Los libros de Síntesis cumplen el axioma de que sintetizar es juntar o reunir, mientras que analizar es separar. La revolución creada por las Trece Colonias británicas en las Américas fue un conflicto bélico, muy importante para la ejemplificación de que lo mismo ocurriese en otras colonias y, sobre todo, que los monarcas como rectores de los Estados coloniales, si estaban muy lejos y eran claramente vulnerables. De esta forma sería como comenzarían a aparecer las nuevas naciones, tras el año 1776, que sería el que daría lugar al inicio de la Época Contemporánea. “La guerra de los Siete Años (1756-1763), que en América tuvo un prólogo en la llamada guerra Franco-India (French and Indian War) o guerra de la Conquista (Guerre de la Conquête), provocó en las Trece Colonias un gran impacto emocional y económico-fiscal. A pesar de cerrarse con una clara victoria militar de Gran Bretaña sobre Francia y España, los problemas de la Hacienda de Londres, muy quebrantada por los costes de la contienda, llevaron a los Gobiernos del Rey Jorge III a imponer nuevos tributos a los colonos. Los parlamentarios y comerciantes ingleses creían que eran aquellos súbditos americanos los que más se habían beneficiado del triunfo de las armas reales y, por ello, debían contribuir con sus impuestos a rellenar las maltrechas arcas del tesoro”. Para agravar más, si cabe, el problema, los británicos consiguieron, en el año de 1763, que las tierras del Canadá, que habían estado muy vinculadas a Francia, pasasen a depender del Reino Unido de la Gran Bretaña. Este hecho no gustó nada a los coloniales norteamericanos, ya que, al oeste de la cordillera de los Apalaches, los colonos de origen francés eran mayoritarios, y les ponían muchas trabas para su desarrollo y su comercio. Y todo ello estaba agravándose porque el crecimiento demográfico de los habitantes de la Nueva Inglaterra y de los virginianos se estaba convirtiendo en muy importante. Franceses e ingleses se estaban enfrentando entre sí, y asimismo ambos con los aborígenes ya desde el siglo XVIII, en sus inicios y años centrales. Para agravar más la cuestión, existía el rechazo visceral de aquellos colonos episcopalianos o protestantes que llegados como puritanos acérrimos en el Mayflower tenían un odio irracional a los católicos, que era la creencia religiosa mayoritaria entre los franceses. Todo ello creaba ya el caldo de cultivo para la rebelión secesionista de las denominadas como las Trece Colonias: Carolina del Norte, Georgia, Virginia, Carolina del Sur, Massachusetts, Rhode Island/Plantaciones de Providence, New Hampshire, Nueva Jersey, Maryland, Delaware, Connecticut, Nueva York, y Pensilvania. En este estado cosas, los norteamericanos comienzan a sentirse solo americanos, naciendo lo que se va a comenzar a denominar como americanidad. Quienes los van a unir serán los enemigos británicos de la guerra, conformados por el ejército británico y las autoridades o funcionarios del rey de Inglaterra. Será, por ello por lo que van a crear un Congreso Continental y, por ello, y para defender a sus representantes en Filadelfia, crearán su propio ejército. Existen dos posturas, de momento solo políticamente enfrentadas, una que está a favor de la existencia de un poder central fuerte, y la segunda que estará a favor de que los estados o colonias estuviesen capacitados para defenderse y autogobernarse. Estas diferencias durarían, de forma enconada, más de un siglo. “Durante mucho tiempo ha predominado entre los europeos una corriente historiográfica que consideraba que los sucesos de los años setenta y ochenta en América del Norte no constituyeron realmente una revolución, y que habría que esperar al julio parisino de 1789 para marcar el inicio del mundo contemporáneo. Esa visión, que hoy no podemos compartir, afirmaba que en las Trece Colonias británicas tan solo se produjo una protesta política de unos privilegiados que consiguieron la ruptura de los vínculos con la metrópoli, pero que no transformó nada de la realidad social, jurídica o económica. Había sido, según esa anticuada interpretación, una revolución sin ideología”. Lo paradójico del hecho revolucionario estadounidense es que, ninguno de los padres fundadores cuestionó que la variedad de clases era inevitable y, que la meritocracia era esencial para poder subir en la escala social en sentido positivo o hacia la riqueza, y, porque no decirlo, en el sentido deficitario del término llegando hasta la pobreza absoluta o penuria. Los ideólogos de los revolucionarios de las Trece Colonias serían Locke, Montesquieu y su división de poderes, y Jean Jacques Rousseau. El orgullo era inherente a estos nuevos ciudadanos del Nuevo Mundo, conformadores de aquella América que