La prosa poética, rítmica, colorista y cargada de sensibilidad de Pedro Ruiz de Alarcón en El sombrero de tres picos. I domingo 01 de noviembre de 2026, 08:07h
El sombrero de tres picos, “rey de los cuentos españoles”. El sombrero de tres picos es, sin duda, la mejor obra de Alarcón, y se sitúa en un lugar de privilegio dentro de la brillante narrativa de su época, hasta el extremo de haber sido considerada como “la perla de la narrativa decimonona”. El novelista retrata con enorme expresividad a sus personajes -salpicados de ciertos toques románticos-; posee una enorme habilidad para mantener el interés de la narración, sin dejar que decaiga la acción, urdiendo enredos argumentales que intrigan al lector; hace gala del humor y de la ironía; y exhibe un estilo ameno y fluido. No en vano, Emilia Pardo Bazán -por recoger un testimonio encomiástico de la época- llegó a llamar a la obra “rey de los cuentos españoles”.
Referencias digitales. Texto de El sombrero de tres picos en la edición digital de Centro Virtual Cervantes: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/el-sombrero-de-tres-picos--0/html/
Información sobre El sombrero de tres picos, en edición de la RAE. https://www.rae.es/obras-academicas/bcrae/el-sombrero-de-tres-picos
Manuel de Falla: Ballet “El sombrero de tres picos”. https://www.youtube.com/watch?v=Wrcu9PgNBN4 [El sombrero de tres picos es un ballet del compositor español Manuel de Falla y coreografía de Léonide Massine basado en la novela homónima del escritor decimonónico Pedro Antonio de Alarcón. Se estrenó el 22 de julio de 1919 en el Alhambra Theatre de Londres bajo la batuta de Ernest Ansermet y decorados y figurines de Pablo Picasso. La jota final es uno de los números más conocidos de la obra, ejemplo de estilización del folclore tanto en el baile (en el que todavía prevalece en la coreografía el elemento ruso) como en la música del maestro Falla].
El lirismo en el retrato del tío Lucas: la belleza del alma frente a la fealdad física. Un hombre visto por fuera y por dentro El tío Lucas era más feo que Picio. Lo había sido toda su vida, y ya tenía cerca de cuarenta años. Sin embargo, pocos hombres tan simpáticos y agradables habrá echado Dios al mundo. [...] Lucas era en aquel entonces, y seguía siendo en la fecha a que nos referimos, de pequeña estatura -a lo menos en relación con su mujer-, un poco cargado de espaldas, muy moreno, barbilampiño, narigón, orejudo y picado de viruelas. En cambio, su boca era regular y su dentadura inmejorable. Dijérase que sólo la corteza de aquel hombre era tosca y fea; que tan pronto como empezaba a penetrarse dentro de él aparecían sus perfecciones, y que estas perfecciones principiaban en los dientes. Luego venía la voz, vibrante, elástica, atractiva, varonil y grave algunas veces, dulce y melosa cuando pedía algo, y siempre difícil de resistir. Llegaba después lo que aquella voz decía: todo oportuno, discreto, ingenioso, persuasivo... Y, por último, en el alma del tío Lucas había valor, lealtad, honradez, sentido común, deseo de saber conocimientos instintivos o empíricos de muchas cosas, profundo desdén a los necios, cualquiera que fuese su categoría social, y cierto espíritu de ironía, de burla y de sarcasmo, que le hacían pasar, a los ojos del Académico, por un D. Francisco de Quevedo en bruto. Tal era por dentro y por fuera el tío Lucas.
