21/08/2026@11:11:00
Las manos del artesano, endurecidas por el tiempo y la fricción, moldean la materia. Madera, metal, arcilla; sustancias inertes que, bajo su toque, adquieren forma. Un proceso repetitivo, casi mecánico, que se repite a través de los días, los años. Crea belleza, dicen algunos. Funcionalidad, añaden otros. Pero la belleza es una ilusión efímera, una construcción mental que se desvanece con la comprensión de la insignificancia. La funcionalidad, un breve aplazamiento de la inevitable decadencia. Sus herramientas, extensión de su cuerpo, reflejan su propia inexorable descomposición. El filo se embota, el mango se agrieta. Igual que él. El cuerpo, una máquina imperfecta que se deteriora con cada ciclo de trabajo. Los músculos se tensan, las articulaciones crujen, un recordatorio constante de la fragilidad inherente a la existencia. Cada pieza terminada, un pequeño triunfo sobre el desgaste, una breve resistencia a la entropía que no hará mella en el gran diseño de la nada.