17/03/2026@16:16:00
El dominico, filólogo y helenista André-Jean Festugière comienza su excelente La esencia de la tragedia griega (Ariel, Barcelona, 1986, 126 páginas) con un aserto cuyo carácter es, creemos, irrecusable: “Tan sólo existe una tragedia en el mundo, la griega, la de los tres Trágicos griegos, Esquilo, Sófocles y Eurípides.” El resto se compone de dramas meramente burgueses, en gran medida irrelevantes, incluyendo en el conjunto las versiones, paráfrasis y adaptaciones que ha intentado un sinnúmero de autores (de Racine a Gide) cuyo resultado, comparado con los modelos originales, es insatisfactorio a ojos vista. El héroe trágico, pues, a estar con Festugière, no puede hallar residencia más adecuada a su índole que las obras de los tres grandes trágicos.
Este libro es una reivindicación del humor, de la imaginación, de la ironía, de la metáfora, del sarcasmo...
Publicamos un nuevo texto del escritor mexicano Manuel Lopezneria.
Escuchar tu voz interior es muy jodido. Como le hagas caso, te complica la vida. Imagínate que te lleva a un convento de clausura como a Ainara, la prota de “Los Domingos”.
El presente artículo propone una breve especulación sobre literatura, partiendo del seísmo que recientemente sacudió la república de nuestras letras –Uclés, el Nadal- y las réplicas que se han registrado en forma de columnas de opinión y sucesos derivados de la apoteosis uclesina, como la cancelación del foro sevillano sobre la Guerra Civil convocado por Pérez Reverte. Y aunque nuestro aguerrido capitán de los tercios viejos goce aquí de algún protagonismo, para que nadie se llame a engaño empezaré advirtiendo que en estas líneas no cabe ningún dios literario, porque son líneas de orientación acusadamente agnóstica.
Éramos noveles actores, refugiados políticos en Francia, almas heridas por la dictadura de Pinochet. Nuestras voces eran subversivas: voces de regreso a la vida, voces de renacimiento, voces arrojadas al mundo para gritar el dolor.
La primera de mis novelas que una editorial publicó, en 2014, fue La marca de la luna. Después vinieron cuatro más. Todas ellas en sellos importantes. La última, El Paseo de los Canadienses, llegó a las librerías justo antes de la pandemia.
Llegó la era de los lentes metiches — METAches — y nadie dijo nada.
Son elegantes. Son caros. Son poder.
FIRMA INVITADA
Por Eva Losada Casanova
Cuando hablo de la intencionalidad de la escritura, mi memoria regresa una y otra vez, como niño hambriento, a uno de los grandes personajes del escritor madrileño Luis Landero. Recuerdo como, a lo largo de la lectura de El guitarrista, este personaje se pasea por los rincones de su vida exclamando a los cuatro vientos que está escribiendo una novela, lo hace con una mezcla de altanería y desasosiego. ¡La novela del eterno novelista! Aquella que no solo nunca se acaba sino que comienza cien veces, quizá mil. La edad temprana es ese campo de cultivo en el que la romántica idea de ser escritores va y viene como una cometa. Colorida y libre. Queda muy bien hacer volar nuestra cometa mientras compartimos unas tapas en un bar o bajo un hipnótico y peligroso cielo estrellado. El problema es que llega un momento en el que ese trozo de tela se hace pequeño en un cielo limpio y azul o bien cae en picado y descompuesto a nuestros pies.
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Hay una forma de gratitud que rara vez ejercitamos: la gratitud histórica, nacemos en un mundo ya interpretado, antes de que articulemos nuestras primeras ideas sobre el amor, la justicia, los valores o el arte, otros ya han pensado por nosotros las preguntas decisivas. Escuchamos música después de que Johann Sebastian Bach haya compuesto sus magistrales composiciones musicales; comprendemos la rebelión íntima tras la tempestad sonora de Ludwig van Beethoven; contemplamos el drama humano después que William Shakespeare hubiese llevado la condición humana a su cima trágica; miramos el abismo moral con los ojos que nos prestó Francisco de Goya en sus pinturas. No partimos de cero, nuestra imaginación tiene memoria.
Los rusos de Putin bombardearon el restaurante de una ciudad al este de Ucrania donde Amelina estaba comiendo y la mataron. Pero los rusos de Putin son tan pacifistas que siempre disparan otra vez poco después para matar a los que se acerquen a ayudar.
En estas fechas de principios de marzo, en las que se rinde homenaje al talento y al esfuerzo de las mujeres, valdría la pena detenerse en una fémina, que, en su corta existencia, logró metas que solo se justifican por un talento sobresaliente, a la par que por unas circunstancias excepcionales.
PLAZA DE GUIPÚZCOA
Cada vez nos lo montamos peor. La polarización política nos ha deshumanizado. Hasta hace poco, cuando celebrábamos homenajes y efemérides de hechos extraordinarios, los Medios, eran igual de predecibles y tendenciosos, pero ponían más corazoncito. ¿Dónde estabas tú cuando derribaron las Torres Gemelas? Te preguntaban como si les importara.
Su cuerpo se fue apagando poco a poco desde su llegada a la ciudad de Roma. Unos días antes de su muerte, el malogrado poeta británico le transmitió a Joseph Severn, su fiel amigo y cuidador hasta el final, el famoso epitafio que está grabado en la lápida junto a una lira a la que le faltan la mitad de sus cuerdas como símbolo de su aciago destino.
Hace un tiempo escribí una crítica literaria sobre la novela de Emily Brontë, Cumbres Borrascosas, sin haber visto su adaptación cinematográfica. Hoy, después de salir del cine, puedo reafirmarme en una idea que rara vez falla: los libros casi siempre son mejores.
Tenía en la cabeza que a Pinocho le crecía la nariz. Y nada más. Pero le ocurren muchas más cosas. Lo ayuda un hada, que al principio es como su hermana y después es como su madre. Lo avisa un grillo. Lo come un tiburón y lo va a buscar allí dentro su padre con una linterna. Lo informa un caracol. Salva a su padre Gepetto. Se transforma en asno junto con su amigo el macarra. Le roban su dinero un gato y una ardilla.
FIRMA INVITADA
Por Margarita Melgar, autora de "El verano de nunca acabar"
A la gente le extraña muchísimo que Margarita Melgar seamos dos (Ana Sanz-Magallón y Montse Ganges), y que escribamos novelas. También escribimos guiones, pero esto no sorprende tanto: como espectadores ya sabemos que las películas son cosa de muchos. Pero como lectores, seguimos esperando que el autor sea esa Sherezade que se sienta a nuestro lado para susurrarnos solo a nosotros una historia, así que una novela escrita a cuatro manos suscita más preguntas. Por lo menos dos: cómo y por qué.
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