Siempre digo a mis alumnos que me perdí la Transición Política y casi la Movida Madrileña. Para la primera era un adolescente; respecto de la segunda no sentía ningún interés. Me había pasado la adolescencia y la juventud estudiando y viajando con mis padres de un lado para otro, yendo a los conciertos del Real y el Monumental, y conociendo chicas, claro, y no tenía tiempo para fijarme en la política y la sociedad en general, aunque paseara por las calles de Madrid. Me habían educado para ser feliz y no me preocupaba demasiado en saber lo que ocurrió antes y después de la muerte de Franco. A mi alrededor siempre se había respirado mucha libertad, tanto sexual como de expresión, religiosa y de cualquier otro tipo, y todo me parecía que evolucionaba con una lógica aplastante hacia la Democracia. Sin embargo, como seguí estudiando (nunca dejaré de hacerlo) me fui enterando de algunos hechos interesantes. La literatura de Rico habla de las personas que lucharon para conseguir la libertad civil, política y social de este país, y los que se quedaron por el camino.
De alguna manera aquí radica la clave de esta novela, la necesidad o posibilidad de elegir entre “la lucha” política para ayudar a traer la democracia a España o el desarrollo de una obra creativa que esté por encima de las coyunturas de una época. A todo ello habría que añadir el tiempo dedicado a trabajar para llevar el sustento a casa. ¿Se puede crear una familia, luchar en movimientos sindicales y políticos y además tener tiempo para escribir, o eso es patrimonio de los que han nacido en el hogar adecuado con una biblioteca llena de libros y una obvia seguridad económica? Abel Miranda, el protagonista, se lo planteó en su momento. Su dilema era escribir literatura o hacer manifestaciones contra el régimen, incluso a través de una de las revistas contestatarias que hubo en su momento. Avanzada ya la democracia, Abel se retira a la llamada “sierra pobre” de Madrid (a quién no le gusta Patones después de pasear por sus calles de piedra tras una romántica lluvia de otoño, como hice yo el otro día) para dedicarse solo a escribir, pero una noche recibe la visita de Elia, que fue su pareja siete años atrás. Y todo vuelve de pronto a su vida, empezando por la relación con aquella mujer enamorada del arte, siempre en medio de exposiciones y rodeada de los intelectuales del momento, y siguiendo con el recuerdo de sus amigos de lucha, Luis, Julio, Rafael, Adela, Antonia, Iríbar y Marta, que es la actual pareja sentimental de Abel, y que terminará ocupando un papel esencial en la historia, aunque durante la lectura de la novela lleguemos a pensar que es un personaje secundario.
El hecho de que la novela esté escrita en segunda persona no añade ninguna complejidad especial al lenguaje, a estas alturas del siglo XXI. Lo que sí me ha resultado especialmente interesante en que haya momentos en que la sintaxis me lleva a una especie de olas en movimiento que van de atrás hacia adelante y a la inversa, como si el mar fuera la propia novela. Te acabas sumergiendo en el agua del lenguaje de Rico y disfrutando de una lectura placentera dentro de una especie de “mitología colectiva” que yo no conocí, pero que me ha venido bien aprender. Como dice el narrador (o narradora) en las últimas páginas, el poder del tiempo es inmisericorde gracias a la enorme capacidad de la memoria.
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