Habilidades del tío Lucas
[...] El tío Lucas sabía, quería y podía dirigir la molienda, cultivar el campo, cazar, pescar, trabajar de carpintero, de herrero y de albañil, ayudar a su mujer en todos los quehaceres de la casa, leer, escribir, contar, etc., etc. Y esto sin hacer mención de los ramos de lujo, o sea de sus habilidades extraordinarias... Por ejemplo: el tío Lucas adoraba las flores -lo mismo que su mujer-, y era floricultor tan consumado, que había conseguido producir ejemplares nuevos, por medio de laboriosas combinaciones. Tenía algo de Ingeniero natural, y lo había demostrado construyendo una presa, un sifón, y un acueducto que triplicaron el agua del molino. Había enseñado a bailar a un perro, domesticado una culebra, y hecho que un loro diese la hora por medio de gritos, según las iba marcando un reloj de sol que el molinero había trazado en la pared; de cuyas resultas el loro daba ya la hora con toda precisión, hasta en los días nublados y durante la noche. Finalmente: en el molino había una huerta, que producía toda clase de frutas y legumbres; un estanque encerrado en una especie de kiosko de jazmines, donde se bañaban en verano el tío Lucas y la señá Frasquita; un jardín; una estufa o invernadero para las plantas exóticas; una fuente de agua potable; dos burras, en que el matrimonio iba a la Ciudad o a los pueblos de las cercanías; gallinero, palomar, pajarera, criadero de peces, criadero de gusanos de seda; colmenas, cuyas abejas libaban en los jazmines; jaraíz o lagar, con su bodega correspondiente, ambas cosas en miniatura; horno, telar, fragua, taller de carpintería, etc., etc.; todo ello reducido a una casa de ocho habitaciones y a dos fanegas de tierra, y tasado en la cantidad de diez mil reales. Pedro Antonio de: El sombrero de tres picos. Madrid, Ediciones Castalia, 1993. Colección Castalia Didáctica, núm. 32. Rafael Rodríguez Marín, editor literario.Apoyo léxico. Más feo que Picio. Dicho de una persona: excesivamente fea. [Francisco Picio era un zapatero, natural de la ciudad granadina de Alhedín, que por razones que se desconocen, había sido condenado a muerte. Ya en capilla, recibió la noticia de su indulto. Y debido a la impresión que le produjo quedar en libertad, se le cayó el pelo de la cabeza, incluyendo el de cejas y pestañas y, además, le salieron tumores que le deformaron su fisonomía. De ahí que Picio se convirtiera en el arquetipo de la más atroz fealdad]. Echar al mundo a alguien. Partirlo, darlo a luz. Cargado de espaldas. Dicho de una persona: que presenta una convexidad exagerada en la columna vertebral. Barbilindo. Dicho de un varón adulto: que no tiene barba o le crece muy escasamente. Narigón/narigudo. Que tiene grandes las narices. Orejudo/orejón. Que tiene orejas grandes o largas. Picado de viruelas. Dicho de una persona: picosa, que está muy señalada de viruelas (es decir, con señales -hoyos en la piel- de haberlas padecido). Boca regular. Boca de tamaño medio. Corteza. Parte exterior. Tosca. Carente de delicadeza. Voz elástica. Voz flexible, modulada. Voz melosa. Voz dulce y apacible. Conocimientos instintivos o empíricos. Conocimientos que se deben al simple instinto o se fundamentan en la experiencia. Desdén. Indiferencia y despego que denotan menosprecio. Necio. Ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber; falto de inteligencia o de razón. Sarcasmo. Burla sangrienta, ironía mordaz y cruel con que se ofende o maltrata a alguien o algo. En bruto. Sin pulir, de maneras poco elegantes y refinadas. Consumado. Dicho de una persona: que, en su oficio o especialidad, ha acreditado cierto grado de excelencia o perfección. Sifón. Tubo curvado para sacar el agua haciéndola subir hasta un punto superior a su nivel. De resultas. Consecuentemente. Jaraíz o lagar. Recipiente donde se pisa la uva para obtener el mosto. Dos fanegas. En medida de Castilla -de superficie agraria, se entiende-, unos trece mil metros cuadrados. Diez mil reales. El equivalente en euros asciende a 15,03 (es decir, unas 2.500 de las antiguas pesetas); cantidad muy considerable en la época de referencia.
