas. Ahora publica su nuevo libro en Aldebarán "La guerra de la comunidades de los reinos de Castilla y León".

La guerra de las comunidades de los reinos de Castilla y León
La guerra de las comunidades de los reinos de Castilla y León

Adentrarse en la temática histórica de "Los Comuneros" y ofrecer nuevas perspectivas no resulta sencillo, dado que ha sido objeto de estudio y documentación por parte de destacados historiadores, quienes han resaltado su importancia y relevancia. José María Manuel García-Osuna y Rodríguez acomete un trabajo improbo que saca adelante con la mayor rigurosidad. El resultado es un libro novedoso y esclarecedor sobre un pasaje crucial de nuestra historia.

¿Fueron las cortes de Valladolid del año 1518 el detonante de la Guerra de las Comunidades?

En efecto, ya que los problemas se agudizaron cuando se evidenció la resistencia de los consejeros flamencos a que Carlos I procediera a jurar los fueros de los Reinos de Castilla y de León en las Cortes de Valladolid de 1518. Las Cortes y sus procuradores son presentados como líderes nacionales que se enfrentan a los flamencos y defienden los intereses de los ciudadanos de la Corona de los Reinos de Castilla y de León. Dichos reinos se encontraban entonces ya llenos de energía y de pujanza. Y en las Cortes era donde se encontraban sus libertades.

Los procuradores de las Cortes hicieron lo que tenían que hacer, y si las cosas no transcurrieron con normalidad, la responsabilidad no fue suya; esas libertades eran inalienables, aunque inexplicables para los flamencos-borgoñones. Para complicar más las cosas, Carlos I debe ir a recibir el título de emperador del Sacro Imperio Romano y Germánico a Aquisgrán/Aachen, por lo que sus intereses ya están, a la par con los de hispanos, en la Europa del Sacro Imperio, y ello modificará radicalmente la relación del rey con los ciudadanos de Castilla y de León.

¿A qué se ha debido el cambio de denominación de este episodio histórico de guerra de los comuneros a la de las Comunidades?

No existe ningún cambio de denominación. Los cronistas contemporáneos a los hechos definen a la guerra como la de las Comunidades, es decir la de las comunidades o de los ciudadanos del común, de las ciudades unidas, verbigracia: Burgos (esta traicionaría y se pasaría, por maravedíes y ducados al bando regio), León, Salamanca, Toro, Medina del Campo, Segovia, Tordesillas, Zamora, Ávila, etc.; y los que luchan serán los ciudadanos-comuneros. Existe un texto del propio emperador Carlos V a su hijo Felipe II; en el que aconseja al monarca reinante, y en el mismo se demuestra lo rencoroso que es, han pasado unos treinta años (1552), que no otorgue diplomas y privilegios a los hijos y nietos de los rebeldes de las Comunidades. «Así, todavía en 1552, cuando da las Instrucciones a su hijo Felipe II de cómo habían de venderse hidalguías para atender a los gastos de la guerra con Francia, en la empresa de Metz, le señala que no había de vender ninguna ‘a hijo ni nieto de persona ecebtada en lo de las alteraciones pasadas de la Comunidad…»

Carlos I llegó a Tazones (Asturias) en 1517. ¿Qué papel jugó su designación en el levantamiento comunero?

El apetito alimenticio de estos flamencos fue de tal calibre que provocó la ruina casi absoluta de estos lugareños, y lo mismo ocurriría a continuación en Villaviciosa. El factotum es el señor de Chiévres, Guillermo de Croy, un flamenco, sensu stricto; que había, ya, formado parte de la Curia Imperial de Maximiliano I (abuelo paterno de Carlos V). Su ascendencia sobre el joven monarca era de tal calibre que consiguió, como el resto de los cortesanos de Flandes, obtener cargos y rentas importantes y cuantiosas en los sufridos Reinos de Castilla y de León.

Otro de los hechos que motivó el levantamiento comunero, y que constituyó un escándalo de proporciones elevadas, fue su comportamiento de un patognomónico nepotismo, cuando consiguió naturalizar (octubre de 1519) de los Reinos ya citados a su sobrino, de su mismo nombre, y que era un joven de 20 años. Hecho insólito, ya que no sabía hablar castellano, y su edad no era aceptable legalmente.