debería ser para los americanos. John Adams (Braintree, 30 de octubre de 1735-Quincy, 4 de julio de 1826), el 2º Presidente de los Estados Unidos escribiría: “Los más grandes legisladores de la Antigüedad desearían ardientemente vivir en un momento en el que tres millones de personas se encontraban con el poder total y una buena oportunidad de formar y establecer el Gobierno más prudente y feliz que puede organizar la inteligencia humana”. Los parámetros innegociables, y que les hacían creer que estaban en una Arcadia feliz y única eran varios, desde: Tolerancia, derechos individuales, búsqueda del bienestar personal y familiar, el individualismo, el derecho a la propiedad, el culto al trabajo, el elogio público al éxito personal sobre todo en los negocios, y justificación de la seguridad propia o del grupo, y que para ello se podría recurrir hasta al uso de las armas. Con todo ello existía la consciencia de que era preciso participar en la defensa colectiva de la sociedad, y, asimismo, era preciso intervenir democráticamente en los asuntos públicos. Como resumen final existía la defensa de los derechos fundamentales a la vida, a la libertad, pero no para la raza negra esclavizada en esas Trece Colonias, sobre todo en Estados como Virginia, y las Carolinas Norte y Sur, y la búsqueda de la felicidad que es el deseo último al que tienden todos los seres humanos. “Se pasa de la Utopía -presente en algunos autores clásicos o en tratadistas del Renacimiento o el Barroco y planteada como una mera hipótesis intelectual- a la formulación y puesta en práctica de la democracia representativa. Por supuesto que son evidentes las contradicciones en que caen los propios firmantes de la Declaración de Independencia, particularmente la persistencia de la esclavitud y la exclusión del voto a las mujeres, pero los primeros pasos de la democracia contemporánea se dieron, sin duda, en la República de los Estados Unidos de América. Los rebeldes de las Trece Colonias llevaron a la realidad lo que algunos teóricos ingleses, franceses o colonos norteamericanos habían escrito -¿o soñado?- en los últimos cien años. La democracia debe construirse día a día, no es un sistema determinado”. Los rebeldes denominados como patriotas por la historiografía estadounidense o patriots, realizaron o incluso se puede decir que inventaron, una nueva forma de combatir en un nuevo tipo de guerra. Se puede considerar a esta como la primera guerra nacional de la modernidad, aunque no inventaron el Parlamentarismo, ya que la Cuna del Parlamentarismo fueron los Decreta de las Cortes del año 1188 para el Reino de León por su Rey Alfonso IX “el de las Cortes o el Legislador” en el año 1188, según concesión de la Unesco del año 2012-(19/06/2013). «La guerra de independencia de las Trece Colonias británicas en América fue un conflicto trascendental en la historia. Abrió la época de las revoluciones atlánticas, que acabó provocando el derrumbamiento del Antiguo Régimen y cambiando el mapa mundial con la aparición de nuevas naciones. Sus principios ideológicos igualitaristas, contrarios a cualquier privilegio hereditario (aunque con evidentes contradicciones internas, como la esclavitud o el papel de la mujer en la sociedad), acabaron impregnándolo todo y despertaron ilusión en muchos hombres, a ambos lados del Atlántico, desde el momento de los sucesos, configurando las bases de la sociedad contemporánea. Esta obra detalla los antecedentes, los protagonistas y el desarrollo del conflicto, pero también plantea una necesaria revisión, desde bases historiográficas actuales, de la mitificada visión de aquel conflicto. La guerra de la independencia norteamericana no fue una guerra limpia, sino una dolorosa y cruel guerra civil. No todos los Padres de la Patria fueron tan dignos de admiración como el mito que ha pervivido hasta el día de hoy, ni las tropas que conformaron los ejércitos rebeldes estaban únicamente nutridas por idealistas que abandonaron sus casas y posesiones en pos de la libertad. La guerra de Independencia fue el inicio de la modernidad, y vio el nacimiento de los ejércitos nacionales y de un Estado acorde a las ideas difundidas por Hobbes y la Ilustración casi un siglo atrás. Pero no podemos olvidar que, por encima de todas las cosas, fue una guerra…y en las guerras casi todos sufren». Por consiguiente, un estupendo e inteligente libro sobre una guerra civil, crudelísima, en la que no todos los norteamericanos estuvieron en el bando de los patriotas. ¡Como lo que hasta ahora conozco de Síntesis, libro más que necesario, de nuevo! «Roma omnia venire. ET. Urbem venalem et mature perituram si emptorem invenerit». Puedes comprar el libro en:
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