Reseña del poemario "Los cementerios flotantes", de Antonio Enrique
A través de sus anteriores entregas: Las lóbregas alturas, Órphica o El galeón atormentado, habíamos reconocido a un poeta, Antonio Enrique, interesado en la búsqueda incesante de los ideales de beldad y armonía. La Quibla o Beth Haim, suponían un ascenso en la escala dorada, la presencia alegórica de los signos que navegan desde la realidad exterior hacia la dimensión interior: la mística. Recientemente, con El sol de las ánimas, Santo Sepulcro, El reloj del infierno o Huerta del cielo, el poeta transita por un entorno órfico y esotérico que indaga en la revelación misma.