Además, y para agravar más, si cabe, la cuestión sociopolítica, incluyendo unos ingresos de rentas elevadísimos, consiguió que nombrasen a este joven como arzobispo de Toledo, que era el cargo mismo de Primado de las Españas.

La reina Juana I mostró sus simpatías por los comuneros, pero siempre estuvo al lado de su hijo. ¿Qué opinión le merece la postura de la reina?

Incuestionable e inteligente. La capacidad de análisis político y ético de la Reina Juana I de Castilla y de León serían proverbiales. Los comuneros le indican a la soberana que debe evitar los desafueros que se están cometiendo en estos reinos, y ella está de acuerdo, pero ella que no consiguió ser doblegada por su atrabiliario esposo, Felipe “el Hermoso”, aplicará en su estudio del problema, la dignidad con la que fue educada por sus padres, y no está de acuerdo en romper la dinastía de forma tan abrupta; aunque sí estima que deben existir transformaciones, y le agrada el trato respetuoso de los comuneros hacia ella. «El estado mental de la soberana y la importancia de su categoría, al ser la verdadera reina de España, hacían de su retiro una verdadera prisión de Estado. Que los comuneros se apoderasen de Tordesillas y ‘liberasen’ a la reina era punto de extrema importancia. De la habilidad o fortuna que tuviesen en sus relaciones con la reina dependería tanto como el legalizar su rebelión».

¿Qué tuvo que ver la designación de Carlos I como rey para que diferentes ciudades se alinearán con el bando de las Comunidades?

Existieron varias concausas que van a precipitar la crisis, entre las que se pueden reseñar: La pobre impresión causada tanto intelectual como sociopolíticamente por el joven monarca. El trato despectivo y prepotente que Guillermo de Chièvres dispensó a los ciudadanos de los Reinos de Castilla y de León. La inesperada designación del canónigo de Lovaina, Adriano de Utrecht (futuro papa Adriano VI) como regente mientras el monarca se iba a Europa. La indeseada ocupación de cargos políticos por extranjeros flamencos, de dudosa catolicidad. La presión de los recaudadores de impuestos, muy necesitados de obtener fondos para el absurdo e incomprensible proyecto de la política imperial. Sea por lo que sea, y partiendo de la base historiográfica de que solo existen dos ciudades imperiales en las Españas, desde el punto de vista histórico, que eran León (así eran definidos sus monarcas) y Toledo; será, por consiguiente, la capital de los visigodos de Toledo la que impulsará el alzamiento comunero.

¿Fue Toledo la primera ciudad que se mostró contraria al monarca?

Sería pues, Toledo la que convocará en Segovia una reunión de ciudades, las cuales decidieron constituir una Junta revolucionaria y un gobierno alternativo. Por lo tanto, Adriano de Utrecht decidió abandonar Valladolid. Tras el verano el movimiento comunero alcanzó ya el punto álgido de su pujanza. El programa político de los comuneros propugnaba, adelantándose a los tiempos en que estamos, varias cuestiones: la limitación del poder real, la reducción de los privilegios de la nobleza, la rebaja real de los impuestos, la represión de la corrupción incrementada por los consejeros flamenco-borgoñones, y la ampliación de la participación de las clases medias y populares en los gobiernos municipales.

¿Cómo estaban divididos los bandos en 1518?

Utilizaré como ejemplo lo que ocurre en León; donde los ciudadanos estarán ya divididos en dos; los Guzmanes en el bando de las Comunidades y los Quiñones en el de los imperiales. Lo ejemplifica el hecho de como los leoneses vieron con negativa sorpresa como uno de sus representantes (Francisco Fernández de Quiñones, el conde de Luna) no habría defendido sus derechos, el otro Martín Vázquez de Acuña sí. «Terminadas las Cortes, los dos procuradores de la ciudad imperial, León, capital del Reino de León, lo que demuestra su identidad no castellana, al sentirse diferentes, se vieron enfrentados a la oposición de varios grupos contestatarios dirigidos por Antonio de Quiñones y Gutierre de Robles, que les recriminaron su docilidad a la hora de votar el servicio, aquí está el quid del hecho diferenciador, ya que lo mismo no ocurrió con el resto de los representantes de las ciudades en Cortes de los Reinos de Castilla y de León. Ante las críticas vertidas contra los regidores que habían elegido a dichos representantes, un grupo de cincuenta caballeros y escuderos reclamó, además, representación en el ayuntamiento, e intentó sublevar a la citada caput regni del otrora Regnum Imperium Legionensis contra los notables, que habían defraudado sus esperanzas». ​

La aristocracia y los obispos estuvieron recelosos de los enormes privilegios de los flamencos

¿Cuál fue la postura de la Iglesia católica al comienzo de las revueltas?