COMENTARIO.
Con El sombrero de tres picos -obra publicada en 1874, a medio camino entre el cuento y la novela corta-, Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891) inaugura con brillantez el realismo español. A partir de cuatro personajes principales -la Molinera y su esposo el tío Lucas; el Corregidor y la Corregidora- y de una amplia galería de otros personajes secundarios tan entrañables como reales -y propios de la prosa costumbrista-, están presentes en la obra temas varios enraizados en la tradición popular: el honor -desprovisto aquí de dramatismo, por cuanto que el adulterio no tiene cabida-; el abuso de poder de quien ejerce despóticamente la autoridad frente al humilde; la prevalencia de los valores de índole espiritual, que la jerarquía eclesiástica difunde en época de fuerte laicismo; el canto idílico a la vida del campo, en fin. Y todo ello visto desde la mentalidad conservadora de un Alarcón al que, no obstante, solo le mueven, al escribir la obra, intenciones artísticas. Los textos reproducidos -parcialmente- pertenecen a los capítulos V -Un hombre visto por fuera y por dentro- y VI -Habilidades de los dos cónyuges [la señá Frasquita es la mujer del tío Lucas]; y reflejan la extraordinaria capacidad de Alarcón para retratar a sus personajes. En el caso del tío Lucas, la descripción que nos ofrece Alarcón participa de la prosopografía y de la etopeya; mientras que de la molinera, Alarcón se centra más en su aspecto físico. Pero tanto en un caso como en otro, Alarcón utiliza la misma estructura descriptiva: aspecto general, características externas e impresiones que produce su voz. El tío Lucas que presenta Alarcón es hombre de ironía mordaz y con un sentido del humor capaz de desembocar en las más sangrientas burlas. Sus habilidades son resultado de una portentosa intuición y de una observación de la realidad que le proporciona la necesaria experiencia para realizar trabajos manuales que requieren cierta maña. Especial mérito tiene lograr que un loro dé la hora por medio de gritos, según la va marcando un reloj de sol, hasta en los días nublados y durante la noche, divertida exageración con la que Alarcón intenta llevar al ánimo del lector lo extraordinariamente habilidoso que es el tío Lucas; un hombre, sin duda, inquieto, creativo, capaz -por medio del ingenio- de encontrar soluciones para los pequeños problemas que se presentan en la vida diaria, preocupado por adquirir conocimientos sobre los más variados temas, y con un carácter agrio, motivado tal vez por su fealdad corporal, pero que no está reñido con su simpatía ni empaña la honradez que preside su conducta. Alarcón caracteriza físicamente al tío Lucas por medio de una larga enumeración de adjetivos fuertemente descriptivos, y ordenados de tal forma que al lector -como si de un espectador se tratara- le da la sensación de que una cámara cinematográfica va captando en sucesivos primeros planos aquellas partes de su cuerpo que justifican que se le compare con Picio por su fealdad: pequeño [de estatura], algo jorobado [cargado de espaldas], moreno, barbilampiño, narigón, orejudo, pustuloso (picado de viruela). Incluso los adjetivos seleccionados se han colocado teniendo en cuenta los sufijos derivativos (-eno, -iño, -ón, -udo, -ado); y así, por ejemplo, de las posibilidades significativas -que originan sinónimos absolutos- narigón/narigudo y orejón/orejudo, Alarcón ha combinado narigón con orejudo, en vez de narigón con orejón, o narigudo con orejudo, combinaciones con peor efecto eufónico. Y como solo la “corteza” del tío Lucas -el, aspecto exterior- era tosca y fea, en busca de algunas cualidades positivas -las “perfecciones”-, Alarcón, además de en los dientes, repara en su voz, a la que caracteriza con una sorprendente gama