Los curas en sus parroquias estaban, ya, francamente enfrentados a aquel desgobierno, y en los conventos de frailes y de monjas, donde el cripticismo era mayor, el hecho comunero iba ganando adeptos. El bajo clero tuvo, ahora y de forma inesperada, una posibilidad prístina de luchar contra los privilegios del alto clero, cuya vida relajada y de molicie producía escándalo, y cuyo paradigma eran los obispos, quienes solían abandonar sus diócesis y dirigirse a medrar política y económicamente en la corte. No obstante, en los inicios la aristocracia y los obispos sí estuvieron recelosos de los enormes privilegios de los flamencos.

¿Fue Ávila determinante en el comienzo de las protestas comuneras?

Si tuvo un importante predicamento, ya que en ella nace la Ley Perpetua -también denominada Ley de Ávila, dado que se promulgó en esta ciudad en 1520- una ley singular y aparentemente sorprendente a la sazón, pero que desde una “mirada leonesa” no es tan extemporánea. Y se constituye la Santa Junta en Ávila, donde se celebra reunión de los procuradores de las ciudades leonesas y castellanas rebeldes en la que se aprueba no acatar los compromisos financieros suscritos en las Cortes, así como recuperar con hispanos los cargos distribuidos a extranjeros, impedir la salida de recursos y cambio del regente. En esta ciudad de Castilla fue redactada, la ya denominada como ‘Ley Perpetua de los Reinos de Castilla y de León’, popularmente conocida como la ‘Constitución de Ávila’, considerado por el hispanista Joseph Pérez como: ‘Un anteproyecto bastante duro y de talante muy democrático’. La Santa Junta supuso una novedad importante, y que consistió en que un pueblo en armas contra la autocracia imperial, encontrase tiempo y espacio suficiente como para encontrar una nueva estructura política para que rigiese las relaciones sociales. El 9 de julio de 1520, las ciudades que conforman la Santa Junta de Ávila ya son doce, y se reúnen en la catedral de Ávila, asistiendo los habituales tres estamentos curiales: los eclesiásticos, la nobleza de los caballeros y los ciudadanos elegidos por las ciudades. Los ciudadanos muchas veces desbordaban a la nobleza, que les tenía cierto respeto reverencial. El bajo clero estaba en el bando de los comuneros sin la más mínima crítica.

Medina del Campo como orbe preeminente de Castilla se alineó contra el rey. ¿Fue la defensa de la ciudad fundamental en los inicios de la guerra?

Aunque suene a paradójico, en determinados momentos de la Plena Edad Media, Medina del Campo sería el lugar de reunión de las Cortes del Reino de León; mientras que las de Castilla lo solían hacer en Valladolid. La defensa de Medina estará a cargo de todos sus habitantes, mujeres y hombres, que estén ya comprometidos con la Comunidad. La ciudad será defendida calle por calle, y casa por casa. Esta furia liberada por los realistas conseguirá sembrar el odio en el resto de las ciudades comuneras de Castilla y de León. Los procuradores de la ciudad escriben cartas de denuncia contra el comportamiento, que consideran criminal, por parte de las tropas de Antonio de Fonseca. Además, en esta ciudad conspicua por sus ferias de lana, su castillo de la Mota, y por la muerte de Isabel I “la Católica”; era donde se encontraba el parque de la artillería de los ejércitos de Castilla y de León de la época; y era esencial para los comuneros. El cronista Pedro Mexía escribe que era: «…donde los más de los vecinos eran comuneros…»

¿Fue un error estratégico el encuentro de la Reina Juana I con los comuneros en Tordesillas?

En ningún caso, ya que ellos consideraban que la reina Juana I era la titular de los reinos de Castilla y de León, y quien podía resolver los desafueros que estaban ocurriendo. En el preámbulo del texto elaborado por la Junta de Tordesillas se lee claramente que: «Las leyes de estos vuestros reinos, que por razón natural fueron hechas y ordenadas, que así obligan a los príncipes como a sus súbditos». Por tanto, el interés que mostraron los comuneros en la reina Juana no fue más que una apuesta arriesgada cuando ya no tenían más opciones.

De hecho, los comuneros se ampararon en que eran servidores de la reina, pero nunca dejaron a reconocer a Carlos I como rey. La Junta de Tordesillas comenzó, pues, a publicar decretos en nombre de la Reina Juana I y de las Comunidades, sin mencionar para nada al emperador Carlos V. No obstante, la dignidad de la soberana le impidió siempre firmar cualquier tipo de documento, que comprometiese la auctoritas y el imperium de la dinastía, o hiciese peligrar los inalienables derechos de su hijo al trono de las Españas. La Reina Juana considera, que ha sido sojuzgada y maltratada en su dignidad, y que los comuneros la restablecerán en sus inalienables derechos al trono de esos reinos. En este texto histórico está claro el respeto que la monarca tenía a los comuneros: «Sí, sí, estad aquí en mi servicio y avísenme de todo e castigad los malos, que en verdad yo os tengo mucha obligación».

¿Entendió Carlos I el carácter de los castellanos y de los leoneses al comienzo de su reinado?

Para un flamenco-borgoñón educado en lo inalienable que es su poder y su autoridad; le resultaba muy complicado de comprender y aceptar el sistema de libertades existentes en los Reinos de Castilla y de León; a pesar de que los Reyes Católicos consiguieron bastante para minimizar el poder curial. No habla el español o castellano, y no está dispuesto a aceptar normas de sus habitantes. Estos hechos fueron los que conllevaron que Fernando V “el Católico” prefiriese a su nieto Fernando, educado en las Españas como su sucesor, pero no pudo torcer las leyes. Los comuneros deseaban ser ellos los que convocasen las Cortes, cada tres años, por lo que siempre desearon conservar esta independencia ya conseguida. La riqueza cultural existente en los Reinos de Castilla y de León, también era ininteligible para aquel joven Habsburgo. Carlos concede privilegios a sus cortesanos flamencos, a los que conoce y se fía, y que desde el inicio se mostraban altaneros en un espacio geográfico que consideraban pobre y habitado por asalvajados, conversos y moros, pero habitantes de un reino al que llegaban grandes riquezas desde sus colonias.

Militarmente, ¿estaban más preparadas las tropas imperiales que las comuneras?

Desde el punto de vista militar, no se puede negar la indubitable valentía comunera de sus soldados y de sus tres capitanes más paradigmáticos, y que siempre han conformado una letanía añorada: un castellano/JUAN BRAVO; un toledano/JUAN DE PADILLA; y un leonés de Salamanca/FRANCISCO MALDONADO (su primo Juan Maldonado escribiría una obra sobre la Guerra de las Comunidades); pero siempre existió una cierta desconexión entre tropas y objetivos y, sobre todo, una evidente indisciplina entre los soldados; que, quizás, nunca valoraron lo que se jugaban todos ellos, y que la oportunidad de exigencia de derechos y libertades, sería una de las últimas ocasiones para ello. Por el contrario, los imperiales fueron mejorando en su organización y capacidad de combate, hasta ser muy superiores en cohesión y maniobrabilidad, aunque el número de soldados fuese semejante.

Juan de Padilla estuvo dubitativo, en su acercamiento militar a Villalar, y por ello perdió la gran ocasión de su vida, dejando correr los acontecimientos y esperando una evolución ya indomeñable. Quizás, como en muchas personas, y grandes políticos de todos los tiempos, pudo pasar por un problema ansioso-depresivo, y no pudo metabolizar su ansiedad, cuando era más necesaria la entereza. La gallardía no le faltaba, pero el estado de ánimo parece que no era el mejor. Además, la Alta Nobleza o Grandes de España apoyaron al emperador Carlos V que representaba mejor sus intereses y, sobre todo, podría dominar mejor a la burguesía, artesanos y pequeña nobleza tan reivindicativos entonces.