de adjetivos, enumerados de forma asindética, esto es, con las conjunciones omitidas, para dotarlos así de una mayo viveza: una voz vibrante, elástica, atractiva, varonil y grave -algunas veces-, dulce y melosa -cuando pedía algo-; en definitiva, una voz irresistible (“siempre difícil de resistir”). Sin duda, de los muchos adjetivos que pueden aplicarse a la voz humana, los elegido por Alarcón le confieren un timbre tan singular que resulta fácilmente identificativo como para individualizar al personaje por parte de los oyentes. Por los epítetos empleados -y valga la exageración-, la voz del tío Lucas no habría desentonado en alguno de los personajes homéricos de La Iliada -un Héctor, pongamos por caso-; una voz que hacía que cuanto con ella se dijera resultara oportuno (pertinente, conveniente), discreto (agudo, sensato), ingenioso (inteligente, ocurrente) y persuasivo (convincente, seductor); adjetivos de significado muy próximo, pero que no son exactamente sinónimos -aunque la nota dominante y común a todos ellos sea la de expresar discreción, es decir, sensatez para formar juicio y tacto para hablar; don para expresarse con agudeza, ingenio y oportunidad-, y que la imaginación del lector puede ampliar, porque esta nueva serie enumerativa de cuatro adjetivos -en relación asindética- finaliza con puntos suspensivos (“Llegaba después lo que aquella voz decía: todo oportuno, discreto, ingenioso, persuasivo...”). De esta manera, Alarcón ha entrado ya en los rasgos de carácter del tío Lucas -a través de su voz-, y que a continuación amplia con otra larga enumeración, prolija en detalles, de nombres que tienen matices adjetivales -recuérdese que tradicionalmente se habla de nombres sustantivos y de nombres adjetivos-. Porque “en el alma del tío Lucas había valor (era valiente), lealtad (era leal), honradez (era honrado), sentido común (era razonable), deseo de saber (era curioso), conocimientos instintivos o empíricos de muchas cosas (era sabio), profundo desdén a los necios, cualquiera que fuese su categoría social (era displicente con la necedad), y cierto espíritu de ironía, burla y sarcasmo (era irónico, burlón y sarcástico -en una palabra: socarrón-) que le hacían pasar, a los ojos del Académico, por un D. Francisco de Quevedos en bruto (era quevedesco -precisamente porque entre los rasgos que mejor definen a Quevedo se encuentran la ironía, la burla y el sarcasmo -cuando raya en la mordacidad-; pero lo era “en bruto”, esto es, era un poco tosco y grosero, excesivamente desarreglado en sus costumbres). Y es el cambio de adjetivos por nombres debidamente matizados lo que le confiere a la descripción un cierto dinamismo y completa un retrato de fuerte valor expresivo. Las habilidades del tío Lucas se enumeran mediante verbos en infinitivo que complementan la serie “sabia, quería y podía”: “dirigir (la molienda), cultivar (el campo), cazar, pescar, trabajar (de carpintero, de herrero, de albañil), ayudar (a su mujer en todos los quehaceres de la casa), leer, escribir, contar, etc., etc.”. Y de nuevo, y para no hacer exhaustiva la enumeración y estimular, además, la imaginación del lector, dicha enumeración verbal se cierra con la doble abreviatura de la palabra etcétera, que tiene un valor semejante al de los puntos suspensivos. Y puede resultar sorprendente que entre las habilidades del tío Lucas se hallen las de “leer, escribir y contar”; pero hay que tener en cuenta que el porcentaje de analfabetos en nuestro país, al comienzo del siglo XIX, rozaba el 94%, y que no fue hasta 1900 cuando se logró reducir al 64 %, mientras que en muchos países europeos la tasa de alfabetización a finales del siglo XIX era del 50 %. [1] Por otra parte, el tío Lucas domina el arte floral; como un buen ingeniero, utiliza técnicas