Una vez que se perdió Tordesillas, con todo lo que eso supuso, unido a la traición y abandono de sus filas de Pedro Girón, los comuneros decidieron que era necesario recuperar a su gran caudillo, orillado inexplicablemente, y este solo podía ser el toledano Juan de Padilla

¿Fue la conquista de Tordesillas fundamental para las tropas del rey?

En efecto, ya que los buenos resultados bélicos que estaban obteniendo los imperiales, les harán ser más optimistas. Entonces, las tropas del condestable (Íñigo Fernández de Velasco y Mendoza, 1512-1528) decidieron que ya era la hora obvia para dirigirse hasta Tordesillas, y conseguir que por medio de una poliorcética sorprendente se pudiese rescatar a la Reina Juana I de Castilla y de León. En 24 horas, y a marchas forzadas, los soldados de Carlos V ya estaban ante las murallas de la citada ciudad, allí donde existía la afamada Casa del Tratado, lugar donde se repartieron Las Indias y el resto del orbe, los reinos de Portugal y de Castilla y de León. Los comuneros fueron aprisionados y, los imperiales se apoderaron de la reina Juana I de Castilla y de León, que siempre solía ser pieza de recambio, y que era un emblema para la dinastía.

Este duro golpe conllevó el evidente desánimo entre los que apoyaban a los rebeldes, y, por lo tanto, algunas ciudades comenzaron a rechazar a la Comunidad. Una vez que se perdió, lamentablemente, Tordesillas, con todo lo que eso supuso, unido a la traición y abandono de sus filas de Pedro Girón, los comuneros decidieron que era necesario recuperar a su gran caudillo, orillado inexplicablemente, y este solo podía ser el toledano Juan de Padilla.

¿La elección de Villalar para la batalla decisiva fue una equivocación de los comuneros o fueron las inclemencias del tiempo las causantes de la debacle?

¿Buena elección?, pues Villalar, según Julio Valdeón Baruque, es «considerado como el sepulcro de las libertades de Castilla y León». Sumando reflexiones, para José Antonio Maravall el movimiento comunero «se nos aparece como la primera revolución de carácter moderno en España y probablemente en Europa», que termina con una derrota popular simbolizada en la ejecución de los líderes Padilla, Bravo y Maldonado más el obispo Acuña de Zamora, y que será motivo para la emisión de excomunión papal para Carlos I; para Joseph Pérez este movimiento no fue de clases, sino de intereses. Esta afirmación, dada la composición social tan heterogénea del movimiento, ha dado paso a numerosas interpretaciones o matices.

Era al mediodía de esa luctuosa jornada para los Reinos de Castilla, de León, y de Toledo, ya que, aunque los comuneros madrugaron grandemente, tras caminar unos quince kilómetros, fueron fácilmente copados por la eficaz caballería de los partidarios del Emperador Carlos V, conformada esta, según informe fehaciente escrito por Adriano de Utrecht a Carlos I, por unos 600 magnates.

Tras la crudelísima batalla, Maldonado, Bravo y Padilla fueron cogidos prisioneros. Se conoce que todo tuvo lugar en una terrible mañana del día 23 DE ABRIL DE 1521, bajo una copiosísima lluvia. El rencor imperial sería satisfecho al día siguiente, por medio de una condena por Alta Traición, cuya consecuencia era la necesaria pena de muerte por degollamiento. La sentencia fue llevada a cabo por el Alcalde de la Casa y Corte de su Majestad Carlos I, Rodrigo Ronquillo y Briceño.

¿Se debía de haber evitado los acontecimientos del Jueves Santo de la catedral de León?

Desde la lógica actual, se debería haber evitado esta trifulca, sobre todo por el pánico que provocó en los niños asistentes a la Oficios de la Semana Santa, y la sangre derramada; ahora bien, estamos en el siglo XVI, con los ánimos muy enconados, en todas las tierras y ciudades de los Reinos de Castilla y de León. Es prístino, que se enfrentaron canónigos comuneros, los más, frente a los imperiales, bastantes menos; los primeros apoyando a la familia comunera de los Guzmanes (condes del Porma/Ramiro Núñez de Guzmán), y los segundos a la de los Quiñones (condes de Luna/Francisco Fernández de Quiñones). La conflagración fue de tal violencia que se continuaría por las calles aledañas al gran templo catedralicio legionense/Pulchra Leonina.