para el aprovechamiento de los recursos naturales -y, en concreto, del agua, con construcciones destinadas a mejorar el rendimiento del molino-; y es capaz de lograr que determinados animales ejecuten acciones cuanto menos sorprendentes, por lo poco habituales -un perro que baila, una culebra que se deja domesticar y un loro que, mediante gritos, da la hora según la marca un reloj de sol, con independencia de que esté nublado o sea de noche-. Además, en el molino había una huerta destinada al cultivo de legumbres y árboles frutales, un estanque donde el matrimonio se bañaba en verano, un invernadero, una fuente de agua potable, dos burras para trasladarse a las aldeas circunvecinas, una granja donde se crían diferentes tipos de animales -desde gallinas hasta abejas-, un pequeño lagar con su bodega; e incluso un horno, un telar, una fragua, un taller de carpintería... Y Alarcón vuelve a recurrir a la palabra -repetida- etcétera que, como en caso de los puntos suspensivos, sugiere un final abierto, de forma que no se completa la larga enumeración de todo aquello en que se ve la mano “industriosa” -dedicada con ahínco al trabajo- del tío Lucas. Porque lo que el escritor pretende, en el fondo, es volver al tópico clásico del “menosprecio de corte y alabanza de aldea” -que tiene su origen en la obra del mismo título de fray Antonio de Guevara (¿1480?/1545), publicada en 1539-, y en la que se ensalza la armonía y el equilibrio del mundo rural frente a la vida en la corte, llena de intrigas, y de donde proceden el Corregidor -que desea conquistar a Frasqueta- y su alguacil, Garduña (en términos coloquiales, garduño es el ratero que hurta con maña y disimulo; que es, precisamente lo que hace este mamífero carnicero nocturno -la garduña-, que se alimenta de huevos de aves, ratones, topos y otros animales pequeños). [2]
NOTAS.
[1] “Uno de los grandes problemas que tuvieron que afrontar los sucesivos gobiernos nacionales a lo largo del siglo XIX fue el de la educación. Tanto liberales como conservadores tuvieron que lidiar con los problemas de un país en el que las tasas de analfabetismo estaban muy por encima de la media europea, por lo que unos y otros trataron, a su manera, de revertir la situación. / Esta dificultad para emprender el proyecto de reforma educativa se debió, en gran medida, al convulso clima político y social de la España del momento. En ella, la lucha del incipiente liberalismo por acabar con los últimos reductos del Antiguo Régimen se prolongó más de lo que ocurrió en otros lugares. E incluso cuando el sistema liberal se impuso definitivamente, los gobiernos de corte más progresista optaron por entregar un papel más relevante al Estado en cuestiones educativas, mientras que los más conservadores atribuían este papel a la Iglesia”. cf. Vega Carrasco, Miguel: “La alfabetización en la España decimonónica”. En Descubrir la Historia (julio de 2015). [2] Cf. Capítulo XIV -“Los consejos de Garduña”.
Bibliografía.
Portal dedicado a Pedro Antonio de Alarcón en el la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. http://www.cervantesvirtual.com/portales/pedro_antonio_de_alarcon/
Obras de Pedro Antonio de Alarcón en dominio público. http://www.dominiopublico.gov.br/pesquisa/PesquisaObraForm.do?select_action=&co_autor=1929
Obras digitalizadas de Pedro Anyonio de Alarcón. https://openlibrary.org/authors/OL4280768A/Pedro_Antonio_de_Alarc%C3%B3n
Enrique Rubio Cremades: “El peculiar costumbrismo de Pedro Antonio de Alarcón: Cosas que fueron”. https://cvc.cervantes.es/literatura/aih/pdf/14/aih_14_3_060.pdf
Discurso de entrada en la RAE: “Belleza, Bondad y Verdad en el Arte”. https://www.rae.es/sites/default/files/Discurso_ingreso_Pedro_Antonio_de_Alarcon.pdf
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