No se tiene la certidumbre de quien comenzó la pelea, pero pudiese ser que el arcediano Pérez de Capillas tuviese la responsabilidad, al negarse a jurar por los preceptos emanados de los comuneros de la Santa Junta de Tordesillas. Entonces, el resto de los canónigos y asistentes al Oficio Divino del Jueves Santo, lo pudieron increpar acremente, lo que desató la pelea, utilizando todas las armas existentes en el templo, que no serían otras que objetos de culto, como candelabros o cruces, etc. Por el terror producido, los niños y las mujeres salieron corriendo despavoridos. Sea como fuera, los comuneros ganaron aquella batalla templaria de sangre.

¿La huida de Toledo de María Pacheco hacia Portugal fue el final del movimiento comunero?

En efecto. La esposa de Juan de Padilla es la última resistente; su ética no le permite la rendición política y moral. Como las mujeres tampoco son respetadas decide huir hacia un más que seguro Reino de Portugal. El marqués de Villena, Diego López Pacheco y Portocarrero (Ca. 1447-Escalona, 26 de noviembre de 1529), siempre volcado a ser mediador fracasado, entre los comuneros toledanos y las tropas del emperador Carlos V; no consiguió la obediencia a Carlos I de su sobrina María López de Mendoza y Pacheco (La Alhambra/Reino de Granada, ca. 1496-Oporto/Reino de Portugal, marzo de 1531).

Toledo era una ciudad situada en una posición geográfica muy difícil de sitiar. Estaba muy bien abastecida, y sus ciudadanos estaban seguros de poder derrotar a los imperiales. El dinero obtenido provino del oro y la plata existentes en las iglesias de la ciudad.

La única posibilidad resolver aquella resistencia suicida, se produjo cuando el arzobispo de Bari (1513) y obispo de León (1517), Esteban Gabriel Merino/Stefano Gabriele Merino “il Spagnolo” (Santisteban del Puerto, ca. 1472-Roma, 28 de julio de 1535) consiguió la adhesión de los clérigos y de algunos caballeros, y entre todos provocaron un motín que la historia define como: ‘La Revuelta del 3 de febrero de 1522’. Derrotados los rebeldes, las puertas de la ciudad fueron abiertas, y el ejército imperial de Antonio de Zúñiga penetró a sangre y fuego en la urbe. María de Pacheco, se disfrazó de labradora y, de esta forma, consiguió llegar sana y salva hasta el reino de Portugal. Se dirigió hasta Braga donde se colocó bajo la protección del arzobispo de Braga, Diogo de Sousa (11 de julio de 1505-8 de junio de 1532).

Para finalizar, como historiador. ¿Cuál sería el corolario de esta guerra fratricida? ¿Se podría haber evitado?

Fue casi imposible, ya que no existió voluntad de ceder por ninguna de las dos partes contendientes. Los ciudadanos de las Comunidades contemplaron sobresaltados como sus derechos y sus libertades, que tanto les había costado conseguir iban a ser orilladas por su nuevo soberano, que no los conocía en absoluto y que, por lo menos en ese momento, no deseaba aprender como metabolizar a estos reinos de Castilla y de León que había recibido por herencia. Además, iba acompañado de consejeros flamencos ensoberbecidos y que pretendían vivir, enriquecerse y medrar a cuenta de los habitantes de la Corona de Castilla y de León, inclusive hasta en lo más sacro, como era el cargo de arzobispo de Toledo.

¿Se la podría tildar de guerra civil medieval?

Se podría calificar así, pero no medieval, ya que estamos en la Edad Moderna. Y, acepto el calificativo, porque en realidad lucharon imperiales conformados por castellanos y leoneses contra comuneros de igual identidad. Fue una ocasión única de evolución, y Carlos V tuvo que aceptar algunas renuncias; pero los ciudadanos de las Comunidades todavía no estaban a la altura de los tiempos para luchar y vencer. No obstante, se crearon conceptos nuevos para estos albores del siglo XVI, ya que incluso se manejó, todavía no con mucha profundidad, el hecho de una posible elección de un monarca por los ciudadanos, si aquel no era aceptable. El axioma era, verbigracia: ‘Rex eris si recte facias, si non facias non eris’.

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